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LA TRINCHERA

Ayer me llegó un pequeño vídeo que me dejó muy tocado. El vídeo duraba apenas unos segundos. Estaba grabado desde una pequeña trinchera en el norte de Ucrania. No era una de esas trincheras de las películas de Oliver Stone, en las que los soldados van de un lado a otro medio encorvados para no ser blanco fácil al enemigo. No, era un agujero en medio de un terreno boscoso, de un metro cúbico, no más. La tierra húmeda, los bordes verdes, el cielo celeste. En él se hallaba inmerso un único hombre, grabando sin enfocarse y manteniendo silencio. Se oían truenos alrededor, a pesar del cielo despejado. Cada diez o quince segundos se manifestaba un susurro oscuro, como un gruñido silbante emitido con la voz grave de la muerte, que desembocaba en un golpe seco sobre la tierra. Un golpe brutal como si un titán acabara de desplomarse en mitad del campo de batalla. El hoyo se estremecía con violencia como un seísmo de magnitud infernal. La imagen tiritaba descontrolada. El miedo lo invadía todo. ...

GAME OVER

 


Salió Luis con su balón bajo el brazo, llevando consigo la alegría de los diez años y la inocencia intacta. Encontró a sus amigos y se dispusieron a jugar un rato. Uno de portero y los otros dos rivalizando para hacer gol. Apenas llevaban cinco minutos de beligerancia cuando una vecina de mediana edad les llamó la atención y les invitó, sin ninguna cordialidad, a abandonar la contienda y buscarse otro terreno de juego. Los chicos abandonaron la pelota y marcharon al parque. Allí, inventaron un juego de aventuras en el que imaginaban que un volcán había entrado en erupción y el suelo estaba totalmente cubierto de lava. Saltaban del banco al arriate, del arriate al seto, del seto al árbol y entonces trepaban por él para ponerse a salvo. Reían, gritaban… Entonces apareció un vecino vituperante y amenazador, desaprobando el trato que los niños daban a la flora del parque, suponiendo la mala educación de sus progenitores y expulsándolos del vergel. Con la frustración en los hombros, se despidió Luis de sus amigos y se marchó a casa. Al entrar se dio de lleno con su madre, que acababa de llegar del trabajo. Jugamos a los playmobil, preguntó Luis y recibió la negativa por respuesta, alegando el cansancio diario de la jornada laboral. Y tú, papá, volvió a intentarlo el pequeño Luis, pero su padre aún tenía tareas del hogar por finalizar y no podía perder el tiempo en esas lides. Luis subió a su habitación, encendió la Play Station, se colocó los auriculares y se sentó en el sillón. Agarró el mando y comenzó a saltar entre plataformas deslizantes mientras una tortuga de tres pisos de envergadura intentaba devorarlo. A los diez minutos entró su padre en la habitación. Luis, otra vez con el video juego, otra vez, es que no sabes jugar a otra cosa, cuando yo tenía tu edad… Luis subió el volumen del auricular y escapó en tres saltos del colosal reptil.

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