martes, 21 de junio de 2016

EL LOBO FEROZ


Después de una larga temporada de ausencia, el Lobo Feroz, volvía a su bosque. Diez años de presidio en el penal mayor del estado son suficientes para apaciguar al peor de los seres, debió pensar el juez al darle la condicional. Lo cierto es que el Lobo Feroz no había desaprovechado el periodo de aislamiento. Una licenciatura en Psicología y Diplomatura en Derecho, más un master a distancia por la Universidad de UCLA en Psicología Delictiva. Así pues, El Canino, como lo llamaban entre barrotes, salía reformado e ilustrado, dispuesto a emprender una nueva vida en su bosque natal.
Llegó a media tarde y pronto empezó a notar los cambios. Entró por el bando oeste del boscaje y de inmediato se topó con la casa de la abuelita. Parecía recién pintada. Sobre el tejado se apreciaba una enorme placa solar con un deposito de agua. Junto al mismo una pequeña antena parabólica apuntando al firmamento. Tuvo curiosidad por ver si la abuelita permanecía allí y se asomó sigilosamente a una de las ventanas. El interior estaba oscuro y con ayuda de la app-linterna del móvil pudo apreciar el mobiliario cubierto de sábanas blancas. Supuso que la abuelita habría fallecido. Sintió lástima. Al alejarse y mirar atrás se dio cuenta de que cubriendo una de las ventanas había un enorme cartel de una inmobiliaria con unas letras grandes: ‘Se Vende’, y un número de teléfono. Llamó. El precio le pareció desorbitado y aunque le ofrecieron buenas condiciones de pago rehusó comprarla.
Decidió continuar por el camino del río. Aquel por el que sugirió ir a Caperucita el recordado fatídico día. Se lo encontró asfaltado, con farolas de luces halógenas, bancos y papeleras cada cincuenta metros, gente caminando en chándal y auriculares en los oídos y un carril-bici de dos direcciones. Se asustó y saltó como si le quemaran los pies continuando su camino entre los árboles y el follaje.
A los cinco minutos de paseo supo que se acercaba al claro del bosque donde asaltó a la dulce Caperucita. ¡Qué recuerdos! ¡qué emoción la de aquel día! Una música percutora acusaba sus agudos oídos. La siguió, procedía del claro y pudo diferenciar risas masculinas y femeninas. Llegó al claro. Se asomó entre las ramas y los vio. Unos cuantos chicos con gorras de larga visera y ropa ancha, con pantalones caídos y calzoncillos de marca. Unas chicas ligeras de ropa y mucha pintura sobre el rostro. Un Honda Civic negro con el maletero abierto y una música atronadora retumbando sobre los árboles. Botellas de alcohol y bolsas de hielo en el suelo. Un chico se apartó para acudir al coche y entonces la vio. Allí estaba Caperucita, con un piercing en la nariz, los labios pintados de rojo sangre, el pelo teñido de negro, los pechos evidentemente operados bajo un descote monumental que elevó de inmediato el ego del Lobo Feroz. Un tatuaje de una garra en el hombro izquierdo y otro de Justin Bieber en el derecho. Un top rojo. Otro piercing en el ombligo. Una minifalda negra y unas botas de cuero y hebillas. Un cañón del polígono. El Lobo empezó a encenderse, notó como sus peores instintos rebrotaban desde lo más profundo de sus entrañas y se le erizó el bigote. Se puso a cuatro patas (algo que no hacía desde que entró en el talego) y saltó al claro.
-       ¡Ostias! ¡Qué susto, colega! ¿De qué va este? – dijo un chico.
El lobo avanzaba a cámara lenta sobre sus cuatro garrafales patas. Caperucita lo reconoció de inmediato.
-       Pásame el porro, Vicky – soltó la Caperuza.
Cerró los ojos y le dio una calada de esas de las que derriten los carrillos. Abrió los ojos de nuevo y el Lobo seguía allí, avanzando hacia ellos. Miró el porro y lo tiró al suelo.
El lobo se situó delante de ellos con los ojos colmados de fuego y aulló con tal violencia que los chicos, las chicas y el Civic desaparecieron de la escena, dejando allí sola a la pobre Caperucita. El lobo llegó a sus pies y se levantó lentamente derramando su aliento por todo su cuerpo, olfateando a la par que ascendía por sus piernas, sacando su lengua áspera a la altura de sus senos de seis mil pavos y alcanzando su cuello. Para entonces, Caperucita, con los ojos cerrados y mordiéndose el labio inferior, se creía ya devorada a plena luz del día y para ser sincero, lo estaba deseando.
El Lobo Feroz, entonces, la cogió en brazos y la llevó a su casa, a donde llegó desvanecida. Así se la entregó a su madre, que estaba de muy buen ver, cosas de los genes. Y tras una breve charla, un café y un bizcocho, a esta sí, la devoró tres veces aquella tarde, y otras tres veces al día siguiente y así cada día del resto de la semana. Finalmente se fueron a vivir juntos y montaron una agencia de detectives privados. A Caperucita la internaron en un centro de reeducación y hoy está estudiando Educación Infantil.

Del capullo del Cazador nunca se supo nada.

lunes, 23 de mayo de 2016

STEVEN BRADBURY


Steven Bradbury era un patinador australiano. Su especialidad, el patinaje de velocidad en pista corta. Una modalidad muy difícil y de cierto riesgo en el se producen habitualmente caídas y accidentes peligrosos. Steven Bradbury era un patinador muy prometedor y a los veintiún años había ganados varios torneos internacionales, pero un desagradable incidente en el que se cortó el cuádriceps con la cuchilla de un patín lo alejó de las pistas por una temporada y su recuperación fue bastante delicada. Bradbury trabajó duro y volvió a la competición. Pero estaba claro que la suerte no estaba de su parte y en un entrenamiento, Bradbury fue barrido de la pista por un compañero y se golpeó la cabeza lesionándose varias vertebras. La carrera de Bradbury era, para entonces, un auténtico despropósito. Pero Steven Bradbury no se rindió nunca en su vida. Siguió intentando recuperar el nivel competitivo y disfrutar de su pasión por el patinaje de velocidad. Así, Bradbury, peleó por clasificarse para los juegos olímpicos y lo consiguió gracias a un problema burocrático de un compatriota. Bradbury se coló por fin, por un golpe de suerte, para los juegos olímpicos de Salt Lake City de 2002. Una vez en ellos luchó duro clasificándose contra todo pronóstico para las series de semifinales. En aquella serie Bradbury tendría que competir con el coreano Kim Dong-Sung, el japonés Satoru Terao, el chino Li Jiajun y el canadiense Mathieu Turcotte. Todos más rápidos y jóvenes que él, puesto que el australiano era ya demasiado veterano. Entonces, Steven Bradbury, honesto consigo mismo, supo reconocer que no tenía ninguna posibilidad de desarrollar una carrera de igual a igual con aquellos patinadores, y decidió quedarse atrás en la carrera y esperar a que algo sucediera.  Y sucedió. El coreano Dong-Sung se cayó y en la última recta cayeron Li y Turcotte. Bradbury entró segundo detrás de Terao, pero este fue descalificado y el australiano se coló en la mismísima final de los juegos olímpicos de invierno Salt Lake City 2002.
Bradbury no podía creerlo. Sus expectativas se habían desbordado y pensaba que nunca olvidaría aquellos juegos. Desde luego que no.
En la final le esperaban, el estadounidense Apolo Anton Ohno y el surcoreano Ahn Hyun-Soon, el gran favorito. Bradbury optó por mantener su estrategia y cuando empezó la carrera se quedó en último lugar esperando que algo sucediera. Y volvió a ocurrir. En la última curva el tercero perdió el equilibrio y salió de la pista. El segundo, Hyun-Soo, intentándolo esquivar, chocó contra las piernas de Anton Ohno, que iba primero; Y el cuarto, que pasaba por allí, también terminó pringando y yéndose al suelo. Bradbury, ante los ojos atónitos de todos los presentes entró primero en la meta y logró la medalla de oro olímpica.

Bradbury no tuvo suerte, no te equivoques. Bradbury fue listo y perseverante y encontró su premio. Cualquiera que hubiera sufrido las vicisitudes de Steven Bradbury hubiera abandonado, pero él no. Primero peleó y entrenó duro para poder competir y luego supo entender cuales eran sus posibilidades ante rivales más fuertes que él.  Así consiguió incluso más de lo que él mismo se había propuesto.
Ahora sal ahí y, ya sabes, no dejes vencer por las lesiones, continúa. Y cuando llegue el momento, interpreta con honestidad cuales son tus posibilidades y ten fe en ti mismo. El premio te está esperando.


Os dejo un video en el podéis ver las series de semifinales y la final de Bradbury en aquellos juegos.


jueves, 19 de mayo de 2016

Khaled y Sara


Khaled iba cada noche a la tienda del viejo Ahmad. Allí recogía los cartones y la basura generada y la llevaba a un vertedero a las afueras de Ghamam a cambio de una libra siria. Con el viejo Ahmad vivía su nieta Sara. Bella y tímida como una gota de rocío. Dulce como ella sola. Una de aquellas noches, Khaled entró a la tienda antes de llevarse las inmundicias para hablar con Ahmad. Entonces, vio a Sara con la hijab sobre los hombros y cepillándose el pelo. Una melena oscura como la noche cerrada y extensa como el desierto. Sara se percató de la presencia del chico, se cubrió el cabello apresuradamente y desapareció de inmediato. Pero Khaled ya estaba calado hasta el tuétano profundo. Khaled empezó a rondarla a la noche siguiente. La saludaba, le dedicaba piropos y la invitaba a conversar. Todo ello a espaldas de Ahmad. Así estuvo varias semanas sin recibir a cambio ni una mísera sonrisa. Ni una mirada. Khaled sabía que si el viejo se enteraba perdería toda oportunidad de enamorar a Sara y, de paso, la libra de cada noche. Un día Khaled oyó a un vecino referirse a la nieta de Ahmad como “la sorda”. Entonces lo entendió todo. Aquella noche, Khaled, antes de llevarse los desperdicios de la tienda, dejó escrito en la arena: “Me llamo Khaled” y se fue. Cuando regresó se acercó a su mensaje y encontró: “Lo sé. Yo Sara”. Así empezó una serie de mensajes escritos. Apenas una frase cada noche, no más. Todo hasta que un día estalló la maldita guerra. Un crimen. Un grito. Unos disparos. Una sirena. Unos motores. Un bombardeo. Khaled tiene que huir y acaba perdido en Turquía. Antes de marchar deja escrito un mensaje en la puerta de Sara: “Te quiero. Volveré”

Desde que empezara el conflicto sirio allá por marzo de 2011, se estima que han muerto más de 270.000 personas. Entre ellas no están Khaled ni Sara. Se cuenta más de un millón de heridos. Entre ellas tampoco están Khaled ni Sara. Se cree que existen unas 480.000 personas viviendo en estado de sitio según la ONU. Entre ellas está Sara. Además, ha generado una aterradora cifra de 4,7 millones de refugiados desplazados a países colindantes. Aquí contamos a Khaled. Busco en los datos que registra este conflicto y no veo por ningún sitio cuántos amores se han roto, cuántos hermanos se ha separado, cuántos abrazos se han perdido, cuántos amigos se han alejado…cuántos, cuántos, cuántos…

Pero la historia de Khaled y Sara no se cifra en datos. No sale en las noticias. No interesa a nadie.

Siria volverá a la resurgir, algún día, probablemente, pero ya nadie curará las historias perdidas, nadie leerá la respuesta dejada por Sara. Nadie. Nada. Nunca. Siria.

martes, 17 de mayo de 2016

ESPERANZA DE VIDA


Se oficiaba el bautizo del hijo de una prima segunda por parte de madre de su esposa. Se ofrecía un maravilloso almuerzo y posterior barra libre en el restaurante de un conocido hotel de la localidad. Todo ello sufragado por los bolsillos del abuelo de la criatura puesto que los padres andaban en el paro y cobrando una ayuda de cuatrocientos treinta y dos euros. Al convite no le faltaba un detalle, eso sí. Miguel y su mujer fueron acomodados junto a otras cuatro parejas. Un matrimonio de odontólogos; un maestro de escuela y una enfermera de geriátrico; un cocinero y una monitora de zumba; un contable y una peluquera.
El cocinero pronto rompió el hielo con alusiones al condumio y la excelencia del lugar. La monitora de zumba y la peluquera conectaron rápidamente comentando el estilismo de la madrina del evento. Los odontólogos oían y observaban, cuchicheando con disimulo sobre la asimetría dental del contable. El maestro de escuela opinaba en todas las conversaciones. La enfermera de geriátrico miraba de reojo a la abuela del homenajeado y el contable dudaba con apuro si el sobre que pretendía ofrecer a los anfitriones cubriría el gasto de sus cubiertos.
Al cabo de unos minutos la conversación derivó en la situación del país, el deterioro económico, la lamentable clase política, la desconfianza de los recién llegados a ella, el paro. Así se llegó al tema de las pensiones y el hecho evidente de que nuestra esperanza de vida ha crecido notablemente.
-       Es que ahora hacemos más deporte – comentó la monitora de zumba hallando rápidamente el apoyo de la peluquera.
-       Y nuestra nutrición es mejor, más equilibrada - apuntilló el cocinero.
-       Tenemos más educación sobre los hábitos saludables y desde más temprana edad – añadió el maestro.
-       Sin duda, incluso con la crisis, disponemos de más comodidades de las que disfrutaron nuestros abuelos. – dijo el contable.

Los odontólogos sonreían y continuaban susurrando entre ellos sobre el estado bucal del resto de comensales. Miguel y su esposa seguían atentos la conversación.
-       Los fármacos – intervino la enfermera.
Todos callaron y se quedaron mirándola, incluso los odontólogos.
-       ¿Cómo? – preguntó la peluquera
-       Antes llevábamos una vida más sana. Mi madre iba al mercado andando todos los días y subía a pié a un tercer piso. Todos los días. Mi abuela le daba de comer fruta que sabía a fruta, comía verduras sin químicos, pescado fresco, carne sin esteroides y leche recién ordeñada. Sabían perfectamente que no debían abusar de nada y como combinar los alimentos semanalmente. Hoy hacemos un día deporte y después cogemos el coche para todo. Subimos en ascensor a un primer piso y no nos levantamos del sofá ni para encender o apagar la luz, que ya, también lo hacemos con un mando a distancia o dando una o dos palmadas, según toque; y lo que comemos es una auténtica porquería. Lo que nos mantiene vivos más tiempo son los fármacos, os lo aseguro.

Al día siguiente, Miguel, se levantó temprano, se tomó un zumo de naranja recién exprimido y un sándwich de pavo light. Se puso el chándal y las deportivas y se echó a correr. Cuando llegó al parque de los Príncipes se cruzó con el contable y la peluquera. A la altura del estanque de los patos coincidió con el cocinero y un poco más adelante montaban en bici el maestro y la enfermera. Miguel saludó a todos con gracia y con todos cruzó miradas cómplices. Cinco minutos después Miguel se encontró mal, notó aceleración en el pulso, el sudor se volvió frío y sintió opresión en el pecho. Tenía sensación de fatiga y ganas de vomitar. Antes de darse cuenta de que las piernas le flaqueaban ya estaba en el suelo. Afortunadamente para él, el odontólogo salía a pasear al perro por aquel parque cada mañana. Lo atendió, le puso una pequeña pastilla de cafinitrina bajo la lengua y antes de tener que aplicarle un masaje cardio-respiratorio ya estaba consciente.
Por suerte, no pasó nada. Al día siguiente Miguel acudió a un cardiólogo, le detectaron una leve anomalía vascular y en pocos días estaba llevando una vida normal, eso sí, con un tratamiento de fármacos para siempre. Lástima que el mismo día de su jubilación, a los sesenta y siete años, tres meses y seis días concretamente, Miguel sufrió un accidente de tráfico que lo llevó al camposanto. Sus cenizas fueron esparcidas por el parque de los Príncipes. 

viernes, 6 de mayo de 2016

RAÚL ERA EL MARICÓN DEL BARRIO



Raúl era el maricón del barrio. Pero no siempre fue así. Raúl fue al principio el ojito derecho de su padre, el amor verdadero de su madre y un regalo del cielo para sus abuelos. Después fue un niño alegre y simpático. Un niño despierto y ágil. Más tarde un estudiante modelo, un fenómeno de las mates, un orador excelente y un dibujante sensible. También el cliente más educado que entraba nunca en la tienda de Amalia; el voluntario más amable de la parroquia del Padre Enrique; el mejor amigo de Isabel y de Francisco; aquel a quién las madres recomendaban a sus hijos que debían arrimarse; el que escribía a cada paso un futuro ilusionante. El orgullo de todos. Pero un día, Raúl, el bueno de Raúl, jugando al escondite coincidió en la buhardilla del colegio, con su amigo Francisco, a oscuras, y sin saber por qué, sin entenderlo del todo, Raúl le agarró la cara y lo besó en la boca. Y Raúl no sufrió tanto por la huida y la indiscreción de su amigo, ni por las consecuentes burlas de todos, burlas interminables hasta el resto de sus días, como por el rechazo inmediato de aquel que fuera el primer beso que se atrevió a dar en su vida. A partir de entonces todos juzgaban los gestos de Raúl, su tono de voz, el color de su ropa… Raúl era un buen motivo para hacer un chiste o una comparación. No importaba nada más de Raúl que su incipiente homosexualidad. Amalia lo miraba con sorna, la parroquia cerró sus puertas, Isabel no cogía sus llamadas, Francisco no existía, las madres de sus… de los demás prohibían a sus hijos acercarse a él. Raúl dejó de estudiar, no hablaba con nadie, ya no comprendía las ecuaciones ni nada de todo lo que ocurría a su alrededor, y no pintaba más que sus labios. Raúl arruinó su vida lamentando el día en que se escondió en la buhardilla del colegio y ni el alcohol ni las drogas lo aliviaron de nada. Raúl probó la muerte y sintió consuelo dejando la culpa asesina a todos sus vecinos. Pobrecita su madre.