domingo, 12 de enero de 2014

UNA DE CADA DÍA



Salió de la cafetería después de haber degustado una taza de capuccino caliente. Caminó pensando en los errores que había cometido en su vida. En aquellos que podía admitir, al menos. La cobardía de determinados momentos, la ferocidad de otros, la excelsa inocencia que derramó tantas veces…. Las personas somos complicadas, concluyó. Fue consciente de que hizo que todo fuera bastante más difícil de lo que posiblemente era. Que esperó a que ella le ofreciera aquello que necesitaba en lugar de pedirlo. Que negó lo que deseó tanto por culpa del orgullo y calló demasiado lo que sentía hasta llegar a ahogarse muchas veces. Así se pasó el tiempo, cediendo ante detalles cotidianos que marcaron el ritmo de sus relaciones humanas, y peleando por chiquilladas que, por uno u otro motivo, le ofendían. Se metió las manos en los bolsillos, levantó la barbilla y dejó que el fresco del mes de enero le bailara en la cara. No soy perfecto, se dijo a sí mismo. Sonrió y siguió caminando. Alcanzó la orilla del río, puso un pié en el agua y después el otro. Lo cruzó andando. Llegó a la puerta de un edificio de veinte plantas. Miró arriba. Trepó por la fachada hasta ascender al ático. Atravesó la pared y allí estaba ella. La mujer con la que había compartido media vida y con la que había roto su relación hacía más de un año. La miró a los ojos ante el estupor de ella y le pidió perdón. Después salió por la puerta, bajó por las escaleras y cruzó el río a nado en dirección inversa. Llegó a su casa vacía y se acostó solo, como cada noche, pero esta vez con una sonrisa en los labios.

1 comentario:

Micaela dijo...

Muy hermoso este texto, Jesús. Al final el perdón es capaz de cambiar nuestras vidas. Al fin y al cabo todos nos equivocamos pero casi nunca admitimos nuestros errores.
Un abrazo.