miércoles, 29 de abril de 2009

BURDELES LITERARIOS


Suso Guevara tiene una extraña costumbre; bueno, en realidad tiene muchas, pero hay una que llama mi atención extraordinariamente: siempre roba los libros. No sé cómo lo hace, pero sí puedo decir que sólo desarrolla su vandalismo en los grandes hipermercados. Descarto, absolutamente, que sufra el mal de la cleptomanía, más bien es que le molesta de manera quasi obsesiva que en estos “burdeles inmorales” se vendan libros junto a legumbres, bragas o fungibles informáticos. Así que él mismo se erige como la reencarnación de El Tempranillo y asalta sin piedad estos centros, llevándose consigo alguna novela de última generación o una antología reeditada de uno de sus muertos (como él llama a los poetas clásicos).
Suso marcha entonces con el tesoro oculto entre sus ropas. Después de leer el ejemplar, si es de su agrado y el autor aún respira, se encarga de enviarle una prima pecuniaria a su dirección personal, que sigilosamente averigua. Nada de editores ni agentes. Nada de distribuidores ni comerciantes. Una recompensa exclusiva para el autor.
Cuando busca algo especial no duda en acudir a una librería de verdad, una de esas pequeñas en las que es imposible perderse y en la que el dependiente es un lector incesante, que conoce todos los géneros, un auténtico vademécum de literatura, con el que gusta de charlar durante horas. En estos templos de sapiencia, Suso paga con gusto. Ofrece el dinero y da las gracias, sabedor de que el valor de lo que lleva entre las manos es infinitamente superior al frío metal que dejó a cambio.
Olvidaba decir que Suso no abandona el lugar del crimen dejando a esos mercaderes sin escrúpulos de los hipermercados con las manos vacías. Le gusta dejar su marca, como esos asesinos en serie de las novelas policíacas americanas. Cuando él sale de estos centros, siempre pasa por caja. Pagando un rollo de papel higiénico... del más barato.

jueves, 16 de abril de 2009

Arena en la garganta

A Manuel Delgado

“Nudillos que percuten
cadáveres de robles
al son indefectible
de tus bulerías.

Los ecos que perturban
memorias aldeanas.
La arena que transita
por tu garganta.

Las uñas que dibujan
sonrisas estiradas
al ancho de las palmas
de nuestras manos.

Mi verso desabrido,
que brama contra tierra
y alcanza el aire alto
huido de tu estampa.

El trueno que desata
la luz de los extremos
torciendo la camisa,
librando los asientos

Y el mar de los olivos
que asoma por los ojos
al mínimo reclamo
de tu clamor”


Estos gestos que no entraron
en los siete días del génesis,
o fueron olvidados
en un rincón del cielo,

ahora vienen desfilando
en una cabalgata
de mártires flamencos
asidos en tu voz.