Ayer me llegó un pequeño vídeo que me dejó muy tocado. El vídeo duraba apenas unos segundos. Estaba grabado desde una pequeña trinchera en el norte de Ucrania. No era una de esas trincheras de las películas de Oliver Stone, en las que los soldados van de un lado a otro medio encorvados para no ser blanco fácil al enemigo. No, era un agujero en medio de un terreno boscoso, de un metro cúbico, no más. La tierra húmeda, los bordes verdes, el cielo celeste. En él se hallaba inmerso un único hombre, grabando sin enfocarse y manteniendo silencio. Se oían truenos alrededor, a pesar del cielo despejado. Cada diez o quince segundos se manifestaba un susurro oscuro, como un gruñido silbante emitido con la voz grave de la muerte, que desembocaba en un golpe seco sobre la tierra. Un golpe brutal como si un titán acabara de desplomarse en mitad del campo de batalla. El hoyo se estremecía con violencia como un seísmo de magnitud infernal. La imagen tiritaba descontrolada. El miedo lo invadía todo. ...
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ERIC MOUSSAMBANI
Recuerdo perfectamente aquel día en el que Eric
Moussambani saltó a las piscina en los juegos olímpicos de Sídney 2000. Nadie
se imaginaba lo que estaba a punto de ocurrir. Lo que pasó fue, desde mi punto
de vista, tremendamente admirable. Eric debía competir en los 100 metros libres
invitado por la organización sin necesidad de alcanzar una marca mínima. Aquel
buen hombre nunca había estado en una piscina olímpica. Llevaba a penas ocho
meses entrenando en la piscina de un hotel en Guinea Ecuatorial. Un aljibe que
medía poco más de veinte metros de largo. Así que cuando se acerco al borde del
agua creyó que aquel recinto medía cien metros y que no tendría que volver.
Pobre hombre. No empezó mal, a pesar de que su técnica distaba mucho de ser profesional,
pero poco a poco fue perdiendo fuelle y acabó la prueba en 1 minuto y 52,72
segundos. “Los últimos quince metros han
sido muy difíciles”, declaró. En esos mismos juegos el holandés Pieter Van
den Hoogenband consiguió la plusmarca mundial del momento con 47,84 segundos. Menos
de la mitad del tiempo que empleó Moussambani. El australiano Ian Thorpe tardó
siete segundos menos en recorrer los doscientos metros. Imaginaos la estampa.
Lo mejor fue la reacción del público, que se levantó de sus asientos y empezó a
animar a aquel extraño deportista que, a pesar de todo, no cesó en su empeño de
acabar la prueba. Moussambani alcanzó la fama internacional con su emotiva
hazaña y se convirtió en un héroe en su país. Posteriormente, Eric, mejoró
tanto su marca que llegó a clasificarse para los juegos de Atenas 2004 por
derecho propio, aunque no participó por un problema con su visado.
Muchas veces nos sentimos como Eric Moussambani, nos
parece que la piscina mide el doble de lo que mide realmente y los últimos
quince metros se nos hacen dificilísimos. Sin embargo, no sabemos lo que nos
espera si no acabamos la prueba. Puede que nos lleve el doble de tiempo que a
otros acabar lo que emprendemos. Pero nunca debemos dejar de luchar por
mantenernos a flote y finalizar aquello que decidimos comenzar un día, ya sea
unos estudios, una novela, un documental,… o curar una herida.
Así que, ponte el bañador, el gorro y las gafas y lánzate
a la piscina, y cuando creas que estás haciéndolo mal o que no puedes más oye
como te anima la grada y sigue.
Comentarios
usar para cambiar el mundo.
Felicitaciones por cada publicacion!!
Es genial ser parte!
besos