viernes, 29 de noviembre de 2013

LO QUE NO PUEDES VER



Hace ya algún tiempo, años incluso, coincidí en un trayecto de autobús con un conocido que, por aquel entonces, estudiaba bellas artes. Hoy es un artista emergente y tiene un presente y futuro esperanzador. El caso es que entre diálogos intrascendentes y silencios medidos, él sacó una libreta y comenzó a dibujar lo que había ante sus ojos. Yo estaba sentado a su lado, así que lo que andaba delante suya no difería lo más mínimo de lo que yo podía ver, o eso creía yo. Con un lápiz de carboncillo comenzó a dibujar trazos vertiginosos que, como por arte de magia, hicieron florecer sobre el papel la figura obtusa de un señor, la desolada coronilla de otro por encima del cabecero de un asiento, o el peinado vetusto de una señora de avanzada edad. Todo con un sentido de la perspectiva y la proporción verdaderamente admirables. El baile de sus dedos sobre el pliego era algo hipnótico, te lo aseguro. Pero lo que más me sorprendió no fue su indiscutible talento ni su técnica depurada. Lo que más me llamó la atención fue que él veía cosas que yo no. Él veía movimientos de cabello que yo no apreciaba, él veía pliegues de ropa que yo no podía percibir. Él veía otra realidad. Él miraba lo que le rodeaba con otros ojos. Veía el mundo de una manera diferente hasta en el más mínimo y elemental detalle. Esa es la realidad del artista. Y entonces, toda esta bohemia reflexión me conduce, como siempre, a ti. Sí, porque tú eres mi motivo para sentirme artista; porque yo veo en ti virtudes que nadie puede ver, veo gestos y aspectos que ni tú puedes apreciar. Veo en ti una realidad que me fascina, que es solo mía porque sé que los demás no tienen la capacidad de percibir. Veo en ti movimientos de cabellos y pliegues de ropa que, otros no es que no aprecien o valoren, es que ni siquiera pueden verlos. Veo en ti un mundo que sólo yo percibo. Y si tuviera el talento necesario y la técnica adecuada, lo dibujaría. Y sería, sin duda alguna, una obra bella.

viernes, 1 de noviembre de 2013

LOS EFECTOS DEL FRÍO



Puede que no lo sepas, la sensación térmica ante el frío tiene un límite aproximado de 25º bajo cero. Es decir, que aunque haga -50º mi cuerpo registra la misma sensación. Hace más frío, sí, pero no soy capaz de percibir la diferencia. Lo que sí será diferente son los efectos que se produzcan en mi organismo. Es posible que inicialmente todo se reduzca a una manifestación cutánea. Según disminuyan los grados o aumente el tiempo de exposición, mi cuerpo reaccionará peor: cianosis, hipertonía muscular, broncoespasmos, descenso de la frecuencia cardíaca y, finalmente, la muerte. Así que, puedes, como efectivamente te has propuesto, desampararme. El frío que dejarás en mi cuerpo será el máximo que puedo experimentar. No existe nada más helador que tu abandono. Asumiré estoicamente tu decisión y me cuidaré de abrigarme bien con la nostalgia de todo lo nuestro. Pero, aunque me abandones, no te vayas, no te quedes conmigo pero no te vayas, no lejos al menos, porque aunque no pueda sentir más frío, los efectos no serán los mismos. Si sé que sigues cerca podré refugiarme, tal vez, viéndote salir de tu casa o caminar por el parque; o tal vez coincida contigo en el supermercado o en la parada del autobús y halle en esos encuentros algo de lumbre, interna, imaginaria, propia. Pero si te vas, si te marchas, a Buenos Aires o Santiago de Chile, por ejemplo, no será lo mismo. Sabré entonces que de verdad estás lejos, que te has ido para siempre, que nunca más habrá una mirada entre nosotros, ni un olor, ni un gesto y los efectos del frío que me dejes, entonces, no serán los mismos, ya sabes: cianosis, hipertonía muscular, broncoespasmos, descenso de la frecuencia cardíaca y, finalmente, la muerte.