jueves, 24 de octubre de 2013

LA BORRACHERA



Nicasio estaba desesperado. No soportaba más la situación. Su mujer lo traía por la calle de la amargura. No le dejaba ni respirar y aún menos desde que se quedó parado. Entendiendo que la situación era ya insostenible y viendo que no le quedaba ninguna salida, compró una pistola. Bajó a la calle, se metió en el bar de enfrente y se cogió una borrachera de padre y muy señor mío. Salió del bar dando tumbos y, a duras penas, se metió en el callejón que lindaba con el bloque de pisos donde vivía. Apenas podía mantenerse en pié y no distinguía ni lo que tenía a una cuarta de sus ojos. Se apoyó en una farola junto a unos contenedores de basura y sacó el revólver. No se lo pensó dos veces. Se lo puso en la sien y apretó el gatillo. El primer disparo rebotó en la fachada del tercer piso y alertó a los vecinos. En el segundo intento acabó desafortunadamente con la vida de una pobre lechuza. El tercero le rozó la oreja y acabó destrozando la luminaria de la farola dejándolo todo a oscuras y tirando al suelo al pobre Nicasio. Desde el pavimento, entre el olor de la basura y la pólvora, cubierto de penumbra y rebosante de alcohol Nicasio pensó que había caído en el infierno. Entonces, desde el quinto piso se oyó una voz: ¡Nicasio! ¡Nicasio, sube! ¡Subeee! Y el bueno de Nicasio, borracho como una cuba, miró hacia arriba y pensó: ¿Cómo cojones ha llegado esta hija puta al cielo? Pues vaya par de opciones, me quedo en el infierno o subo al cielo con ella como si fuera un costalero. Me mato otra vez. Nicasio volvió a colocarse el revolver en la cabeza y disparó como si llevara toda la vida haciéndolo. El proyectil no le hizo el más mínimo daño y tomó una trayectoria ascendente. Se sintió rebotar la bala en una esquina de la fachada y luego en una ventana. Dos segundos después se oyó un zambombazo de ochenta y cinco kilos en el contenedor de reciclaje orgánico. Nicasio levantó las cejas y ahuecó la boca. Se acercó intentando que sus dos piernas se pusieran de acuerdo para no volver a besar el suelo y se asomó al contenedor. El cuerpo sin vida de su esposa yacía en el interior encharcado en sangre. Entonces, una fuerte luz inundó el callejón. Nicasio se asustó creyendo que la acción divina hacía acto de presencia. El claxon del camión de la basura lo despertó de su alcohólica mística y lo devolvió a la tierra. Dos operarios se bajaron del vehículo, cogieron el contenedor donde se encontraba el cadáver de su difunta esposa y lo volcaron en la trituradora del camión. Nicasio se quedó petrificado. Antes de irse uno de los operarios se dirigió a él: Buenas noches. ¿Buenas noches?, dijo Nicasio, no lo sabes tú bien.

domingo, 13 de octubre de 2013

VIVIMOS BAJO EL YUGO...



Vivimos bajo el yugo de su poder infinito. Nos presiona a su gusto como si fuera nuestro propio corazón, nuestro ritmo cardíaco. Juega con nosotros a que nos creamos que somos capaces de dominarlo, de manejarlo a nuestro antojo, pero bien sabe él, y también nosotros, que no es cierto; que acontece como las olas, la rotación del planeta, el movimiento de las placas tectónicas… con fuerza y sin permiso. Besamos y viene a decidir cuánto. Olvidamos y vuelve a traernos algo que no sea de ahora, ni sirva de nada. Corremos y ríe a carcajadas, que repican en todos los tiempos y civilizaciones, y es de nosotros, claro, lo de reírse, digo. Sabio como él solo, lleva en su agenda la eternidad y la noche. La muerte también la lleva. Tiene una mano grande y la otra chiquita y es absolutamente injusto como el ser humano. Así que da con una o con otra según le apetece. Y así vive a nuestra costa, por y para nosotros, también contra. Pero a veces, solo a veces, y cada vez menos según mi propia experiencia, se confía. Sí, a veces se confía y pasa por alto que el hombre es un ser poderoso. El más poderoso diría yo, aún a riesgo de polémicas deliciosas. Es, entonces, en ese descuido de certidumbre que lo agarramos bien por el gañote y lo estrangulamos. Apretamos los dedos hasta cerrar las manos y disfrutamos viendo su cuerpo inerte sobre la alfombra o el suelo, el sofá o la cama, el jardín o la calle, la orilla del mar o la ladera del monte. Es la fuerza que demostramos a veces los hombres (como sustantivo neutro, por supuesto) para conseguir rebelarnos contra todo este imperio dictatorial y opresor, contra todo cuanto se nos impone, sea lo que sea, venga de donde venga, por los siglos de los siglos. Es el momento aquel en el que paramos unos minutos y por fin conseguimos matar el tiempo.

viernes, 11 de octubre de 2013

TÚ ME DAS PENA


Si tú no eres capaz de llorar... tú me das pena. 
Si tú no te has emocionado nunca
 escuchando a Miguel Poveda. 
Si no se te dilatan las pupilas ante el dolor ajeno
 y no se te oprime el pecho en las despedidas. 
Si cuando otros lloran tú no tienes que hacer esfuerzos
 para contener la vida,
 que se anuda en la garganta y grita,
 hacia adentro, y grita.
 Si tú no te emocionas ante la belleza del mar
 o el verdor salvaje.
 Si tú no eres capaz de abrazar
 y sentir que sobra toda la carne.
 Si tú no vas a leer nunca a ningún poeta
 porque no es cosa de hombres ni es tu problema.
 Si tú no quieres a nadie... tú me das pena.



jueves, 10 de octubre de 2013

CARA Y CRUZ


Llegó a la esquina de Pagés del Corro. Miró a ambos lados de la calle y se acicaló la chaqueta. Se aseguró de que el flequillo no había abandonado su postura. Recompuso el clavel de la solapa, que en la última carrera se había distraído. Estaba decidido. De hoy no pasaba. Entonces la vio. Venía vestida de negro, blusa y falda por la rodilla. cinturón bermellón a juego con los zarcillos y la pintura de labios. Tacón mediano, afortunadamente, porque alzaba buenos cuartos. Pañuelo y abanico de encajes. ¡Madre mía!, se dijo Manuel para sí. Se metió la mano en el bolsillo y sacó un real. Lanzó la moneda al aire y al caer en la palma de su mano salió cruz. Cerró la mano, la volteó y volvió a lanzarla. La cruz volvió a ser visible. Repitió el ritual y la cruz siempre estaba arriba. En esas, ella ya estaba a su altura. Entonces, Manuel se guardó el real, se dirigió a la zagala y le dijo: Sshh, morena, te veo pasar cada día y nunca he tenido el valor de decirte lo que me haces sentir. Se que no me conoces y que pensaras que soy un loco. Ambas cosas son ciertas, pero no temas. Hoy ha salido cara y nada malo puede pasar. Ella le miró a los ojos y vio que le brillaban como el faro de Chipiona. Le miró las manos, rudas, trabajadas y trémulas como un flan de huevo. Los labios apretados y cárdenos. El sudor amaneciendo en la frente. Le tendió la mano, él la besó con suavidad y le regaló una sonrisa. Manuel le ofreció el brazo y ella se asió como a una balsa un náufrago. Al pasar por la capilla de la Estrella, Manuel se metió la mano en el bolsillo, cogió la moneda y la echó en una caja de zapatos que yacía a los pies de un indigente rendido por el sueño, y ambos se perdieron por la calle San Jacinto, camino de la velá. El indigente alzó la cabeza y miró en la caja. Al ver la cara de Alfonso XIII dijo: ¡ole, ahí los monarcas! y se echó a dormir.

miércoles, 2 de octubre de 2013

HOY VOY A PEDIRTE ALGO



Hoy quiero que me des algo. Algo importante. Algo para siempre. Algo que sólo tú puedes darme y que sólo de ti lo quiero. Algo imprescindible para dar el primer paso, y el segundo, y el tercero. No dudes de que lo portas. No dudes de que es tuyo. Pero yo lo quiero. Lo quiero y lo necesito a partes iguales. No voy a suplicarte por ello, ten esto bien claro. Debes dármelo sin ningún esfuerzo, sin sacrificios inventados por ningún poeta muerto. Debes dármelo como se da un abrazo, honestamente; Como un saludo, a diario; Como una dádiva, sin esperar nada a cambio. Tranquila, nunca osaría pedirte lo que no tienes ni nada que vaya a suponer cambiar tu vida, o eso espero. Hoy voy a pedirte algo con lo que hemos nacido y que se nos ha arrebatado. Algo que me va a permitir seguir creciendo, ya sea o no contigo. Algo sin lo cual cada minuto de esta noble existencia perdería el sentido. Algo que nos hace grande cuando lo tenemos e inmensos cuando lo damos. Sí, te lo estoy pidiendo a ti, no mires a otro lado. A ti, que pasas por mi vida sin intenciones o con ellas, por casualidad o pretensión. A ti te lo estoy pidiendo,  frutero o abogado, maestro o camarero, hermano o proscrito, analfabeto o adivino, cuentista o banquero, político o enamorado, mecenas o sacerdote, hoy y para siempre quiero que me des lo más grande que tenemos, la verdad.