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LA TRINCHERA

Ayer me llegó un pequeño vídeo que me dejó muy tocado. El vídeo duraba apenas unos segundos. Estaba grabado desde una pequeña trinchera en el norte de Ucrania. No era una de esas trincheras de las películas de Oliver Stone, en las que los soldados van de un lado a otro medio encorvados para no ser blanco fácil al enemigo. No, era un agujero en medio de un terreno boscoso, de un metro cúbico, no más. La tierra húmeda, los bordes verdes, el cielo celeste. En él se hallaba inmerso un único hombre, grabando sin enfocarse y manteniendo silencio. Se oían truenos alrededor, a pesar del cielo despejado. Cada diez o quince segundos se manifestaba un susurro oscuro, como un gruñido silbante emitido con la voz grave de la muerte, que desembocaba en un golpe seco sobre la tierra. Un golpe brutal como si un titán acabara de desplomarse en mitad del campo de batalla. El hoyo se estremecía con violencia como un seísmo de magnitud infernal. La imagen tiritaba descontrolada. El miedo lo invadía todo. Al cabo de unas décimas de segundo la tierra llovía sobre la trinchera y el gorgoteo se dejaba sentir alrededor. Era verdaderamente aterrador.
No puedo ni imaginar lo que debe ser luchar por la vida en esas circunstancias, sin saber cómo escapar, ni contra qué o quién luchar para acabar de una vez por todas, sin saber verdaderamente cómo ponerle fin a esa barbarie en la que, sin sentir responsabilidad te has visto envuelto, probablemente obligado.
Todos tenemos nuestra batalla, está claro. Todos tenemos, también, nuestra trinchera pero, ningún ser humano debería verse nunca sometido a tener que enfrentarse a otros por la ambición y el desorden mental de unos pocos poderosos sin escrúpulos.
Por cierto, Ucrania está a cuatro horas de vuelo. No pienses que es algo que no va contigo, que está al otro lado del mundo. No te ha tocado por pura suerte, pero no lo descartes.

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