sábado, 11 de febrero de 2017

ATLAS


El Profesor entró en clase aquella mañana de miércoles con las mismas ganas que un paciente a una colonoscopia. Los alumnos estaban alborotados como era costumbre antes de iniciar una lección. Soltó su cartera, se quitó el abrigo y lo colgó parsimonioso en el perchero. Se acercó a la pizarra y escribió ‘ATLAS’, así, todo con letras mayúsculas. Luego se sentó y esperó manso a que sus jóvenes pupilos se calmaran mientras los observaba reflexivo. Esto ocurrió en un par de minutos. Entonces, sin levantarse si quiera, recostado sobre el sillón, con los dedos de ambas manos entrelazados sobre su abdomen preguntó qué sabían de aquel personaje mitológico. Los pocos que acertaron a decir algo coincidieron en que Atlas fue condenado por los dioses a sostener el mundo sobre sus hombros.
-          ¡Sois unos necios! – estalló el profesor, entonces, alzándose de un salto.
Se hizo el silencio, el profesor caminó delante de la pizarra con su mano derecha sobre la cadera y su mano izquierda sobre las sienes, cubriéndose los ojos. Entonces, se paró frente a ellos.
-          Os lo creéis todo. Todo. – hizo un pequeño gesto de negación con su cabeza y alumbró un leve suspiro. - Nunca Atlas sostuvo el mundo. Nunca.
Los alumnos miraban a su tutor sabiendo que aquella no era una clase formal. Aquello que estaban presenciando trascendía a toda planificación curricular. Desde el más aplicado discípulo hasta el más díscolo de ellos permanecía con los ojos abiertos y los sentidos alerta. Nadie quería dejar escapar ni una palabra, ni un gesto. Allí estaba pasando algo diferente, había algo que aprender para siempre. Algo de verdad.
-          Nunca Atlas sostuvo el mundo de nadie. Lo que hizo fue sostener el arco del firmamento. El cielo. Sí, ilusos, ¡El cielo! Nadie va a venir nunca a sostener vuestro mundo. ¡Nadie! Vuestro mundo es vuestro, solo vuestro. Pero Atlas… solo…
Tragó saliva. Saliva que parecía plomo líquido.
-          Para sostener el cielo sí que vais a necesitar a alguien.
Cerró los ojos unos segundos. Aguantó la voz y…
-          ¡¿Todavía estáis ahí?! ¡Salid ahí fuera, idiotas! ¡Salid ahí a ayudar a vuestro Atlas! ¡No lo dejéis solo sosteniendo el cielo, ineptos!
Algunos salieron corriendo. Otro se confesó a su compañera de asiento. Una se levantó y besó en los labios a otra chica. Y los más cobardes se echaron a llorar.
-          ¿y usted profesor? Preguntó alguien.
El profesor, se colgó  la cartera del hombro derecho, se colocó el abrigo sobre el antebrazo izquierdo y dirigiéndose a la salida contestó en voz baja:

-          Para mí ya es tarde. El cielo se me ha caído encima.