lunes, 5 de octubre de 2015

CRÓNICA DE UN PAÍS II.


Finalmente, tras años y años de luchas orales y absurdas argumentaciones seudohistóricas, Cataluña, aquejada de una infame gestión e indolente ante la evidenciada corrupción de sus propios gobiernos autonómicos, se independiza. La mitad de ella, aproximadamente, lo festeja. La otra mitad, inquieta, insegura, se divide entre los que abandonan la región y los que se resignan y continúan en ella. Al cabo de unos años el panorama mejora globalmente y durante décadas los catalanes viven en el convencimiento absoluto de su gran decisión. Aprenden, con ayuda del adoctrinamiento galo, a mofarse de las dificultades de su ya expatria, decretan nuevas leyes fronterizas con el estado español y se convierten en un paraíso fiscal. El Barcelona gana todas las ligas y copas catalanas en todas las disciplinas deportivas y categorías posibles, pero a nivel internacional no se comen nada.
Al cabo de unos años una pequeña crisis amenaza la región… perdón, nación catalana. Entonces los barceloneses, sostenidos en su mayor renta per cápita, acusan al resto de regiones de ser el verdadero origen de todos sus problemas. Refieren una profunda investigación histórica y ensalzan el antiguo y glorioso Condado de Barcelona, muestran un escudo distinto bordado en una bandera hallada en libros añosos y manifiestan su deseo de separarse de sus otrora hermanos catalanes y fundar el nuevo estado nacional de Barcelona. Finalmente, tras años y años de luchas orales y absurdas argumentaciones seudohistóricas, Barcelona, se independiza.
Lérida, Tarragona y Gerona se sumen en un caos económico que no importa a nadie y solicitan, sin conseguirlo, su reingreso en la España. Poco a poco, salen adelante como una nación pobre pero autosuficiente.
Barcelona prospera, acoge una nueva exposición universal gracias al soborno de su alcalde… perdón, presidente de la nación, y alcanza grandes cotas de felicidad popular. Al cabo de unos años una pequeña crisis amenaza la economía de Barcelona. Entonces, los habitantes del barrio de Pedralbes acusan al resto de barceloneses de ser culpables de todos los males de la nación, los señalan como unos vagos y delincuentes, y los inculpan de robarles con sus impuestos. Así que manifiestan su deseo de emanciparse inmediatamente. Finalmente, tras años y años de luchas orales y absurdas argumentaciones seudohistóricas, Pedralbes, se independiza.
Pedralbes es feliz ahora y todos sus habitantes viven convencidos de su extraordinaria determinación. Han recuperado un extraño dialecto… perdón, idioma, que dicen que es anterior al latín y en sus balcones cuelgan banderas nunca antes vistas pero que parecen ser de una cultura ancestral asentada en una época prerrománica en aquella zona. Al cabo de unos años una pequeña crisis amenaza la economía de Pedralbes, entonces, los vecinos de la calle Doctor Ferran tras años y años de luchas orales y absurdas argumentaciones seudohistóricas declaran su independencia… Al cabo de unos años una pequeña crisis económica asola la calle… perdón, la nación de Pedralbes. Artur, reprocha a sus vecinos su mala disposición a solucionar los problemas y su nula incapacidad gestora, así que, indignado por la situación declara su intención de desvincularse y tras años y años de… ya saben… logra su emancipación total. Artur logra declararse, en su chalet de la calle Doctor Ferran, en el barrio de Pedralbes, en Barcelona, sita en Cataluña, de España, Europa, en este maravilloso mundo: Nación independiente.

Al cabo de unos años, como no podía ser de otra manera, Artur, sufre una pequeña crisis económica fruto de tanta economía sumergida y productos de exportación. Cuando encontraron a Artur, yacía envuelto en una bandera que nadie conocía, sentado en un sillón marcado con un letrero con unas extrañas letras de un idioma desconocido y en la más pestilente y absoluta soledad.