miércoles, 20 de febrero de 2013

YO SÓLO ESCRIBO PARA MÍ (¡¿?!)


Yo solo escribo para mí”- me decía recientemente una bonita joven que ha caído en los brazos de un galante y sinvergonzón amigo mío. Mi amigo le comentaba orgulloso (y yo admirado) al presentarnos que me dedico a escribir y ella contestó dulce: ¿Ah sí? A mí también me gusta escribir pero yo sólo escribo para mí. Sonreí educado y después la invité a dejarse descubrir líricamente. Se sonrojó y declinó mi oferta.
Durante la cena no dejé de pensar ni un sólo instante por qué yo escribo para los demás. Es fácil. Una condición humana, fisiológica, química, física y espiritual. El cuerpo desprende siempre los elementos que germinan en las emociones. Y en eso se parece al alma. Lloramos, y las lágrimas corren por la fachada de nuestras mejillas, no por el patio interior ni el oscuro dormitorio, que llora de otra forma, sino por la fachada. – he preferido poner este ejemplo al de aquel día en que me oriné del miedo que sentí viendo El Exorcista (tenía 9 años),aunque también hubiera servido-. Así se manifiesta también el alma. Está claro que necesito sacar de mí los sentimientos y el poema es mi manera. Esta es una de las razones evidentes por las que escribimos: nuestra necesidad de expresar lo que sentimos, de sacarlo hacia fuera, de transmitirlo.
Pero, ¿por qué publicar? Podemos encontrar multitud de explicaciones; Octavio Paz decía que el poeta necesita publicar para que lo amen. No sé si tengo esa intención, la verdad, aunque conozco alguno que habrá sonreído al leer la cita. Pero quizás mi preferida es la de aquella conversación entre Borges y su gran amigo Bioy Casares en la que Borges le pregunta: ¿Por qué crees que publicamos? Y Bioy piensa y contesta parsimonioso: Porque si no consiguiéramos publicar lo que escribimos nos volveríamos locos de tanto revisarlo. Así es, necesitamos publicar nuestras obras para, al menos, poder desprendernos de ellas y mirarlas desde la distancia, para arrimarnos la mano a los labios, lanzarles un beso de despedida y seguir avanzando. La obra que aguantamos pesa, a veces, tanto que no nos deja seguir y nos quedamos encerrados en ella para siempre como Perséfone en el reino de Hades esperando que un editor llegue para salvarnos aunque sólo sea una primavera.
Necesitamos publicar como necesitamos desprendernos del pasado. Nietzche decía: El hombre debe tener la fuerza de romper un pasado y aniquilarlo y es preciso que emplee esta fuerza de cuando en cuando.

Dedicado a Angie de elmundodeangie.blogspot.com

martes, 19 de febrero de 2013

SOMOS UNA PELUSA


La vida pende de un hilo. Esto es así desde el principio de los tiempos y poco ha cambiado. Si acaso, tal vez, nuestra conciencia de ello. Pensándolo un poco no tardaremos en darnos cuenta de que no somos más que una pelusa sobre una hoja de filodendro en plena selva suramericana, expuesta a la primera brisa que se nos cruce.
Posiblemente, si cuantificáramos los riesgos las diferencias serían mínimas. Diez arriba o abajo, diría yo. Lo que sí es evidente es que estos riesgos son distintos. Ahora no nos exponemos a que nos arrase una manada de mamuts o nos despedace un tiranosaurio, pero sí podemos ser atropellados por una Ford Transit o puede devorarnos cualquiera con dinero, poder y un poco de mala leche. Así es, tan triste como cierto. Nuestra vida es extremadamente frágil. No estoy siendo catastrofista, créanme. No hablo de la vida de un torero de Portugalete ni de la de un camello del Bronx, ni la de un miliciano israelí. Hablo de usted y de mí. Hablo de un joven circulando en dirección contraria por la A-49 en sentido Sevilla, hablo de una explosión de gas en Vizcaya, hablo del estrés, del cáncer, de un extraño virus incurable, del crimen, de una indigestión, de un desahucio,… todas ellas corrientes de aire que nos expulsan de nuestra hoja de filodendro con suma facilidad.
Nuestra vida pende de un hilo por mucho que nos cuidemos, a pesar de nuestra periódica visita al proctólogo, nuestros hábitos deportivos y nuestra magnífica dieta. El día menos pensado nos podemos ver con un ataque de ansiedad llegando a una clínica de urgencias pidiendo ayuda porque no encontramos un último hálito y no sabemos qué nos pasa. Nadie está exento de caer como una pelusa por muy bien que se nos vea. Os lo aseguro. No nos paramos mucho a pensar en ello y no me parece mal. Sería de locos. Nos obsesionaríamos y acabaríamos saliendo a la calle envueltos en caucho como si fuéramos aquel muñeco blanco de Michelín. No es eso. Pero no está mal que de vez en cuando nos demos cuenta y rememoremos aquel mito adolescente del “carpe diem”. Aprovecha el momento, sea lo que sea que estés haciendo, trabajando, cocinando, bañando a tus hijos o reclamando una factura. Haz aquello que estés haciendo… con ganas. Disfruta de ello. Inténtalo, al menos.
Yo voy a despertar a mi mujer un segundo y a decirle que la quiero y voy a besar la frente de mis hijos antes de irme a la cama, por si acaso, porque me apetece. Ustedes hagan lo que quieran, pobres pelusillas, pero háganlo, no esperen a mañana ni a su jubilación, por si alguien se ha dejado la ventana abierta.