viernes, 23 de noviembre de 2007

ATENCION: POETA BUSCA ESTILO PROPIO.



Por expresa petición de un amigo, os dejo este artículo que escribí para el portal de literatura www.literatúrate.com

ATENCION: POETA BUSCA ESTILO PROPIO
He estado vagando por las calles de una ciudad. He pasado toda la noche caminando por rincones inhóspitos, oscuros, pericolosos, que diría mi amigo Giovanni. Todo en ella es prodigioso, sugestivo, perturbador y extraordinario.
Entré, decía, casi sin darme cuenta por indicaciones de un extraño en una calle con olor a azahar y besos, a música. La calle, creo recordar, Bécquer. Pronto percibí, no sin asombro, que allí todos tenían los ojos azules. Para unos resultaba algo genético y para otros solo eran burdas lentillas que apenas si engañaban a inocentes doncellas en edades tempranas. Me aburrí pronto de oír liras entonadas a los balcones. Me fui tarareando y proseguí mi camino.
Crucé por una plaza. Debía ser, por su magnitud, la Plaza Real. Alcé la mirada y vi entonces un rotulo brillante que decía: Plaza de Pablo Neruda. Recorrí su espacio con entusiasmo. Sus gentes vestían con elegancia y finura. Paseaban con garbo y miraban seguros. Me acerqué a una señora bella con intenciones de cortejo. Se dio la vuelta y vi que tenía un esparadrapo cerrando su boca y la sentí como ausente. Todos estaban obligadamente mudos y raramente ausentes. Marché triste pero más alto.
Vencido por el sueño, busqué hospedaje y entré en el Hotel Jorge Luís Borges. El recepcionista hablaba en un idioma desconocido por mí. Y cuando acerté a entenderlo me creó una duda existencial tan enorme que salí corriendo. Y pensar que sólo quería una cama para soñar.
Seguí mi camino a ninguna parte atravesando calles y barrios enteros: la calle Miguel Hernández, menuda revuelta había formada mientras se oía un leve llanto asomando desde una ventana; el Barrio de Lorca, en el que había una juerga flamenca impresionante, gitanos por bulerías, martinetes, soleares, algo incomparable hasta que se formó una reyerta y las navajas brillaron ensangrentadas a la luz de la Luna; El pasaje de José Hierro, en el que pude disfrutar de un café fabuloso con música de Nueva York; El parque de Benedetti, en dónde los mendigos eran respetados y los árboles cuentan secretos… Y así estuve vagando por innumerables calles, plazas, puentes…, como digo, toda la noche.
Al final, llegué casi sin darme cuenta y con un gran dolor de cabeza a una calle vacía, sin nombre, sin casas, sin gente, sin música ni olores, sin armas. Agarré un palo de fregona abandonado y un trozo de papel. Con ayuda de unos fósforos tizné un mendrugo de madera y escribí en el papel mi nombre. Clavé el humilde cartel a la entrada de la calle, eché un cartón en el suelo y me tumbé a esperar el amanecer soñando con hacerme un día una casita allí mismo y vivir en mi calle, solo, para siempre.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Estaba dispuesto..

Estaba dispuesto
a tirar la puerta abajo,
arrancarte las ropas
y sudarte.

Abrí, no sin violencia,
la portezuela del bloque.
Saludando a los cíclopes de madera
que chismorrean de tu sexo
subí los peldaños
de tres en tres y medio.

Coordinando perfectamente
pies y manos
me deshice del cinturón
y empecé desabrochando
la camisa de los domingos
dejando al desnudo mi desierto del alma.

Estaba apunto de embestir
contra la puerta.
Empezaba a despedir el calzado,
italiano, por cierto,
cuando te oí tras del postigo
jadeando, sin aire,
explotando aes desmesuradas
contra vírgenes y dioses.
Pensé que te dolía el mundo
o que intuías mi arribada.

Aplacado por los gritos
me dispuse a tocar el timbre
y antes de señalarlo
gritaste un nombre de hombre
que no parecía el mío

Me alejé de puntillas
atrincherándose el cuello,
el cinturón en el hombro,
la camisa de sombrero,
los zapatos en la mano,
italianos, por cierto.

domingo, 11 de noviembre de 2007

LOS HIJOS DEL LAISSEZ FAIRE


Ahí están, ya vienen.
Son los hijos del laissez faire.
Fuego verde en los dedos,
y prendida en los puños
cuellos de gallina
cacareando apariencias.
Nada en los ojos,
rumbo perdido.
Tiros a diestro y siniestro
como un recluta novato
que se ha quedado ciego
en mitad de la batalla.
Los nietos del carpe diem
tienen tanto miedo
que ya no piden auxilio.
Todo mal entendido,
todo mal enseñado.
Demasiados caminos
para dos pies cada uno.
Manos veloces que usurean
a las palabras pensadas.
Gritos.
Ahí están, ya han llegado
y no saben qué decir
ni a qué han venido.