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LA TRINCHERA

Ayer me llegó un pequeño vídeo que me dejó muy tocado. El vídeo duraba apenas unos segundos. Estaba grabado desde una pequeña trinchera en el norte de Ucrania. No era una de esas trincheras de las películas de Oliver Stone, en las que los soldados van de un lado a otro medio encorvados para no ser blanco fácil al enemigo. No, era un agujero en medio de un terreno boscoso, de un metro cúbico, no más. La tierra húmeda, los bordes verdes, el cielo celeste. En él se hallaba inmerso un único hombre, grabando sin enfocarse y manteniendo silencio. Se oían truenos alrededor, a pesar del cielo despejado. Cada diez o quince segundos se manifestaba un susurro oscuro, como un gruñido silbante emitido con la voz grave de la muerte, que desembocaba en un golpe seco sobre la tierra. Un golpe brutal como si un titán acabara de desplomarse en mitad del campo de batalla. El hoyo se estremecía con violencia como un seísmo de magnitud infernal. La imagen tiritaba descontrolada. El miedo lo invadía todo. ...

LO INCONCLUSO


Desde el siempre interesante muro de Concha Caballero contemplo una recreación digital de La Sagrada Familia de Gaudí finalizada. Una consumación informática de esta obra que el gran artista catalán no pudo acabar. Entonces no he podido evitar pensar en lo inconcluso. Lo perturbador de todo aquello que se nos queda a medias, como aquel “Prisionero despertando” de Miguel Ángel. Lo que dejamos a un lado, sabiendo que no le hemos extraído todo cuánto lleva, nos persigue toda la vida. Aquel proyecto que abandonamos por falta de presupuesto, aquella novela que no conseguimos continuar por escasez de tiempo o aquel romance que cesó porque ella o él se fue o alguien o algo nos obligó a dejarlo. Esas historia nos visitan por la noche como un fantasma atrapado en un palacete decimonónico. Hacen crujir los artesonados, percuten las paredes y tumban los retratos cuando la madrugada se nos desvela y pensamos en qué hubiera podido pasar si ella no se hubiera ido o si él hubiera sido más valiente para seguir a nuestro lado. Y todo porque se nos quedó un beso asomado en los labios que no tiene intenciones de morirse nunca. A veces, creemos en la superación de estos fenómenos espectrales porque se ausentan prolongadamente hasta que el destino decide, sin permiso alguno, por supuesto, devolver a estas personas a nuestra vidas, en el ámbito laboral, social, geográfico o vaya usted a saber qué caprichosa serendipia. Entonces lo que era claro se torna duda, lo evidente turbio y lo correcto interpretable… la rutina emoción, lo maduro pueril, lo lógico salvaje. Pero solo las mentes claras de amores honestos dilucidan el disfraz de la querencia popular a creer que cualquier tiempo pasado fue mejor o como decía Serrat “… no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo perdí…”

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