domingo, 12 de julio de 2009

LAS MENTIRAS DE LA CONCIENCIA. VOL. 1

Salió de la gestoría mirando a ambos lados de la calle, como si fuese a cruzar una avenida atestada de presurosos autos. Finalmente tomó la acera en sentido oeste. Al cruzar el segundo semáforo divisó a un indigente derramado sobre el suelo como un cirio al final del recorrido procesionario. Se echó las manos a los bolsillos y extrajo algunas monedas. Pero entonces, cayó en la cuenta de que necesitaría dinero suelto para la máquina del café, así que echó el freno y guardó la calderilla. Puso la vista al frente y continuó su camino por temor a cruzar las miradas. Al llegar a su altura, sintió crepitar los cartones al son de un quejío puro y hondo. Le vino a la cabeza la imagen de Manuel “El Agujeta” cantando por carceleras. Apretó las manos dentro de los bolsillos como queriendo estrangular la plata. Diez metros después relajó los puños que ya lucían nudillos nevados por la presión y volvió a sentir el tintineo del metal. Quiso distraerse pero la voz de “El Agujeta” retumbaba fuerte en las sienes. Se levantó el pantalón varias veces tirando de la cinturilla hacia arriba como si repentinamente la prenda pesará varios kilos más. El repique de los bolsillos se hacía cada vez más agudo y elevado, y empezaba a taladrarle el cerebro. Quiso agarrar las monedas de nuevo como si quisiera asegurarse de su esencia inerte, pero ya quemaban. No pudo casi ni tocarlas y empezaba a notar el calor incidiendo en la piel a través del nylon.
Llegó al coche y subió en él como si le estuvieran persiguiendo. Se secó el sudor en la manga de la camisa y suspiró varias veces. Aceleró pensando en acabar con esas malditas monedas con la inquietud de quién lleva un cadáver en el maletero. Se bajó como si portara una diarrea incipiente y supo que las vísceras se le habían alojado ya en la garganta cuando quiso dar los buenos días al portero, que lucía el rostro del indigente.
Abrió la puerta de la oficina con varios segundos de aire caliente contenido en los pulmones. Se dirigió a la máquina del café empujando a todo aquel que obstaculizaba su camino.
Cuando logró alcanzarla descubrió un hermoso cartel amarillo con unas decorosas letras oscuras que versaban: “Fuera de servicio”.
Minutos más tarde, la voz dolorosa de “El Agujeta” se mezclaba con la sirena de la ambulancia.

jueves, 2 de julio de 2009

HOY CREO EN TI

Hoy voy a fundar
una religión en tu nombre
porque yo te he visto concebir la vida.
En una verdad,
una oración de los hombres
del milagro que se toca y palpita.

Hoy voy a creer
en ti nuevamente
porque te he visto alumbrar el mundo.
Hoy tengo la fe
que ancianamente
sostuvieron corazones sitibundos.

Hoy creo en tu fuerza,
terremota y solariega,
envidia y llanto del olimpo
por tu sudor y dolencia.

Hoy te he visto,
y que no se atreva nadie
a negarme el credo,
elevarte por encima
de todos los calvarios.

Hoy he tocado la llaga
y me he levantado,
he sanado la agonía
y te he sentido resucitar
tres veces,
tres veces en un día.

Hoy te he visto
amanecer desnuda.
Hoy creo en ti,
además de amarte.