viernes, 24 de septiembre de 2010

AQUELLA DECLARACIÓN DE SUSO GUEVARA (final)

Entonces volvió a abrirse la puerta de aquella casa y allí estaba ella de nuevo, parando el crono, devolviendo la maceta a su lugar original y volviendo a entrar. Esta vez llevaba el pelo recogido. Pude verla mejor y darme cuenta de que era realmente bella. Fue rápido, como una explosión de luz en aquel maldito día nublado. Un segundo después sentí la puerta del coche cerrándose y vi a Suso cruzar la calle, hipnotizado, sin mirar a los lados.

Abrió la cancela con agresividad y voló hasta la entrada. No tocó el timbre, nunca lo hacía. Llamó a la puerta golpeando moderadamente con los nudillos de su mano diestra. No dejaba de moverse, como un niño pequeño que no contiene la orina. Se abrió la puerta.

El mundo entero se paró un instante. No había guerra ni hambre, ni luz ni agua. Nada se movía. Nadie negaba ni pasaba ni latía. Nada había más que aquellos ojos enfrentados.

- Hola –dijo Suso-. ¿Te acuerdas de mí?

Ella tenía la mano derecha sobre el quicio de la puerta. Él se fijo en ella y notó como los dedos se blanqueaban apretando la madera inocente. Después sintió su mirada pavorosa.

- Perdona. Perdona que haya venido después de tanto tiempo. Perdona. No vengo a robarte nada y mucho menos a pedirte algo. Sólo quiero que me escuches: Perdóname por haber sido tan cobarde, tan egoísta.

Ella intentó decir algo. Él la interrumpió.

- Espera, quiero que sepas que no he dejado de quererte ni un solo día de mi vida. Incluso mientras quería a otras mujeres te estaba queriendo a ti. Lo sé, pensarás que he tardado mucho en darme cuenta, que veinte años es una barbaridad, pero no estoy muerto y tú tampoco, así que no es demasiado tarde. No sabes cuantas veces he amagado a venir hasta aquí, sin ni siquiera saber si aún sería tu casa.

Ella intentó decir algo, de nuevo, y de nuevo él lo impidió.

- No quiero que digas nada. Perdóname antes. Perdona porque tus hijos no sean míos, por no estar nunca, por todas esas noches que no te dí y tú regalaste. Perdóname por estar aquí hoy alterando tu vida o haciéndote perder unos minutos. Perdóname porque podía haberte hecho la mujer más feliz de este mundo y haber sido el hombre más dichoso de la historia… contigo. Perdona porque dejé esa responsabilidad, que era mía, sólo mía, a otro hombre. Perdóname por quererte como nadie en este mundo ha sido nunca capaz de querer a nadie. Perdona por no saber tú nombre y tú no haberme conocido nunca.

Suso se dio la vuelta y enfiló el camino hacia la calle con paso firme, seguro, como un capitán que acaba de declarar la guerra sabiéndose superior en la batalla.

Desde el coche pude ver como ella se asomaba completamente a la puerta con las lágrimas arándole el rostro mientras los labios parecían dos imanes de idénticos polos. Y allí se quedó de pié, inmóvil, mirándolo como quien ve pasar lo imposible.

Suso se subió al coche, sudado. Respiró hondo y dijo:

- Vámonos.

Arranqué y emprendí la marcha. Al cabo de unos segundos le dije:

- ¿Me vas a contar ahora la historia de esa mujer, o no?

Mirando a la calle, con el codo sobre la ventanilla descendida y la mano en la barbilla, me respondió.

- Un día, hace veinte años, pasé por esa puerta y allí estaba ella, regando las macetas. Nos miramos. Yo no me paré y ella no me habló.

Me miró, buscando en mí una especie de complicidad o entendimiento, al menos. Yo lo miré como se mira a un chino de un “todo a cien” que nos reclama algo en mandarín. Dándose cuenta, volvió la vista al frente.

- Eso es todo.

Quería matarlo pero el sol me deslumbraba y no quería soltar las manos del volante. Nos fuimos y me quedé con una sensación de profunda jilipollez que me duró varios días.

martes, 21 de septiembre de 2010

AQUELLA DECLARACIÓN DE SUSO GUEVARA (1ª parte)

Vuelvo con algo de Suso Guevara. Se lo dedico a mi hermana, que tanto le gusta.

Esperábamos sentados en el interior del coche, en la avenida de Andalucía, frente al número 35. El sol, anaranjado, jugaba a esconderse tras las nubes y cuando saltaba de una a otra dibujaba un alud ámbar en el parabrisas. Suso se preguntaba si no estaría haciendo la mayor estupidez de su vida, a pesar de que la lista era amplia y diversa. Las palabras bailaban con los recuerdos al son de un tango de Gardel en el escenario de su atormentada cabeza. Intentaba ordenar los vocablos pero el ritmo de sus vísceras le provocaba una afasia borrascosa. Al cabo de un par de horas, al otro lado de la calle, se abrió una puerta. Salió él. Vestía de manera informal aunque cubierto con un elegante abrigo negro de tres cuartos. Era más alto de lo que había imaginado y, a decir verdad, más atractivo. Lo observó mientras abandonaba la casa y le agradó entender que nadie saliera a despedirlo. De repente, la puerta volvió a abrirse y salió ella. Cogió una maceta que colgaba de una ventana y volvió a entrar en la casa. Yo casi no pude verla. Sólo me dio tiempo a distinguir una melena oscura suelta como una cascada de tinta china. Pero él sí. Lo supe cuando creí que las yemas de sus dedos, clavados en mi pierna diestra, ya alcanzaban a tocar el fémur. Grité. Cuando recobré el habla le dije:

- Es el momento, Suso, ve y habla con ella.

- No puedo -me contestó-.

Nunca había visto a Suso tan temeroso. No era un hombre que se distinguiera por pensar las cosas dos veces, pero estaba claro que aquello era diferente. Se estaba enfrentando a los fantasmas de su pasado, esos que durante tanto tiempo le habían acompañado. Así que no quise presionarlo.

- Joder, Suso, llevamos cuatro horas y media esperando y ¿ahora dices que no puedes?

- ¡No puedo! – subió el tono-.

- Vete a la mierda, tío. Eres un cobarde. Detrás de tanta chulería no hay más que un niñato acongojado. Pues aquí vamos a estar hasta que el sol nos caiga encima.

Una esfera de color naranja cayó sobre el parabrisas. Salí y miré al cielo, el sol permanecía en su lugar, entre las nubes, como un enfermo en su cama, cubierto por las cálidas sábanas blancas y, entonces, me di cuenta que estábamos estacionados junto a un bonito y maduro naranjo.

- ¡A tomar por culo!

Entré en el coche y eché mano a la llave que estaba en el contacto.


continuará...

miércoles, 15 de septiembre de 2010

COMPLETO

Otro poema incluído en "De Marzo y otros Colores".

Los cajones de la cómoda

se condenan a lo abierto

como bocas obligadas

a gritar eternamente

Henchidos y rebosantes

del exilio de tus ropas

vomitan el abandono

entre dientes y caobas,

y adioses aglomerados.

En ellos se amontonan

los vacíos y los ecos

y saturan los espacios

invisibles y etéreos.

Llanura de barnices

preñados,

cebados,

hartos de nada.

Polvo gris.

Te diría que volvieras

pero lo vano, lo intangible,

y las prendas inexistentes,

no deja en los cajones

ni un sólo hueco libre.