martes, 22 de septiembre de 2009

LA NOCHE DE REMEDIOS ARIZA (Final)

Estaba tan tenso y nervioso que empecé a perder el control de mis pensamientos y esto me llevó a hablar de manera compulsiva. Casi no puedo recordar lo que decía, mi garganta articulaba más deprisa de lo que mi cabeza es capaz de trabajar. Sí recuerdo que traté el hecho de lo atractivo que resultó para algunos escritores el contacto con el mundo del más allá. Le hablé de Sir Arthur Conan Doyle y su obsesión por el espiritismo. Le relaté algunas de sus experiencias con las hermanas Fox y como se descubrió más tarde el fraude de éstas.
A cada frase le seguía un sentimiento de estupidez y ridículo más avergonzante que el anterior, pero estaba inmerso en una marabunta lírica de la que no era capaz de escapar, hasta que se me ocurrió preguntar.

- Yo creo en todas esas cosas. Y tú, Suso, ¿crees que hay vida después de la muerte?

Se abalanzó sobre mí como un tigre de Bengala. Me agarró por la solapa y con los ojos vestidos de odio me dijo.

- Mira, niñato estúpido, hace veinte años que perdí lo único de este asqueroso mundo que me ha importado alguna vez. Así que, todavía estoy esperando saber si hay vida antes de la muerte, ¿te enteras?

Me soltó, no sin violencia, y se marchó a paso ligero. Recobré la lucidez y supe que debía dejarlo solo.

Dos horas después Suso estaba en la barra de un lupanar cargado de whisky hasta las cejas.
Se acercó una mulata escultural, de caderas anchas y culo respingón, poco pecho pero puesto en su sitio y labios carnosos. Sus escuálidas ropas parecían cicatrices de su historia y sus ojos un par de almendras tostadas bañadas en miel. Le echó el brazo por encima restregando tanta piel como pudo sobre el brazo siniestro de Suso.

- Hola, mi “amol”. ¿Te apetece pasar un buen rato?

Suso la miró con compasión.

- ¿Cómo te llamas?
La mulata acercó sus labios al oído de Suso, rozándolos con intención antes de responder.

- Me llamo como tú quieras.

Suso la miró sin esbozar ni la semilla de una sonrisa. Se clavó en sus ojos como intentando penetrar en ellos. La dulce mulata no dudó. Mantuvo su gesto deseoso y su mirada alegre mientras se mordía el labio inferior. Suso apuró la copa y, esta vez, sin mirarla a los ojos le dijo:

- Te llamaré Consuelo.

martes, 15 de septiembre de 2009

LA NOCHE DE REMEDIOS ARIZA (2ª parte)

Cuando alcanzamos el camposanto, el cielo lucía un azul impropio de la noche. Pareciera que las estrellas estuvieran más cerca, que se hubieran asomado a la ventana del universo para acompañar a Suso en su homenaje. Cuando iba a preguntarle que cómo pensaba entrar Suso ya estaba encaramado a los muros de la necrópolis.
Salté detrás de él con bastante dificultad y cuando logré alcanzarlo estaba arrodillado ante el sepulcro de Remedios Ariza. Me retiré para dejarlos a solas.
Después de unos minutos de oración, Suso Guevara se levantó con las mejillas surcadas, se echó la mano al interior de la chaqueta y sacó un papel doblado en varios pliegues. Lo desplegó y tras carraspear levemente comenzó a recitar unas octavas reales de aroma gongorino. Una elegía invadida de un desesperante amor. Sentí hervir las cuencas de mis ojos y el vapor de agua se hizo lágrima salada al exhibirse a la vista y correr por mi rostro.
Al finalizar el homenaje, Suso volvió a doblar escrupulosamente el poema y lo devolvió al bolsillo interior de su chaqueta. Se arrodilló de nuevo y besó delicadamente la lápida, que pareció hundirse al contacto con los labios. Se incorporó con parsimonia y con la cabeza gacha comenzó a caminar hacia la salida.

- Hasta el año que viene, Remedios.

Las palabras escapadas de la boca, como un misterio fugado de una botella de gaseosa caliente, se me clavaron en las encías al repetirlas sin pretenderlo en mi alma dolorida. Caminamos en silencio pues yo no sabía qué decir y él no quería decir nada.
Llegamos a la cancela y pensé que por ella sería más difícil saltar que por algunas zonas del muro. Se lo comenté a Suso en voz baja, como si no quisiera despabilar a las ánimas dormidas. Sacó un brazo por los barrotes y a los pocos segundos se presentó un guardia de seguridad perfectamente uniformado.

- Ya creí que no vendría usted éste año, señor Guevara.

Nos despidió casi con reverencia.

Seguimos andando en dirección a la Macarena y cuando ya enfilábamos la avenida Doctor Fedriani le oí pronunciar bajito su nombre.

- Remedios, como te añoro. Si, al menos, pudieras oír tantas cosas que tengo que decirte. Si pudiera pasar contigo un sólo minuto más.


Continuará...

martes, 8 de septiembre de 2009

LA NOCHE DE REMEDIOS ARIZA (1ª parte)

Llevaba varios días temiendo la llegada del tres de septiembre. Una noche de alcohol y confesiones, Suso Guevara me habló de ella, y ese fatídico día de cada implacable año se cumple el aniversario de su fallecimiento. Remedios Ariza fue la mujer de su vida. Con ella pasó los mejores años de su pobre historia y sólo a su lado supo dónde estaba y adónde iba. Suso ha estado con innumerables mujeres pero únicamente Remedios Ariza fue capaz de enamorarlo. Por ello, cuando se aproximaba aquel día, rumiaba alguna posible idea para distraerlo. Esperaba inocentemente que, tal vez, después de más de veinte años de su pérdida, no zozobrara en el recuerdo o incluso se le pasara la fecha sin percatarse. Hay que tener en cuenta que Suso no sabe en que día vive. No hay calendarios en su casa y nunca lleva reloj. Le basta con saber si es de día o de noche, dice. Pero, extrañamente, cuando se acerca la fecha señalada, su ánimo se va marchitando como si llevara insertada una batería emocional de trescientos sesenta y cinco días de vida y cada año hubiera que recargarla para sentirla apagarse una y otra vez en su inclemente ciclo anual. Así pues, su ánimo descendía sin remedio a finales de agosto, y yo no era capaz de alentar una leve mueca de alegría en su sancionado rostro. Llegado el día, Suso me pidió que me vistiera de etiqueta. Me extrañó, pero no quise preguntar por qué y, la verdad es que aún me extrañó más la hora de la cita: las tres de la madrugada. Cuando llegué estaba impecable. Llevaba un traje de alpaca negro con un clavel blanco en la solapa. Camisa blanca almidonada. Un pañuelo de seda pulcramente anudado al cuello. Un par de zapatos oscuros tan lustrados que casi reflejaban la luz de la luna. Me pareció más alto y más delgado. El cabello tersado hacia atrás como la capota elegantemente recogida de un Rolls&Royce. Las leves betas plateadas evocaban a las olas del mar. Por un momento creí estar inmerso en un film hollywoodiense de los años cincuenta. Me agradeció la presencia y sin mediar más palabra paró un taxi con un gesto finamente varonil.

- Al cementerio de San Fernando, por favor.


Continuará...