lunes, 17 de octubre de 2016

PEDRO Y SU FE


Pedro era huérfano, no creía en Dios, ni creía en la iglesia, pero estaba católicamente bautizado. Hizo la comunión y siempre recordó la recepción de regalos como uno de los momentos más grandes de su infancia. En plena adolescencia se confirmó en la fe, sin creer en nada y por inercia social, con su gran amigo Pablo y la chica de sus sueños. Más tarde se casó en la iglesia de su pueblo con honores, emocionado y feliz, viendo a su madre radiante y orgullosa. Después de un desgraciado accidente llegó moribundo a la cama de un hospital y, a petición de su madre, recibió los santos óleos por el Padre Miguel. Tuvo un sepelio evidentemente religioso y una vez cerrado el nicho en el cementerio municipal, todos los que acompañaron su féretro rezaron al unísono un “Padre Nuestro”. Entonces Pedro abrió los ojos. Se dio cuenta de dónde estaba y gritó. Gritó tanto que los que allí se encontraban lo oyeron y, prestos, derribaron el nicho y abrieron el ataúd. Allí estaba Pedro, con los ojos abiertos, el pecho inflado, la venas del cuello palpitantes, la frente sudorosa. Se incorporó y ante las caras de asombro de sus allegados y algún que otro desmayo pronunció:

-       ¡Qué no me he confesado!

El Padre Miguel pidió a todos que salieran de allí, que los dejaran a solas. Se acercó a él, le marcó la frente con la señal de la santa cruz con la yema de su dedo pulgar, y le dijo:
-       Ave María Purísima

Cuando hubieron terminado Pedro murió de nuevo, esta vez sí, con su conciencia tranquila.
Ahora Pedro es San Pedro, Patrón de su pueblo. Su casa, la de su madre, donde él se crió, recibe cada año a varios miles de fieles peregrinos; y una imagen suya, tallada en madera de cerezo, recorre cada mes de Mayo, en procesión, las calles adoquinadas de su pueblo querido.

Dicen que Pedro ve todo lo que hacen en su honor desde lo alto del cielo, asomado en una nube y un poco desconcertado. También dicen que Pedro sigue sin creer en Dios ni en la iglesia.

Amén.

martes, 6 de septiembre de 2016

MANUEL YA NO ESCRIBE

-          


           - Si yo tuviera la certeza de que soy yo a quien esperas. Si yo pensara que puedo hacerte feliz sin más, sin esfuerzo, simplemente siendo yo mismo. Si yo creyera que tú estás absolutamente segura de que nada sería bello sin mi. Si me echaras de menos. Si me alcanzara con un gesto de cariño para enternecerte un poco. Si tu piel fuera tu piel, como yo la conocí. Si no me quedaran dudas que no hubieras ya desvelado. Si tú fueras tú y yo el de entonces. Si todo siguiera igual que cuando nos conocimos, entonces, ¿qué sería todo esto? ¿qué mentira hubiéramos vivido?
-          - ¡Uich, Manué! ¡Qué tonto te pones, hijo, que no tengo ganas y ya está, no le des más vueltas!
-          -  Matas la poesía, Mary, de verdad.
-          - Dame un beso, anda, tonto. Qué eres más tonto que tó.
-          - ¿Ves?, ya la has resucitado. ¡Ainns...! Si es que…
-          - ¿Si es que… qué?
-          - Me quedao en blanco.
-         - Vaya mierda de poeta eres, Manué, hijo. No sé cómo te recibo, en serio, eh. Venga, anda, que me das pena, dame treinta euros y vamos al lío, que tengo mucho trabajo hoy.
-         - ¿De verdad me vas a cobrar?
-         - No, espera… Como a todos, como siempre, o ¿tú te crees que este coño es tuyo?.
-         - Pero yo te quiero.
-         - Claro, y yo, y yo… ¿vamos o no vamos?
-         - ¡Puf…!

Manuel saca los treinta euros de su bolsillo y antes de dárselo ella se los arrebata de los dedos. Lo coge de la mano y se lo lleva a la cama. Quince minutos después Manuel sale por la puerta y, por las escaleras, se cruza con un señor con traje y corbata. Se fija en su mano izquierda y lleva una alianza. El señor llega a la puerta de Mary y llama. Manuel se esconde en el rellano. Ve como ella abre la puerta en bragas, le agarra de la corbata y lo atrae al interior. Manuel se come por dentro, se muere de celos. Media hora más tarde, el señor sale del apartamento de Mary. Manuel decide seguirlo. El señor se sube a su auto y conduce por las calles de la ciudad. Para en un bar de mala muerte. Manuel entra tras él. El señor pide una copa, se la toma mientras ojea un periódico del día anterior. Paga y se marcha. Manuel lo sigue. El señor para delante de una casa en una urbanización de clase media en la periferia de la ciudad. Antes de salir toca el claxon un par de veces, muy seguidas. Se abre la puerta y dos pequeños de unos tres y seis años salen corriendo. No ha cerrado aún la puerta del auto cuando ya los tiene abrazados cada uno a una pierna. En el umbral le espera una mujer morena, bien cuidada, bella. Vestida con traje de oficina y un delantal recién estrenado.

Manuel no quiere ver más. Abre la guantera y coge un revólver.

martes, 21 de junio de 2016

EL LOBO FEROZ


Después de una larga temporada de ausencia, el Lobo Feroz, volvía a su bosque. Diez años de presidio en el penal mayor del estado son suficientes para apaciguar al peor de los seres, debió pensar el juez al darle la condicional. Lo cierto es que el Lobo Feroz no había desaprovechado el periodo de aislamiento. Una licenciatura en Psicología y Diplomatura en Derecho, más un master a distancia por la Universidad de UCLA en Psicología Delictiva. Así pues, El Canino, como lo llamaban entre barrotes, salía reformado e ilustrado, dispuesto a emprender una nueva vida en su bosque natal.
Llegó a media tarde y pronto empezó a notar los cambios. Entró por el bando oeste del boscaje y de inmediato se topó con la casa de la abuelita. Parecía recién pintada. Sobre el tejado se apreciaba una enorme placa solar con un deposito de agua. Junto al mismo una pequeña antena parabólica apuntando al firmamento. Tuvo curiosidad por ver si la abuelita permanecía allí y se asomó sigilosamente a una de las ventanas. El interior estaba oscuro y con ayuda de la app-linterna del móvil pudo apreciar el mobiliario cubierto de sábanas blancas. Supuso que la abuelita habría fallecido. Sintió lástima. Al alejarse y mirar atrás se dio cuenta de que cubriendo una de las ventanas había un enorme cartel de una inmobiliaria con unas letras grandes: ‘Se Vende’, y un número de teléfono. Llamó. El precio le pareció desorbitado y aunque le ofrecieron buenas condiciones de pago rehusó comprarla.
Decidió continuar por el camino del río. Aquel por el que sugirió ir a Caperucita el recordado fatídico día. Se lo encontró asfaltado, con farolas de luces halógenas, bancos y papeleras cada cincuenta metros, gente caminando en chándal y auriculares en los oídos y un carril-bici de dos direcciones. Se asustó y saltó como si le quemaran los pies continuando su camino entre los árboles y el follaje.
A los cinco minutos de paseo supo que se acercaba al claro del bosque donde asaltó a la dulce Caperucita. ¡Qué recuerdos! ¡qué emoción la de aquel día! Una música percutora acusaba sus agudos oídos. La siguió, procedía del claro y pudo diferenciar risas masculinas y femeninas. Llegó al claro. Se asomó entre las ramas y los vio. Unos cuantos chicos con gorras de larga visera y ropa ancha, con pantalones caídos y calzoncillos de marca. Unas chicas ligeras de ropa y mucha pintura sobre el rostro. Un Honda Civic negro con el maletero abierto y una música atronadora retumbando sobre los árboles. Botellas de alcohol y bolsas de hielo en el suelo. Un chico se apartó para acudir al coche y entonces la vio. Allí estaba Caperucita, con un piercing en la nariz, los labios pintados de rojo sangre, el pelo teñido de negro, los pechos evidentemente operados bajo un descote monumental que elevó de inmediato el ego del Lobo Feroz. Un tatuaje de una garra en el hombro izquierdo y otro de Justin Bieber en el derecho. Un top rojo. Otro piercing en el ombligo. Una minifalda negra y unas botas de cuero y hebillas. Un cañón del polígono. El Lobo empezó a encenderse, notó como sus peores instintos rebrotaban desde lo más profundo de sus entrañas y se le erizó el bigote. Se puso a cuatro patas (algo que no hacía desde que entró en el talego) y saltó al claro.
-       ¡Ostias! ¡Qué susto, colega! ¿De qué va este? – dijo un chico.
El lobo avanzaba a cámara lenta sobre sus cuatro garrafales patas. Caperucita lo reconoció de inmediato.
-       Pásame el porro, Vicky – soltó la Caperuza.
Cerró los ojos y le dio una calada de esas de las que derriten los carrillos. Abrió los ojos de nuevo y el Lobo seguía allí, avanzando hacia ellos. Miró el porro y lo tiró al suelo.
El lobo se situó delante de ellos con los ojos colmados de fuego y aulló con tal violencia que los chicos, las chicas y el Civic desaparecieron de la escena, dejando allí sola a la pobre Caperucita. El lobo llegó a sus pies y se levantó lentamente derramando su aliento por todo su cuerpo, olfateando a la par que ascendía por sus piernas, sacando su lengua áspera a la altura de sus senos de seis mil pavos y alcanzando su cuello. Para entonces, Caperucita, con los ojos cerrados y mordiéndose el labio inferior, se creía ya devorada a plena luz del día y para ser sincero, lo estaba deseando.
El Lobo Feroz, entonces, la cogió en brazos y la llevó a su casa, a donde llegó desvanecida. Así se la entregó a su madre, que estaba de muy buen ver, cosas de los genes. Y tras una breve charla, un café y un bizcocho, a esta sí, la devoró tres veces aquella tarde, y otras tres veces al día siguiente y así cada día del resto de la semana. Finalmente se fueron a vivir juntos y montaron una agencia de detectives privados. A Caperucita la internaron en un centro de reeducación y hoy está estudiando Educación Infantil.

Del capullo del Cazador nunca se supo nada.

lunes, 23 de mayo de 2016

STEVEN BRADBURY


Steven Bradbury era un patinador australiano. Su especialidad, el patinaje de velocidad en pista corta. Una modalidad muy difícil y de cierto riesgo en el se producen habitualmente caídas y accidentes peligrosos. Steven Bradbury era un patinador muy prometedor y a los veintiún años había ganados varios torneos internacionales, pero un desagradable incidente en el que se cortó el cuádriceps con la cuchilla de un patín lo alejó de las pistas por una temporada y su recuperación fue bastante delicada. Bradbury trabajó duro y volvió a la competición. Pero estaba claro que la suerte no estaba de su parte y en un entrenamiento, Bradbury fue barrido de la pista por un compañero y se golpeó la cabeza lesionándose varias vertebras. La carrera de Bradbury era, para entonces, un auténtico despropósito. Pero Steven Bradbury no se rindió nunca en su vida. Siguió intentando recuperar el nivel competitivo y disfrutar de su pasión por el patinaje de velocidad. Así, Bradbury, peleó por clasificarse para los juegos olímpicos y lo consiguió gracias a un problema burocrático de un compatriota. Bradbury se coló por fin, por un golpe de suerte, para los juegos olímpicos de Salt Lake City de 2002. Una vez en ellos luchó duro clasificándose contra todo pronóstico para las series de semifinales. En aquella serie Bradbury tendría que competir con el coreano Kim Dong-Sung, el japonés Satoru Terao, el chino Li Jiajun y el canadiense Mathieu Turcotte. Todos más rápidos y jóvenes que él, puesto que el australiano era ya demasiado veterano. Entonces, Steven Bradbury, honesto consigo mismo, supo reconocer que no tenía ninguna posibilidad de desarrollar una carrera de igual a igual con aquellos patinadores, y decidió quedarse atrás en la carrera y esperar a que algo sucediera.  Y sucedió. El coreano Dong-Sung se cayó y en la última recta cayeron Li y Turcotte. Bradbury entró segundo detrás de Terao, pero este fue descalificado y el australiano se coló en la mismísima final de los juegos olímpicos de invierno Salt Lake City 2002.
Bradbury no podía creerlo. Sus expectativas se habían desbordado y pensaba que nunca olvidaría aquellos juegos. Desde luego que no.
En la final le esperaban, el estadounidense Apolo Anton Ohno y el surcoreano Ahn Hyun-Soon, el gran favorito. Bradbury optó por mantener su estrategia y cuando empezó la carrera se quedó en último lugar esperando que algo sucediera. Y volvió a ocurrir. En la última curva el tercero perdió el equilibrio y salió de la pista. El segundo, Hyun-Soo, intentándolo esquivar, chocó contra las piernas de Anton Ohno, que iba primero; Y el cuarto, que pasaba por allí, también terminó pringando y yéndose al suelo. Bradbury, ante los ojos atónitos de todos los presentes entró primero en la meta y logró la medalla de oro olímpica.

Bradbury no tuvo suerte, no te equivoques. Bradbury fue listo y perseverante y encontró su premio. Cualquiera que hubiera sufrido las vicisitudes de Steven Bradbury hubiera abandonado, pero él no. Primero peleó y entrenó duro para poder competir y luego supo entender cuales eran sus posibilidades ante rivales más fuertes que él.  Así consiguió incluso más de lo que él mismo se había propuesto.
Ahora sal ahí y, ya sabes, no dejes vencer por las lesiones, continúa. Y cuando llegue el momento, interpreta con honestidad cuales son tus posibilidades y ten fe en ti mismo. El premio te está esperando.


Os dejo un video en el podéis ver las series de semifinales y la final de Bradbury en aquellos juegos.