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LA TRINCHERA

Ayer me llegó un pequeño vídeo que me dejó muy tocado. El vídeo duraba apenas unos segundos. Estaba grabado desde una pequeña trinchera en el norte de Ucrania. No era una de esas trincheras de las películas de Oliver Stone, en las que los soldados van de un lado a otro medio encorvados para no ser blanco fácil al enemigo. No, era un agujero en medio de un terreno boscoso, de un metro cúbico, no más. La tierra húmeda, los bordes verdes, el cielo celeste. En él se hallaba inmerso un único hombre, grabando sin enfocarse y manteniendo silencio. Se oían truenos alrededor, a pesar del cielo despejado. Cada diez o quince segundos se manifestaba un susurro oscuro, como un gruñido silbante emitido con la voz grave de la muerte, que desembocaba en un golpe seco sobre la tierra. Un golpe brutal como si un titán acabara de desplomarse en mitad del campo de batalla. El hoyo se estremecía con violencia como un seísmo de magnitud infernal. La imagen tiritaba descontrolada. El miedo lo invadía todo. ...

SPANNUNGSFELD

Después del divorcio, Marlenne, pasó por un período de inseguridad personal. Así que, después de mucho pensarlo, se volvió a matricular en la Universidad de Minnesota con la intención de acabar la carrera de Física que nunca debió dejar. Decidió acercarse a ver como estaba el campus, si había cambiado mucho desde que estuvo allí en los noventa. Paró el coche en la oficina de correos del trescientos de la avenida Washington y decidió caminar hasta la universidad. Pensó en Josh, en lo torpe que habían sido, en cómo habían dejado escapar la historia tan bonita que habían escrito entre ambos. Se emocionó, sintió la humedad de los ojos y se esforzó para que no lloviera en sus mejillas otra vez. Recordó el día aquel en el que lo vio por primera vez, la primera impresión, la voz, la aceleración de los latidos, los nervios, el aroma, todo. Pensó en cómo habían podido cambiar tanto, en cómo habían sido capaces de mentirse de esa manera, de faltarse al respeto en tal proporción, de discutir sin medida, de echarlo todo por la borda.

Entre pensar, tragar hiel y caminar, se encajó en la universidad sin sentir el entorno. Y una vez allí le impresionó la escultura de Spannungsfeld, del escultor alemán Julian Voss-Andreae. Se quedó mirándola de frente sintiendo que atravesaba el acero con la mirada. Giró en torno a ella durante varios minutos, viendo al hombre arrodillado y dejándolo de ver según el ángulo, la perspectiva, el lugar, el espacio, el momento, el amor, la mentira, el hastío y la ilusión, hasta que se paró frente a él, cara a cara, y se quedó mirándolo a donde debería haber unos ojos. Rompió en un llanto de alma, sostenido en los labios e indefendible en la mirada. Se subió al pedestal de granito sin dejar de mirar a los ojos inexistentes y abofeteó la escultura. Por mentirle, por la perspectiva aquella de ver a los demás desde ese punto en el que solo uno es capaz de hacerlo. Por el amor. Por el tiempo. Por Josh. Comprendió el poder de la ilusión óptica y entendió que eso es el amor, colocarse en un punto concreto desde el que tu realidad resulta completa, admirable, deseable e inquieta. Una realidad que, lamentablemente, puede cambiar hasta el punto de ser imperceptible al más mínimo movimiento. Así, como aquella escultura de Julian Voss-Andreae.


Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Yo volví a la universidad muchos años después y fue como volver a vivir, el amor siempre estará, pero nuestros amores a veces nos dejan abandonados a la mitad del camino.

Saludos desde Costa Rica

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