martes, 23 de junio de 2009

NOMINACIÓN

Todo está clamado ya.
Todo inherente
a la nomenclatura del mundo.
Todo versado
en bocas ancianas
lacradas con viento
forrado en papel.
Todo menos tú,
pero no el tú de todos
sino el anónimo.
Aquel que no viste ni calza,
que es ausente en los ojos
y vive en el crono
que lidia en el aire.
Ese mismo que no habla
si atienden oídos
y no carga con historia
ni ha nacido nunca.
Aquel que no llamo
porque no sé cómo hacerlo
y viene.
Aquel tú que es yo siempre.

sábado, 13 de junio de 2009

EL BANCO DE LA PARROQUIA

A petición de un amigo os devuelvo este breve relato...


En el barrio ha ocurrido algo extraño. De pronto, en un núcleo urbano en el que nunca pasa nada ha empezado a correr un rumor con tintes delictivos. Al parecer, algún vándalo esculpió a golpe de navaja unos versos de amor en un banco de la parroquia. La noticia llegó a mis oídos cuando esperaba turno en la frutería de Mateo, que se ubica casi a pie de mi bloque. Allí dialogaban, indignadas, tres señoras ni tan jóvenes ni tan mayores, bien parecidas y arregladas para salir a la calle… ¡qué poca vergüenza! ¡ya no se respeta ni la casa de Dios! ¡¿dónde vamos a llegar?! Espetaban.

- ¿Lo han leído ustedes, señoras? - Pregunté.
- No, ni falta que hace. Es una blasfemia y punto- Me contestaron.

Fui y leí los versos esperando una cuarteta de colegio o un pareado adolescente. Pero nada de eso, me hallé con un soneto espléndido, sincero y bello. Una declaración de amor de vellos de punta y piel de gallina. De alejandrinos para más señas, perfectamente divididos en hemistiquios heptasílabos; rima asonante y versos polirrítmicos. Una obra sublime digna de un banco en la Catedral de Sevilla, no en la parroquia de mi barrio. Así que yo, también me fui indignado.
Sospeché de su autor rápidamente y me fui a buscarlo. No podía ser otro más que Suso Guevara. Me abrió la puerta con aires entre somnolientos y de media papa.

- ¡La que has liado, amigo! Le dije de entrada.
- No sé de qué me hablas. Me contestó con la voz apagada. Anda, pasa.
- Del soneto del banco de la parroquia, Suso. Y me sorprendí por el tono de riña paternal con que emití la oración.
- Ah, de eso.
- Pues como se entere Don Fermín… te excomulga. Le comenté.
- ¿Pero no lo estaba ya? Dijo con decepción.

Hablamos del soneto. Bueno, yo hablaba y él asentía con la cabeza porque no le gusta hablar de sus poemas. Siempre dice: “Lo que no puedan decir ellos de sí mismos mal voy yo a explicar”. Recordé que Suso defiende que la poesía debería estar en todas partes: en las cabinas de teléfono, en las paredes de todos los edificios, en el interior de los autobuses… Él se encargó durante una época de que esto fuera así, hasta que pasó cuarenta y ocho horas encerrado en un calabozo por esta causa. Recuerdo que declaró que lo hacía porque se lo debía a la poesía. Pero de esto hacía ya muchos años y ahora no me encajaba muy bien que volviera a hacerlo de nuevo. Así que, le pregunté por qué lo había hecho.
Se llevó a los labios su whisky, lo detuvo a escasos milímetros de ellos y sin dejar de mirar el fondo de la copa, me dijo:

- Porque allí se sienta a escuchar misa ella todos los domingos.

Se hizo el silencio. Silencio que durante dos horas habitó con nosotros. Me levanté y salí por la puerta. Conocía el camino.

viernes, 12 de junio de 2009

CUANDO TUS MANOS ERAN...


Cuando tus manos eran
asideros de plomo
para mi vida ramera…

todo cierto
todo ileso
como tu fortaleza.

Cuando tus manos eran
un gusano calzado
con calcetines de seda…

todo puro
e inseguro
como tu primavera.

Cuando tus manos eran
lo que las manos querían,
lo que las manos debieran.

Cuando eran anchas tus manos
para mi vida estrecha…

¡Qué distinto que era todo
cuando tus manos eran!
A mi madre

sábado, 6 de junio de 2009

ENCENDERÉ...


Encenderé los andenes
por si no vieras caminos
y buscaras la salida
de tu lidia más oculta.

Encenderé las ciudades
por si tuvieras nostalgias
y quisieras beber sola
la mitad de todas ellas.

Encenderé los nocturnos
mundos de religiones
por si encontraras en ellos
dudas alentadoras.

Me haré sol si tú lo pides,
lamiendo colinas enteras,
estrenando las orillas
y desollando las calles,
trocando un perenne día
por un ausente mañana.

Encenderé mi atalaya
con todos los combustibles
y caricias explosivas,
por si se apaga de pronto
este segundo contigo.