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LA TRINCHERA

Ayer me llegó un pequeño vídeo que me dejó muy tocado. El vídeo duraba apenas unos segundos. Estaba grabado desde una pequeña trinchera en el norte de Ucrania. No era una de esas trincheras de las películas de Oliver Stone, en las que los soldados van de un lado a otro medio encorvados para no ser blanco fácil al enemigo. No, era un agujero en medio de un terreno boscoso, de un metro cúbico, no más. La tierra húmeda, los bordes verdes, el cielo celeste. En él se hallaba inmerso un único hombre, grabando sin enfocarse y manteniendo silencio. Se oían truenos alrededor, a pesar del cielo despejado. Cada diez o quince segundos se manifestaba un susurro oscuro, como un gruñido silbante emitido con la voz grave de la muerte, que desembocaba en un golpe seco sobre la tierra. Un golpe brutal como si un titán acabara de desplomarse en mitad del campo de batalla. El hoyo se estremecía con violencia como un seísmo de magnitud infernal. La imagen tiritaba descontrolada. El miedo lo invadía todo. ...

CARA Y CRUZ


Llegó a la esquina de Pagés del Corro. Miró a ambos lados de la calle y se acicaló la chaqueta. Se aseguró de que el flequillo no había abandonado su postura. Recompuso el clavel de la solapa, que en la última carrera se había distraído. Estaba decidido. De hoy no pasaba. Entonces la vio. Venía vestida de negro, blusa y falda por la rodilla. cinturón bermellón a juego con los zarcillos y la pintura de labios. Tacón mediano, afortunadamente, porque alzaba buenos cuartos. Pañuelo y abanico de encajes. ¡Madre mía!, se dijo Manuel para sí. Se metió la mano en el bolsillo y sacó un real. Lanzó la moneda al aire y al caer en la palma de su mano salió cruz. Cerró la mano, la volteó y volvió a lanzarla. La cruz volvió a ser visible. Repitió el ritual y la cruz siempre estaba arriba. En esas, ella ya estaba a su altura. Entonces, Manuel se guardó el real, se dirigió a la zagala y le dijo: Sshh, morena, te veo pasar cada día y nunca he tenido el valor de decirte lo que me haces sentir. Se que no me conoces y que pensarás que soy un loco. Ambas cosas son ciertas, pero no temas. Hoy ha salido cara y nada malo puede pasar. Ella le miró a los ojos y vio que le brillaban como el faro de Chipiona. Le miró las manos, rudas, trabajadas y trémulas como un flan de huevo. Los labios apretados y cárdenos. El sudor amaneciendo en la frente. Le tendió la mano, él la besó con suavidad y le regaló una sonrisa. Manuel le ofreció el brazo y ella se asió como un náufrago a una balsa. Al pasar por la capilla de la Estrella, Manuel se metió la mano en el bolsillo, cogió la moneda y la echó en una caja de zapatos que yacía a los pies de un indigente rendido por el sueño, y ambos se perdieron por la calle San Jacinto, camino de la velá. El indigente alzó la cabeza y miró en la caja. Al ver la cara de Alfonso XIII dijo: ¡ole, ahí los monarcas! y se echó a dormir.

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