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LA TRINCHERA

Ayer me llegó un pequeño vídeo que me dejó muy tocado. El vídeo duraba apenas unos segundos. Estaba grabado desde una pequeña trinchera en el norte de Ucrania. No era una de esas trincheras de las películas de Oliver Stone, en las que los soldados van de un lado a otro medio encorvados para no ser blanco fácil al enemigo. No, era un agujero en medio de un terreno boscoso, de un metro cúbico, no más. La tierra húmeda, los bordes verdes, el cielo celeste. En él se hallaba inmerso un único hombre, grabando sin enfocarse y manteniendo silencio. Se oían truenos alrededor, a pesar del cielo despejado. Cada diez o quince segundos se manifestaba un susurro oscuro, como un gruñido silbante emitido con la voz grave de la muerte, que desembocaba en un golpe seco sobre la tierra. Un golpe brutal como si un titán acabara de desplomarse en mitad del campo de batalla. El hoyo se estremecía con violencia como un seísmo de magnitud infernal. La imagen tiritaba descontrolada. El miedo lo invadía todo. ...

SIN AYUDA, SIN RETORNO

Intentó colarse sin billete, es cierto, pero eso no lo convierte en un mal chaval. Iba buscando un hogar, su hogar. Tenía un futuro ilusionante aún por conquistar, o eso le gustaba creer. Jugaba al fútbol y reía con facilidad. Bailaba y era presumido. Tenía amigos, muchos amigos. Estaba enamorado, de la vida, que se sepa. Estudiaba y no daba problemas a sus padres. Ayudaba siempre que se requería. Era bueno. Pero lo cierto, eso es innegable, es que no tenía ticket de viaje. Un trozo de papel, dicen. Y alguien lo vio subir, alguien a quien le habían encargado revisar que todo pasajero debía portar el billete de viaje. Así que, una vez descubierto, no le quedó otra opción que abandonar el transporte. Las miradas del resto de pasajeros asomaban por encima de los asientos. Nadie se ofreció a pagarle el viaje, nadie reprendió al revisor. Era un niño, tenía apenas 18 años y, parece ser, que no merecía la ayuda de nadie. Pero no desistió, buscó otros medios, deambuló, vagó por las calles, pensó en otras opciones. Estaba decidido a emprender el viaje y recordó la frase aquella de aquel anuncio de refrescos: ‘busca tus sueños’. Y como siempre nos pasa a todos, buscando una cosa encontró otra. Y buscando la vida encontró la muerte. Su delito fue no tener billete de viaje. Su pecado tomar una decisión errónea. Se llamaba Hassan. Apareció en los bajos de un camión en el puerto de Algeciras. No llevaba ropa de marca ni era guapo ni estaba bien peinado. Nadie lo buscó. Nadie divulgó su foto por las redes sociales. Nadie transmitió su entierro. Sus padres aún lo lloran, eso sí.

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