miércoles, 26 de marzo de 2008

ALLÍ, A LO LEJOS


Allí, a lo lejos, puedo ver como el horizonte se traga un ciempiés con luciérnagas en las patas, huérfanas de paciencia. Sé que ese mundo veloz no tiene nada que ver conmigo. Horas de viento ausente acechan mi ventana y el calor andaluz de meses estivales humedece mi frente. Puedo arrancar la batería del reloj pero no puedo parar el tiempo y tengo que acabar esta prosa poética breve antes de que amanezca.

Allí, a lo lejos, puedo ver la lección de nuestra madre en un plácido vagabundeo de algodones celestiales. En las azules praderas todo es leve y sosegado. La velocidad del sonido que arrulla la primavera no cantará nunca al son del rock duro por perecido de un inerte Mig-29, ni la luz de Selene es realmente un objetivo. Caigo, entonces, en la cuenta de que aquí todo es al revés porque andamos boca abajo.

Allí, a lo lejos, puedo ver un niño tirado en la arena con unas manos de hierba y unos ojos vírgenes. Con miedo a pestañear, mantengo la vigilancia porque no ando muy seguro ante el asedio de Morfeo. Se distrae con una mosca entre risas contagiosas. Las moscas de su padre son las cifras alarmantes, de la cartera primero, de la muñeca después. Pero ya nadie se acuerda de como tirarse al suelo, invisible a las palabras.

Allí, a lo lejos, puedo ver al rey de todos nosotros. Sin más señales ceñudas que la luz y la sombra, que el frío y el calor, que la verdad y… la verdad, nuevamente. Allí se encuentra, puedo verlo a través de las cavidades de sus ropas desunidas. Su pelo simplificado. Su rostro de etnólogo libre. Diógenes, rey de todos, dormido entre los cartones mientras mis pies se me escapan llegando tarde al trabajo.

sábado, 15 de marzo de 2008

El Parque Victoria Kent


Ayer bajé a la calle
en busca del arca perdida.
Paseé sin leer las señales
de ningún lenguaje establecido.

Sonreía sin saber muy bien por qué.
Supongo que el inconsciente
me alcanza para entender
los muchos privilegios
que se me han dado por nada.

Llegué al parque Victoria Kent
Me senté en un banco aquejado de reuma.
Crujían los minúsculos granos de albero
bajo la suela de mis zapatos.
Y los vi.

Paseaban cogidos de la mano,
con la bisoñez de lo recién brotado.
El Sol, en su despacho infinito, laboraba.
Y ellos miraban la sombra del árbol
como si nunca fuera a escaparse,
como si los principios astronómicos
fueran a tomarse la excepción eterna
de que el manto oscuro yaciera
siempre para ellos;
los mismos metros cuadrados,
la misma forma de mapa
del mismo país siempre.
Imputaba dolores de conciencia observarlos
más necio que admirado.
Pero entonces llegó el asueto luminoso.
Se nublaron las paredes y tejados del universo.
Empezó a llover.
Él la soltó de la mano y salió corriendo.
Ella buscó refugio y desde lejos lo llamaba.
El agarró el móvil,
y en apenas veinte segundos
le sonó a ella
y sus ojos no eran sus ojos.
Y millones de diamantes suicidados
marcaban la distancia.
Y la sombra no era sombra,
el mapa no existía
y el país estaba en guerra.
Y yo en el banco sin sonrisa
calado hasta los huesos.

sábado, 1 de marzo de 2008

Gota de Lluvia



A Loli Pérez

Se clavaron las preguntas infinitas
en la gota rediviva de la uva,
suspendida del ribete de la hoja
reflejando los colores de la luna.

La posada del insecto la estremece,
la suspende la mirada del poeta,
la sacude la mitad de un roce leve,
la defiende la virtud anacoreta.

Si pudieras planear como la pluma,
si pudieras sostenerte eternamente,
si pudieras remontarte por el verde
deshaciendo los segundos que se esfuman.

¡Aférrate, por Dios, a lo que encuentres!
que yo te doy las fuerzas de momento,
que tienes que ser lluvia por Septiembre
y está mi amigo ahora muy sediento.