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LA TRINCHERA

Ayer me llegó un pequeño vídeo que me dejó muy tocado. El vídeo duraba apenas unos segundos. Estaba grabado desde una pequeña trinchera en el norte de Ucrania. No era una de esas trincheras de las películas de Oliver Stone, en las que los soldados van de un lado a otro medio encorvados para no ser blanco fácil al enemigo. No, era un agujero en medio de un terreno boscoso, de un metro cúbico, no más. La tierra húmeda, los bordes verdes, el cielo celeste. En él se hallaba inmerso un único hombre, grabando sin enfocarse y manteniendo silencio. Se oían truenos alrededor, a pesar del cielo despejado. Cada diez o quince segundos se manifestaba un susurro oscuro, como un gruñido silbante emitido con la voz grave de la muerte, que desembocaba en un golpe seco sobre la tierra. Un golpe brutal como si un titán acabara de desplomarse en mitad del campo de batalla. El hoyo se estremecía con violencia como un seísmo de magnitud infernal. La imagen tiritaba descontrolada. El miedo lo invadía todo. ...

LA NIEBLA

   Sonó el despertador a la hora que siempre sonaba desde los últimos quince años. Se levantó con pesadumbre, se aseó con desgana. Abrió el armario y, casi sin mirar en su interior, palpó una camisa y luego un pantalón, sin colores, sin prejuicios, sin intención, los asió y se cubrió la piel con ellos. Se puso los zapatos que se ponía todos los días y ató los cordones sin pensar, sin medir los lazos ni los cabos. Tomó un zumo de brik y una magdalena envuelta en plástico que, a su vez, se contenía en una bolsa mayor con una docena de magdalenas encapsuladas, como una fosa común de cadáveres en bolsas mortuorias. Salió por la puerta sin echar el cerrojo. Se subió a su auto y partió, como cualquier día, a su centro laboral. Al doblar la segunda esquina y enfilar la rotonda se dio cuenta de la espesa niebla que se cernía sobre la villa. Antes de alcanzar la estación de tren miró a su derecha y sintió la niebla cegarlo todo. La antigua viña no se percibía en absoluto, ni el olivar de más allá. El puente que debía atravesar las vías del ferrocarril era invisible a los ojos humanos. Sin embargo, y a pesar de no percibirlo, continuó conduciendo confiado en que el puente seguiría allí, que el auto no caería sobre las vías y conseguiría alcanzar el otro lado de la carretera. Así fue, ocurrió tal como lo había predicho. La niebla era, para entonces, un visillo blanco que se interponía ente él y el mundo exterior. Reaccionó, por fin, encendiendo los faros antinieblas que apenas le ofrecieron unos metros de claridad. Al cabo de unos pocos kilómetros la niebla era ya un enfado olvidado, una crisis disipada, una catarata operada con láser, una mentira.

Se dio cuenta que la niebla no se había llevado nada, que solo lo había puesto a prueba de cuán seguro estaba del camino a seguir. Llamó a su exmujer, se lo contó todo, le explicó que, tal vez, habían pasado por un banco de niebla que no les dejaba ver la realidad de sus sentimientos, pero que su amor, su historia, sus propósitos y promesas estaban allí y eran reales aunque no pudieran verlo, que había que conseguir que la niebla se disipara, que había que encender los faros…

Ella le colgó después de mandarlo al puto carajo.

Después de unos minutos lo llamó, pero para asegurarse de haberlo mandado al puto carajo.

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