viernes, 26 de mayo de 2017

EL ALUMNO

            

          Cuando Roberto fue llamado por el profesor de su hijo para una reunión personal se sorprendió. Sabía que el niño era un poco holgazán pero también inteligente y respetuoso, así que no podía imaginar el motivo de tal requerimiento.  Pidió un receso en el trabajo y a las cuatro en punto de la tarde estaba, bien acicalado, en el umbral del aula B de tercero de primaria. En seguida se abrió la puerta y la señorita Irene le invitó a entrar. Se sentó, apoyó los brazos en la mesa y cruzó delante de sí los dedos de las manos.
-       Bueno, dígame.
-   Verá, señor Ramírez, su hijo… es un niño con muchas posibilidades que debido a su desinterés por la mayoría de materias y su querencia a la vagancia no rinde como debiera. Estoy especialmente preocupada con sus capacidades matemáticas. Creo que no termina de prestar la atención suficiente y no se entera. Además, algo similar le ocurre con las ciencias y también con el lenguaje y… vamos que el niño no muestra el más mínimo interés por aprender absolutamente nada.
-       Vaya.
-       Pues sí.
Roberto se quedó cariacontecido. Fijó la mirada en la superficie de la mesa y se frotó la barbilla con la mano diestra.
-       Total, que el niño no hace nada en todo el día, ¿no?
-       Exactamente, se pasa el día dibujando garabatos en su cuaderno. Hoy mismo le he requisado uno de ellos. Fíjese.
La profesora le extendió el cuaderno. Roberto lo abrió y descubrió infinidad de dibujos bastante interesantes. Dibujos de extraños seres muy bien definidos.
-       Son muy bonitos, ¿no cree usted?
-       Sí, señor Ramírez, sin duda lo son, pero no me parece apropiado que su hijo realice esos dibujos durante las clases que corresponden a otras asignaturas.
-       Sí, en eso tiene razón.- Contestó Roberto mientras ojeaba el cuaderno. – Y, ¿qué cree usted que debemos hacer?
-       Pues mire, si no quiere que su hijo pierda el curso búsquele un buen profesor particular y que se ponga las pilas.
-       Ajá, bien, eso haré.
Al cabo de un mes, Roberto concertó una cita con la tutora de su hijo.
-       Buenas tardes, Señorita Irene. ¿Qué tal va mi hijo?
-       Pues, bueno, su hijo está mejorando poco a poco, la verdad. Aún anda algo retrasado en conocimientos pero ha cambiado mucho su actitud. Está más contento, no sé, más motivado. Ha dejado de pintar en los cuadernos y está más atento.
-       Bien, me alegro. Estoy muy contento y debo agradecérselo a usted. Hice lo que me dijo y está muy alegre y muy interesado en sus clases particulares. Muy, muy interesado. Gracias.
-       Genial. Muy bien. Qué asignaturas está trabajando en sus clases, ¿Matemáticas? ¿Lengua? ¿Ciencias?
-       Ah, no, no está con esas asignaturas que se le dan tan mal. Lo he apuntado a una academia de pintura.

La profesora se quedó boquiabierta y Roberto, henchido de orgullo, se levantó de la silla con una sonrisa en los labios.

2 comentarios:

RAMÓN dijo...

Guiño interesante a las famosas inteligencias múltiples. Relatos muy parecidos se narran en el magnífico libro de mi gran admirado y querido Sir Ken Robinson "El elemento". Muy sutil como de costumbre. Enhorabuena amigo.

Jesus Dominguez dijo...

Gracias, Ramón. Un comentario muy valioso viniendo de ti.