martes, 26 de agosto de 2014

MANHATTANHENGE


El ser humano tiene, entre otras muchas cualidades, la de sorprender y sorprenderse con una facilidad pasmosa. Tal vez se deba a que establece una realidad en su cabeza, que adjudica universal. Tal vez sea verdad que vive, como decía Platón, en la caverna donde solo se reflejan sombras que proceden del mundo real. El caso es que es fascinante lo humilde que nos hace el sentido de la sorpresa. Cualquier amigo puede dejarte de piedra con un comentario o crítica descerebrada o con un elogio desmesurado, cualquier ser diminuto puede dejarte fascinado con un gesto impredecible o un ataque voraz. En Manhattan, la ciudad de los rascacielos, en el corazón de La Gran Manzana, se produce (un par de veces) cada año un fenómeno impresionante. El sol se alinea con las calles para ofrecer un espectáculo tan sumamente bello que el mundo parece detenerse. El neoyorquino de marras para su coche en mitad de la vorágine de un tráfico desorbitado, se baja del vehículo y se queda pasmado mirando al sol. Así es, toda la ciudad alucina con este inmenso show de la naturaleza. El mérito, evidentemente, no es del sol, que hace eso todo los días, en realidad. El verdadero valor es que el ser humano, que ya ha pisado la luna, que es capaz de inventar un colisionador de hadrones para desafiar al tiempo, que ha puesto a volar construcciones de toneladas de metal, que ha provocado mil y un inventos increíbles… ese hombre aún se sorprende por una puesta de sol. ¡Qué grande somos! Ojalá conserve toda mi vida la capacidad de sorprenderme, y si no, ya habrá alguien capaz de hacerlo por mí. Seguro.

lunes, 18 de agosto de 2014

EL SEÍSMO

Santiago de Chile, 11 de Agosto, 21:00.
Simón Vargas estaba en la ducha cuando sintió el temblor de todo el edificio. Una mano en la pared y otra en la mampara fueron suficientes para evitar la caída. El seísmo duró apenas un par de segundos y no tuvo la intensidad de otras veces. Al volver la calma oyó un crujir vítreo que procedía del interior del apartamento. Se secó y a pesar de estar solo en casa se cubrió de cintura hacia abajo con una toalla oscura. Salió al pasillo y vio que todo estaba intacto. Se pasó por los dormitorios y no encontró restos de ningún estropicio. Pensó que podría haber sido algún elemento de la vajilla y se acercó a ver el estado de la cocina. Abrió el mueble y pudo comprobar que tanto los vasos como los platos estaban tal y como los había dejado antes de meterse en el baño. Ninguna rotura. La verdad es que la sacudida había sido bastante leve y era lógico que nada se hubiera roto. Tal vez el ruido fuera de otra cosa o un engaño de la mente. Se dirigió al dormitorio y se vistió cómodamente. Acudió al salón, se sentó en el sofá y encendió el televisor. Entonces, lo vio. El marco de su boda no constaba en la pared. Retiró el mueble bar y allí estaba. En el suelo, el cristal partido, el marco desarticulado, la alcayata suicidada. Como pudo, metió un brazo entre el mueble y la pared. Consiguió alcanzar con las yemas de los dedos el filo de la estampa. Puso los dedos a trotar en el aire con la intención de tocar la foto e ir acercándola para asirla después. Pronto rozó el cristal y la piel de su dedo corazón se abrió como una carta ansiada. No gritó. Apretó el gesto y se llevó el dedo a la boca. Finalmente optó por retirar un poco el mobiliario y recuperó los escombros de la imagen de su enlace matrimonial. Se sentó en el sofá, de nuevo, y se puso aquellas piezas de puzle sobre las rodillas. Pensó en las razones de tal destrozo, sorprendido, teniendo en cuenta que el temblor podría haberse considerado como algo leve. Examinó todas las partes del quebrantamiento. La pared estaba carcomida y el espiche desprendido. La alcayata oxidada y descamada. El marco frágil y despatillado. El cristal fragmentado. La imagen no andaba muy estropeada. El tiempo la había amarilleado un poco y el accidente y el posterior rescate la habían marcado con alguna arruga nada importante, pero su mirada henchida era la misma y la belleza de su esposa, sostenida en una inmensa sonrisa, no habían cambiado ni un ápice. Entonces, recapacitó en si no tendría que haber revisado aquel sencillo marco de madera de pino, de vez en cuando. Si no tendría que haber reforzado aquel pedazo de pared. Si no tendría que haber sustituido el espiche y la alcayata. Si no tendría que haberlo cuidado… de vez en cuando. Lloró.

Cuando Martina Zúñiga salió del trabajo fue atracada por un hombre vestido de negro. Un señor de metro ochenta y complexión fuerte que no tuvo piedad de ella. La llevó a cenar al Mestizo, en pleno parque Bicentenario. La empujó a bailar hasta altas horas en el club Mamba y se guardó fuerzas para invadirla en el asiento trasero de un Volkswagen, como si fueran dos jóvenes animales.