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LA TRINCHERA

Ayer me llegó un pequeño vídeo que me dejó muy tocado. El vídeo duraba apenas unos segundos. Estaba grabado desde una pequeña trinchera en el norte de Ucrania. No era una de esas trincheras de las películas de Oliver Stone, en las que los soldados van de un lado a otro medio encorvados para no ser blanco fácil al enemigo. No, era un agujero en medio de un terreno boscoso, de un metro cúbico, no más. La tierra húmeda, los bordes verdes, el cielo celeste. En él se hallaba inmerso un único hombre, grabando sin enfocarse y manteniendo silencio. Se oían truenos alrededor, a pesar del cielo despejado. Cada diez o quince segundos se manifestaba un susurro oscuro, como un gruñido silbante emitido con la voz grave de la muerte, que desembocaba en un golpe seco sobre la tierra. Un golpe brutal como si un titán acabara de desplomarse en mitad del campo de batalla. El hoyo se estremecía con violencia como un seísmo de magnitud infernal. La imagen tiritaba descontrolada. El miedo lo invadía todo. ...

EL VACÍO DE BOÖTES

Ahí estaba, sentado en su sofá, permitiendo a su anodina vida robarle el tiempo. La ciencia había captado su atención a través de un documental sobre el vacío de Boötes, una región en el espacio, a unos 700 millones de años luz de la Tierra, cuya densidad de galaxias es tan escasa que genera un efecto de enorme vacío y oscuridad. Mientras atendía a la explicación de aquella hipnótica voz de mujer madura, pensó en lo solo que se encontraba y en lo extremadamente aburrida que se había vuelto su existencia. Se dio cuenta de que él, como prioridad, se había diluido como un azucarillo en un vaso de leche caliente. Nunca se había atendido lo suficiente. Su inexorable empatía apenas le llegaba para atender las necesidades ajenas y casi no dejaba un reducto de esmero para colmarse a sí mismo. Al segundo siguiente se mostraba en la pantalla una imagen lejana del vacío de Boötes y no pudo evitar ver en ella la figura de un corazón asimétrico e irregular, como el que pudiera pintar un niño en una pared, cuando aún se es lo bastante ingenuo. Esto acabó por sepultarlo en la miseria más dolorosa. Entonces apareció su hijo adolescente solicitando su ayuda para alcanzar a su amigo, aquejado de un oportuno dolor lumbar a su vivienda habitual, ubicada en un pueblo cercano. Maldiciendo su desventura, se puso las pantuflas, tomó las llaves y la cartera y salió de casa a cumplir con el requerimiento de su hijo. Cuando salió le llamó la atención del mal estado del zagal. Se ofreció a llevarlo al hospital y ante su negativa, se comprometió a llevarlo hasta la misma puerta de su hogar y por el camino mostró toda su atención posible y dio cuanto consejo entendió como oportuno. Una vez que se aseguró de que el joven entraba en su casa, emprendió el camino de vuelta. Iba pensando en que se había perdido el resto del documental y ya no entendería aquel fenómeno astral queque sentía tan dentro de sí. Entonces su hijo se volvió a él y le dijo: -Papá, eres la mejor persona que conozco. Te admiro por ello y eres un gran ejemplo para mí. Al oír estas palabras, el vacío de Boötes se llenó de estrellas, planetas y diversas constelaciones que danzaban al son de una música celestial, llenando el inmenso universo de luz y algarabía. Su vida no era anodina sino teleológica y cierta. Solo que no lo sabía.

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