viernes, 27 de marzo de 2015

GERMANWINS


Aquel día se levantó temprano, antes que su marido, cosa inusual porque él gustaba de tareas de jardinería en el pequeño espacio verde que tenían en el patio trasero de la casa nada más amanecer.
Se aseó cuidadosamente, se puso una bata y se dispuso a preparar el desayuno. Tenía un pequeño malestar estomacal aquella mañana y se tomó un digestivo oral para intentar paliarlo. Al cabo de una hora el malestar persistía y parecía ya algo más que una simple indigestión. Su marido insistió en acudir al médico pero ella, de buena casta germana, aseguró sentirse mejor de lo que realmente era cierto. Tenía que impartir clases de piano a varios adolescentes esa tarde, así que debía aprovechar la mañana para quehaceres ordinarios. Se maquilló un poco para disimular decadencias y se vistió para salir a la calle. Acudió a la frutería sita en la Plaza Konrad Adenauer, un lugar delicioso del bello Montabaur, entre Düsseldorf y Frankfurt. Esperaba turno cuando oyó la noticia. El avión siniestrado en los alpes, la cantidad de víctimas, las posibles causas… la vida de su hijo Andreas se le atoró en la garganta. Salió lo más rápido que pudo en dirección a su casa. Entró y encendió la radio. Era cierto. Miró por la ventana y vio a su marido inclinado, liberando los tulipanes de malas hierbas. Le temblaron las manos. La velocidad a la que las imágenes de su hijo pasaban por su cabeza le impedían descifrar el mensaje de la radio pero el tono del locutor era suficiente para asumir la magnitud de la tragedia. Abrió la puerta del mueble alto, sacó un bote de pastillas lo abrió con fuerza desmedida y las pastillas saltaron del recipiente como si fuera un explosivo de confeti. Se tiró al suelo, cogió dos pastillas y se las metió en la boca, descendieron con dolor por la garganta oprimida. Entonces su marido, el señor Lubitz, entró en la cocina y, con cierta pavura le preguntó qué le pasaba. Ella le mandó callar poniendo su dedo índice sobre los labios entreabiertos. Él escuchó la radio y se tiró a su lado.

Al día siguiente la policía se presentó en su casa y los actos de duelo de familiares de víctimas no se hicieron para ellos. Los pájaros los señalaban con su pico delator, las ramas de los árboles los azotaban con ira, el viento murmuraba en sus oídos delaciones de entrañas. Pero ella no podía responder a nadie ni a nada porque acababa de perder a su hijo y se sentía tan culpable que no podía calmar su dolor, ni entenderlo, ni asumirlo, ni explicárselo a nadie. Ningún sicólogo del mundo podría ayudarle a separar la pérdida de la responsabilidad. ¿Por qué? Warum?