miércoles, 18 de septiembre de 2013

EL REFECTORIO



Se había dejado la ventana abierta y la persiana llevaba días atascada en lo más alto. Así que el sol no tuvo ningún obstáculo para bañarle de luz la cara y, de paso, despertarlo un día más. Se levantó dando gracias al cielo a pesar de su triste situación. Ramón llevaba más de tres años en el paro, la ayuda del gobierno apenas le daba para pagar el alquiler y la caridad para dar de comer a sus tres hijos. Los tres pequeños, de seis, ocho y once años, apenas eran conscientes de la precaria situación en la que vivían. Ramón se ocupaba con fervor de que sus hijos estuvieran siempre alegres. Un juego de magia improvisado, una canción inventada, un baile descoordinado, un cuento… cualquier cosa valía para ellos. Mientras, Ramón, peleaba con el anhelo de su difunta esposa, de su trabajo irrecuperable y su ausente esperanza. Ramón gastaba lo poco que conseguía en alimentar a sus hijos y a veces pasaba días sin probar bocado, engañando al estómago con litros y litros de agua. Al menos un día a la semana lograba un vale para acudir a un comedor social situado en un barrio adyacente. Legalmente no le correspondía pero el favor de una maestra amiga de sus padres obraba el remedio. Ese día Ramón comía caliente y guardaba un mendrugo de pan para llevar a casa. Aquella mañana salió a pasear como tantos días y se encontró con su amiga, recibió el vale y tras dar las gracias hasta ser enojoso acudió al comedor. Se zampó un buen cocido de habichuelas, un zumo de naranja y un yogurt natural. Se guardó el pan. Al finalizar su pitanza ayudó, como siempre hacía, a los voluntarios del refectorio. Eran una gente estupenda, gente que dedicaba su tiempo a los demás sin esperar nada a cambio. Aquel día faltó alguien y Ramón se quedó hasta finalizar la ofrenda y dejar todo limpio y recogido. Cuando se disponía a marcharse llegó un señor con traje claro y copiosa gomina. Se sacó un sobre del bolsillo y se lo entregó a uno de los voluntarios. Luego se marchó. El chico abrió el sobre y empezó a repartir el dinero, cuando llegó a Ramón, le cogió la mano y le puso cien euros en la mano. Ramón se miró la mano como un homicida involuntario que porta el arma del crimen ensangrentada. Pensó en lo repugnante del acto, en la decepción tan profunda, divagó sobre la procedencia de la remuneración, sobre su suciedad. Pensó rechazarlo. Luego se acordó de Pablo, el mayor de sus hijos, en su nobleza, su carácter protector ante sus hermanos, sus ojos verdes, su pelo lacio. Vio a su hijo Miguel, sus dientes mellados, su alegre risa contagiosa, su inquietud imparable. Y sintió las manos de Juan, el menor de los tres, tan callado, tan inocente, con aquellas pestañas interminables. Agarró el dinero y salió del comedor sin despedirse ni agradecer nada a nadie. Compró comida y algunas golosinas y llegó a casa. Abrazó a sus hijos y les mostró la compra. Pablo saltaba, Miguel reía y Juan lo abrazaba entre sollozos. Durante una semana los niños comieron como nunca lo habían hecho. Eso sí, Ramón no probó bocado.

3 comentarios:

Angie Sevilla dijo...

Triste y crudo relato que por desgracia no es ficción para muchas familias en los tiempos que corren.

Me ha gustado la forma sutil en la que has metido al lector en la piel del protagonista, en sus pensamientos y sus emociones ante el drama que vive a diario.

Hoy no tengo ningún "pero" :P Felicitaciones.

Un beso. Angie.

Angie Sevilla dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Angie Sevilla dijo...

Estaba echando la vista atrás en mi blog y me encontré con un relato que me recordó al tuyo y viceversa. Te dejo el enlace para un día de estos.

http://www.elmundodeangie.blogspot.com.es/2012/01/frio-invierno_30.html


;)