viernes, 20 de abril de 2012

CONSCIOUSNESS LIES



Hacía tiempo que el despertador andaba en el paro. La luz de la mañana desayunaba en la cama con brutal confianza y entonces se dio cuenta de que estaba sola. Apoyando las manos sobre el colchón logró incorporarse. Con ellas consiguió sacar las piernas de entre las sábanas y posarlas sobre las zapatillas. Su cuerpo presentó quejas al ponerse de pie pero la boca permaneció cerrada. Alcanzó el baño y se lavó la cara en el lavabo. Se miró en el espejo con resignación pero sin llorar. Agarró unas horquillas y tras abrirlas con los dientes las enlazó en su pelo color de luna, dejando el rostro despejado y lleno de surcos como la corteza de un alcornoque.
Salió valiente. Se presentó en el salón y allí estaba él. Perfectamente vestido, perfumado y peinado como si fuera domingo. Sosteniendo el periódico con ambas manos, alzó la mirada por encima de sus gafas de leer.
-       Buenos días, preciosa.
Sobre la mesa reinaba una rosa bermellón en un vaso alto con dos dedos de agua. Sobre el mantel blanco un plato con un par de rebanadas de pan tostado colocadas con cuidado. Delante, una taza de leche, un sobre de café descafeinado y el tarro del azúcar semiabierto por culpa de una cucharilla que asomaba curiosa. A la izquierda del plato, un bote de mantequilla sin sal y un par de servilletas de papel. A la derecha, un cuchillo de punta redonda.
Soltó el periódico sobre el sofá y se levantó con lentitud pero sin temblor. Se acercó a ella y la abrazó con cariño, dejándole en la mejilla una traca de besos silenciosos. Ella lo recibió con los brazos caídos y ante la insistencia de él, posó las manos sobre sus caderas y regaló un beso suave. Lo apartó de sí con delicadeza.
Después caminó con cuidado hasta la mesa. Arrastró la silla que gritó desagradablemente como un violín desafinado. Se sentó y desayunó como quién no tiene ninguna prisa ya por nada. Y era verdad. Buscó las pastillas con la mirada, pero no estaban sobre la mesa. Miró hacia el sofá y él no estaba. Giraba su cuerpo al otro lado cuando se encontró con una mano tendida y dos cápsulas en ellas. Levantó la mirada y allí estaba él sonriendo y pasándole una caricia lisonjera por la espalda. Las tomó.
Se vistió sin exigencia y en cuestión media hora ambos caminaban por el paseo marítimo. El océano murmuraba sin violencia aquel día. Caminaban al paso que ella alcanzaba a dar, cogidos de la mano. Él le hablaba de tiempos pretéritos, de familiares desaparecidos y amigos olvidados. Ella intentaba retener un segundo de brisa marina. Cerraba los ojos. Él tiraba de anécdotas recicladas que ya no rescataban ninguna sonrisa dormida. Ella abrazaba en su oído el crepitar de las olas en la orilla.
Se sentaron en un banco de hormigón, tan malcarado como incómodo. Él se levantó. Ella respiró hondo y ni siquiera miró a dónde iba. Apareció por detrás con una rosa blanca en los dedos.
- No debiste arrancarla. Morirá. – dijo ella-.
- Lo hará en tus manos o en tu pelo. Me perdonará, si no lo ha hecho ya. – contestó él -.
Ella no pudo contener una leve sonrisa y lo miró con cariño.
- Ven. - Le dijo –
Él se agachó con torpeza y ella lo abrazó agradecida. No duró mucho pero lo suficiente como para inflar unos pulmones ancianos y afectivos.
- Ayúdame a levantarme. –pidió -.
Él la ayudó y continuaron caminando. Ella sonreía mientras él seguía con su conversación, saltando de un tema a otro e intercalando bromas que asediaban su nostalgia y la herían de risas irremediables. Se pararon en un bar y degustaron algo de pescado y marisco. Él tomó vino y ella agua. Después volvieron a casa. Ella volvió a recobrar el silencio. En un momento del paseo ella perdió el equilibrio, pero él aguantó con fuerza todo su peso y el suelo apenas pareció alzarse ni el cielo descendió lo más mínimo. Ella pidió perdón y él la excusó culpando las irregularidades del enlozado y la indolencia consistorial.
Llegaron a casa. Él encendió el televisor y se sentó frente a él. Ella se sentó en una silla acusando molestias en todas las articulaciones de su osamenta. Abrió una revista y se quedó mirando una foto en la que una chica popular bailaba en aparente estado de embriaguez. El titular la descalificaba. Empezó a pensar en su adolescencia, en su juventud. Se acordó de su madre y también de su hermana. Lo miró. Él parecía divertirse con la televisión. Entonces ella repasó su vida entera en un minuto, como si estuviese a punto de morir. Se vio de nuevo en el punto inicial del día. El corazón empezó a latir con fervor y sintió aridez en los labios y la lengua. Se levantó de golpe.
Él la miró con estupor en los ojos. También se levantó pero despacio, sin apartar ni un segundo su mirada de los ojos de ella, sin pestañear. Entonces ella abrió la boca:

-       Te odio. Te odio más de lo que te haya podido querer nunca. Te odio por quererme tanto, por obligarme a quererte con tanto abrazo y tanto beso de mierda. Te odio por conocerme, por averiguar lo que me gustaba y hacer tanto por dármelo. Yo no quería esto, esta vida asquerosa, esta vida perfecta. Yo quería vivir sola, vivir mi vida. Haber hecho lo que me saliera del coño. Haber sufrido, sufrido mucho y que las cosas fueran difíciles y pensar en lo injusta que es la vida, y viajar y follar con muchos hombres, ¡joder! Te odio por vencerme. Por conseguir que me quedara contigo, por hacerme feliz, feliz a tu manera y no a la mía. Te odio por quererme tanto. Tanto que consiguieras que acabara queriéndote. ¡Te odio por ello! ¡Te odio!

Miró un marco con una foto de sus hijos y lo golpeó con violencia, estrellándose contra el piso.

-       ¡Y no quería ser madre! ¡Nunca soñé serlo! Te odio, ¡joder! y nunca te voy a perdonar lo que me has hecho. Óyeme bien, ¡Nunca! ¡Me has arruinado la vida! ¡Te odio!

Se echó las manos en la cara aunque sin conseguir contener la catarata de lágrimas que ya descendía desbocada. El lamento en su garganta ya era una estampida de ñúes  imposibles de contener. Las manos temblaban sin permiso. Los labios se disparaban.

Él se acercó y la abrazó para siempre.