martes, 6 de septiembre de 2016

MANUEL YA NO ESCRIBE

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           - Si yo tuviera la certeza de que soy yo a quien esperas. Si yo pensara que puedo hacerte feliz sin más, sin esfuerzo, simplemente siendo yo mismo. Si yo creyera que tú estás absolutamente segura de que nada sería bello sin mi. Si me echaras de menos. Si me alcanzara con un gesto de cariño para enternecerte un poco. Si tu piel fuera tu piel, como yo la conocí. Si no me quedaran dudas que no hubieras ya desvelado. Si tú fueras tú y yo el de entonces. Si todo siguiera igual que cuando nos conocimos, entonces, ¿qué sería todo esto? ¿qué mentira hubiéramos vivido?
-          - ¡Uich, Manué! ¡Qué tonto te pones, hijo, que no tengo ganas y ya está, no le des más vueltas!
-          -  Matas la poesía, Mary, de verdad.
-          - Dame un beso, anda, tonto. Qué eres más tonto que tó.
-          - ¿Ves?, ya la has resucitado. ¡Ainns...! Si es que…
-          - ¿Si es que… qué?
-          - Me quedao en blanco.
-         - Vaya mierda de poeta eres, Manué, hijo. No sé cómo te recibo, en serio, eh. Venga, anda, que me das pena, dame treinta euros y vamos al lío, que tengo mucho trabajo hoy.
-         - ¿De verdad me vas a cobrar?
-         - No, espera… Como a todos, como siempre, o ¿tú te crees que este coño es tuyo?.
-         - Pero yo te quiero.
-         - Claro, y yo, y yo… ¿vamos o no vamos?
-         - ¡Puf…!

Manuel saca los treinta euros de su bolsillo y antes de dárselo ella se los arrebata de los dedos. Lo coge de la mano y se lo lleva a la cama. Quince minutos después Manuel sale por la puerta y, por las escaleras, se cruza con un señor con traje y corbata. Se fija en su mano izquierda y lleva una alianza. El señor llega a la puerta de Mary y llama. Manuel se esconde en el rellano. Ve como ella abre la puerta en bragas, le agarra de la corbata y lo atrae al interior. Manuel se come por dentro, se muere de celos. Media hora más tarde, el señor sale del apartamento de Mary. Manuel decide seguirlo. El señor se sube a su auto y conduce por las calles de la ciudad. Para en un bar de mala muerte. Manuel entra tras él. El señor pide una copa, se la toma mientras ojea un periódico del día anterior. Paga y se marcha. Manuel lo sigue. El señor para delante de una casa en una urbanización de clase media en la periferia de la ciudad. Antes de salir toca el claxon un par de veces, muy seguidas. Se abre la puerta y dos pequeños de unos tres y seis años salen corriendo. No ha cerrado aún la puerta del auto cuando ya los tiene abrazados cada uno a una pierna. En el umbral le espera una mujer morena, bien cuidada, bella. Vestida con traje de oficina y un delantal recién estrenado.

Manuel no quiere ver más. Abre la guantera y coge un revólver.