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EL ASEDIO A LOS COLORES

*Pintura obra de Manuel León. Habría que echarse a la calle para denunciar el asedio que están sufriendo los colores. Habría que manifestarse contra el hostigamiento a los mismos. Tal vez esté en ello el mal de todos los males. Tal vez se encuentre inmerso en esta cacería silenciosa el motivo de toda ira. Lo cierto y verdad, como decía mi madre, es que salgo a la calle y los coches grises, blancos y negros dominan el asfalto oscuro. Los jóvenes se disfrazan de blancos puros, de negros tristes, de tonos sepias de películas antiguas. Los armarios sufren la dictadura de la neutralidad más absoluta. Las cocinas no arriesgan a asomarse al balcón de las pupilas excitadas. La naturaleza huye de las ciudades, las primaveras hibernan. El cine ofrece una bola negra y Lorca se retuerce cantando al verde que te quiero verde, al rojo de Bodas de sangre, mientras el amarillo del albero se mancha sobre un traje de luces a las cinco de la tarde. Todo cuanto nos rodea se apaga de alguna manera. Tal ...

SIN AYUDA, SIN RETORNO

Intentó colarse sin billete, es cierto, pero eso no lo convierte en un mal chaval. Iba buscando un hogar, su hogar. Tenía un futuro ilusionante aún por conquistar, o eso le gustaba creer. Jugaba al fútbol y reía con facilidad. Bailaba y era presumido. Tenía amigos, muchos amigos. Estaba enamorado, de la vida, que se sepa. Estudiaba y no daba problemas a sus padres. Ayudaba siempre que se requería. Era bueno. Pero lo cierto, eso es innegable, es que no tenía ticket de viaje. Un trozo de papel, dicen. Y alguien lo vio subir, alguien a quien le habían encargado revisar que todo pasajero debía portar el billete de viaje. Así que, una vez descubierto, no le quedó otra opción que abandonar el transporte. Las miradas del resto de pasajeros asomaban por encima de los asientos. Nadie se ofreció a pagarle el viaje, nadie reprendió al revisor. Era un niño, tenía apenas 18 años y, parece ser, que no merecía la ayuda de nadie. Pero no desistió, buscó otros medios, deambuló, vagó por las calles, pensó en otras opciones. Estaba decidido a emprender el viaje y recordó la frase aquella de aquel anuncio de refrescos: ‘busca tus sueños’. Y como siempre nos pasa a todos, buscando una cosa encontró otra. Y buscando la vida encontró la muerte. Su delito fue no tener billete de viaje. Su pecado tomar una decisión errónea. Se llamaba Hassan. Apareció en los bajos de un camión en el puerto de Algeciras. No llevaba ropa de marca ni era guapo ni estaba bien peinado. Nadie lo buscó. Nadie divulgó su foto por las redes sociales. Nadie transmitió su entierro. Sus padres aún lo lloran, eso sí.

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