lunes, 30 de septiembre de 2013

21 GRAMOS



En 1901, un doctor llamado Duncan Mcdougall se propuso demostrar la existencia del alma. “Si ésta existe debe presentar masa y peso”, expuso el clarividente médico y desarrolló un experimento destinado a detectar el peso del alma. Para ello, tomó a varios enfermos moribundos. Los mantuvo sobre una balanza en los últimos momentos de vida y observó que su peso sufría un ligero descenso justo en el momento de exhalar su último aliento. Esta medida era siempre de veintiún  gramos. “He ahí el peso del alma”, dijo. ¡Toma ya! Ni el aire que deja de inhalar el cuerpo, ni la acción cerebral, ni el flujo de líquidos… nada, los veintiún gramos dichosos son del alma. Así que el alma de Falete y la mía pesan lo mismo, veintiún gramos. Dice: “no, es que no tiene nada que ver con lo que come uno”. Bueno y yo, que no rezo desde que mi hermano Manuel no me lo recuerda por las noches, y un capillita de estos que se zampa veinte oraciones diarias ¿qué? ¿qué no le engorda el alma? ¿también nos pesa lo mismo? ¡Pues vaya inversión! Todo esfuerzo y sacrificios diarios que me exige la santa iglesia católica apostólica y romana para nada, para tener el mismo alma que el entrañable Charles Manson. Pues no lo entiendo. O al Vaticano se le está escapando un detallito o el bueno de Duncan Mcdougall es un enviado del diablo. Así cuando alguien vaya a venderle su alma a Lucifer no podrá negociar el precio. Será como esos paquetes de snack que ya llevan impreso el precio de venta al público. ¡Qué jodío! ¿Será eso? Pues puestos a asumir esta quimera de fe, me parece a mí que las lleva clara el prójimo conmigo. Suerte va a tener de que me queda conciencia, eso sí. Eso sí que tengo, porque alma no sé, pero conciencia seguro. La conciencia que me indujeron mis padres, los de verdad, los que me engendraron y me criaron. Conciencia de lo bueno y lo malo, conciencia del viejo proverbio de “no hagas a nadie lo que no te gustaría que te hicieran a ti” (abstenganse masoquistas en este punto). Conciencia del derecho a una vida digna, a la igualdad, al auxilio, al afecto… conciencia del respeto por todo lo que se mueve y lo que no también. Conciencia de la buena educación. Conciencia de no llevarme nada que no sea mío. Conciencia de civismo, de cuidar lo común de no abusar de lo que se te ofrece. Conciencia del bien natural, de los animales y las plantas, del mundo. Porque el alma no sé pero conciencia sí, señoras y señores, conciencia. Que eso sí que pesa, mucho más de veintiún gramos.

2 comentarios:

Estrella Altair dijo...

Muy interesante..

Saludos

Amapola Azzul dijo...

Pesa tela marinera...
Un abrazo¡