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LA TRINCHERA

Ayer me llegó un pequeño vídeo que me dejó muy tocado. El vídeo duraba apenas unos segundos. Estaba grabado desde una pequeña trinchera en el norte de Ucrania. No era una de esas trincheras de las películas de Oliver Stone, en las que los soldados van de un lado a otro medio encorvados para no ser blanco fácil al enemigo. No, era un agujero en medio de un terreno boscoso, de un metro cúbico, no más. La tierra húmeda, los bordes verdes, el cielo celeste. En él se hallaba inmerso un único hombre, grabando sin enfocarse y manteniendo silencio. Se oían truenos alrededor, a pesar del cielo despejado. Cada diez o quince segundos se manifestaba un susurro oscuro, como un gruñido silbante emitido con la voz grave de la muerte, que desembocaba en un golpe seco sobre la tierra. Un golpe brutal como si un titán acabara de desplomarse en mitad del campo de batalla. El hoyo se estremecía con violencia como un seísmo de magnitud infernal. La imagen tiritaba descontrolada. El miedo lo invadía todo. ...

EL MIEMBRO FANTASMA

No hubo despertador esa mañana. La única lumbre atrevida penetraba por debajo de la puerta. Con su mano izquierda tomó la botella de agua que, como cada amanecer, lo aguardaba en la mesita de noche. Ante la imposibilidad de otra opción, también con su mano izquierda, se apoyó en el borde de la cama y tras calzarse torpemente se levantó. Aún no era septiembre. El inicio de las clases no suponía, por tanto, una amenaza. Se dirigió al baño para filtrar residuos y asearse un poco. Se lavó la cara como buenamente pudo y con el codo de su brazo derecho cerró el grifo, cortando la corriente de agua que manaba estridente. Sentir el contacto del latón cromado en el miembro superior diestro de su cuerpo le resultó extraño. Bajó a la cocina, pasó por delante de los perros ignorando su presencia, su hedor indigente, su reclamo húmedo. Tomó una rebanada de pan, cortada por su madre antes de partir al trabajo, y la colocó en la zanja del tostador casi sin mirar. Sin atención al quehacer abrió la nevera, la mantuvo abierta obstaculizándola con la pierna diestra y extrajo una tarrina de mantequilla y después un brik de zumo. Con su única mano posible untó la mantequilla y se dirigió al salón. Se vio a sí mismo tomar el brik de zumo entre el pecho y el bíceps derecho y sonrió. Siempre supo afrontar cualquier circunstancia de la vida con humor. La ausencia de sus progenitores lo henchía de libertad y a él le gustaba aprovecharse para holgazanear con desmesura. Aunque estuvo varias horas frente al televisor apenas le prestó atención. A media tarde recordó que había prometido tirar la basura. Había dos bolsas enormes, así que tuvo que dar dos viajes. Sintió en cada uno de ellos las finas y crueles asas marcarle los dedos de su mano. Así estuvo toda la tarde. Lidiando con su discapacidad parcial, pero haciendo, de mejor o peor manera, todo cuanto se proponía con su ahora hábil mano izquierda. Al final del día, se quitó la ropa y se puso el pijama, se metió en la cama y ante la voz enérgica de su padre soltó en la mesita de noche el móvil que había sostenido todo el día con su mano derecha y se echó a dormir.

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