lunes, 23 de abril de 2018

EL PAJARILLO


Delante de mi casa, cada mañana, un pajarillo se posa sobre mi cancela. Lo miro a través de mi ventana y la luz que atraviesa el cristal distorsiona el verdor de sus plumas primarias, la aurea altanería de su penacho florido, la caída elegante de sus plumas caudales. Se que le gusta jugar conmigo. Se que sabe cuando lo miro. Se que sabe que cree que me tiene. Se que no piensa que pueda dejar un día de asomarme a verlo. Así que, con irrespetuoso descaro, se posa cada vez que puede en la cancela de mi vecino. Y él sale insolente y bravo a regar su fructuoso jardín de flores. Lo mira de reojos con sus ojos seductores y no ve en el pajarillo su rabadilla creciente, ni su corona rizada, ni sus claras plumas escapulares. Termina de alimentar su ego de jardinero discontinuo y se esconde de nuevo, dejando a mi pajarillo ávido de deseo. Durante un par de días siempre, después de este episodio, el pajarillo desaparece. Y cada vez que se repite se rompe un poco el cristal de mi ventana. A pesar de ello, yo me asomo cada mañana esperando su regreso y al no verlo recupero mi vida íntima y solitaria. Luego, cuando aparece, me quedo observándolo y vuelvo a encontrar en él bellezas irrepetibles. Sé que un día dejaré de admirarlo y saldré a la puerta y lo miraré sin cristal traslúcido de por medio y entonces daré un tiro al aire para espantarlo y se irá a casa de mi vecino a mendigar miradas de afecto que nunca serán recibidas.
El cielo se llenará de pájaros una mañana. Las cancelas de mi calle las derribará el viento. Los cristales de todas las ventanas saltarán por los aires y yo pasearé entonces en mitad del vendaval sin saber a dónde ir pero con una sonrisa indeleble.

viernes, 26 de mayo de 2017

EL ALUMNO

            

          Cuando Roberto fue llamado por el profesor de su hijo para una reunión personal se sorprendió. Sabía que el niño era un poco holgazán pero también inteligente y respetuoso, así que no podía imaginar el motivo de tal requerimiento.  Pidió un receso en el trabajo y a las cuatro en punto de la tarde estaba, bien acicalado, en el umbral del aula B de tercero de primaria. En seguida se abrió la puerta y la señorita Irene le invitó a entrar. Se sentó, apoyó los brazos en la mesa y cruzó delante de sí los dedos de las manos.
-       Bueno, dígame.
-   Verá, señor Ramírez, su hijo… es un niño con muchas posibilidades que debido a su desinterés por la mayoría de materias y su querencia a la vagancia no rinde como debiera. Estoy especialmente preocupada con sus capacidades matemáticas. Creo que no termina de prestar la atención suficiente y no se entera. Además, algo similar le ocurre con las ciencias y también con el lenguaje y… vamos que el niño no muestra el más mínimo interés por aprender absolutamente nada.
-       Vaya.
-       Pues sí.
Roberto se quedó cariacontecido. Fijó la mirada en la superficie de la mesa y se frotó la barbilla con la mano diestra.
-       Total, que el niño no hace nada en todo el día, ¿no?
-       Exactamente, se pasa el día dibujando garabatos en su cuaderno. Hoy mismo le he requisado uno de ellos. Fíjese.
La profesora le extendió el cuaderno. Roberto lo abrió y descubrió infinidad de dibujos bastante interesantes. Dibujos de extraños seres muy bien definidos.
-       Son muy bonitos, ¿no cree usted?
-       Sí, señor Ramírez, sin duda lo son, pero no me parece apropiado que su hijo realice esos dibujos durante las clases que corresponden a otras asignaturas.
-       Sí, en eso tiene razón.- Contestó Roberto mientras ojeaba el cuaderno. – Y, ¿qué cree usted que debemos hacer?
-       Pues mire, si no quiere que su hijo pierda el curso búsquele un buen profesor particular y que se ponga las pilas.
-       Ajá, bien, eso haré.
Al cabo de un mes, Roberto concertó una cita con la tutora de su hijo.
-       Buenas tardes, Señorita Irene. ¿Qué tal va mi hijo?
-       Pues, bueno, su hijo está mejorando poco a poco, la verdad. Aún anda algo retrasado en conocimientos pero ha cambiado mucho su actitud. Está más contento, no sé, más motivado. Ha dejado de pintar en los cuadernos y está más atento.
-       Bien, me alegro. Estoy muy contento y debo agradecérselo a usted. Hice lo que me dijo y está muy alegre y muy interesado en sus clases particulares. Muy, muy interesado. Gracias.
-       Genial. Muy bien. Qué asignaturas está trabajando en sus clases, ¿Matemáticas? ¿Lengua? ¿Ciencias?
-       Ah, no, no está con esas asignaturas que se le dan tan mal. Lo he apuntado a una academia de pintura.

La profesora se quedó boquiabierta y Roberto, henchido de orgullo, se levantó de la silla con una sonrisa en los labios.

sábado, 11 de febrero de 2017

ATLAS


El Profesor entró en clase aquella mañana de miércoles con las mismas ganas que un paciente a una colonoscopia. Los alumnos estaban alborotados como era costumbre antes de iniciar una lección. Soltó su cartera, se quitó el abrigo y lo colgó parsimonioso en el perchero. Se acercó a la pizarra y escribió ‘ATLAS’, así, todo con letras mayúsculas. Luego se sentó y esperó manso a que sus jóvenes pupilos se calmaran mientras los observaba reflexivo. Esto ocurrió en un par de minutos. Entonces, sin levantarse si quiera, recostado sobre el sillón, con los dedos de ambas manos entrelazados sobre su abdomen preguntó qué sabían de aquel personaje mitológico. Los pocos que acertaron a decir algo coincidieron en que Atlas fue condenado por los dioses a sostener el mundo sobre sus hombros.
-          ¡Sois unos necios! – estalló el profesor, entonces, alzándose de un salto.
Se hizo el silencio, el profesor caminó delante de la pizarra con su mano derecha sobre la cadera y su mano izquierda sobre las sienes, cubriéndose los ojos. Entonces, se paró frente a ellos.
-          Os lo creéis todo. Todo. – hizo un pequeño gesto de negación con su cabeza y alumbró un leve suspiro. - Nunca Atlas sostuvo el mundo. Nunca.
Los alumnos miraban a su tutor sabiendo que aquella no era una clase formal. Aquello que estaban presenciando trascendía a toda planificación curricular. Desde el más aplicado discípulo hasta el más díscolo de ellos permanecía con los ojos abiertos y los sentidos alerta. Nadie quería dejar escapar ni una palabra, ni un gesto. Allí estaba pasando algo diferente, había algo que aprender para siempre. Algo de verdad.
-          Nunca Atlas sostuvo el mundo de nadie. Lo que hizo fue sostener el arco del firmamento. El cielo. Sí, ilusos, ¡El cielo! Nadie va a venir nunca a sostener vuestro mundo. ¡Nadie! Vuestro mundo es vuestro, solo vuestro. Pero Atlas… solo…
Tragó saliva. Saliva que parecía plomo líquido.
-          Para sostener el cielo sí que vais a necesitar a alguien.
Cerró los ojos unos segundos. Aguantó la voz y…
-          ¡¿Todavía estáis ahí?! ¡Salid ahí fuera, idiotas! ¡Salid ahí a ayudar a vuestro Atlas! ¡No lo dejéis solo sosteniendo el cielo, ineptos!
Algunos salieron corriendo. Otro se confesó a su compañera de asiento. Una se levantó y besó en los labios a otra chica. Y los más cobardes se echaron a llorar.
-          ¿y usted profesor? Preguntó alguien.
El profesor, se colgó  la cartera del hombro derecho, se colocó el abrigo sobre el antebrazo izquierdo y dirigiéndose a la salida contestó en voz baja:

-          Para mí ya es tarde. El cielo se me ha caído encima.

lunes, 17 de octubre de 2016

PEDRO Y SU FE


Pedro era huérfano, no creía en Dios, ni creía en la iglesia, pero estaba católicamente bautizado. Hizo la comunión y siempre recordó la recepción de regalos como uno de los momentos más grandes de su infancia. En plena adolescencia se confirmó en la fe, sin creer en nada y por inercia social, con su gran amigo Pablo y la chica de sus sueños. Más tarde se casó en la iglesia de su pueblo con honores, emocionado y feliz, viendo a su madre radiante y orgullosa. Después de un desgraciado accidente llegó moribundo a la cama de un hospital y, a petición de su madre, recibió los santos óleos por el Padre Miguel. Tuvo un sepelio evidentemente religioso y una vez cerrado el nicho en el cementerio municipal, todos los que acompañaron su féretro rezaron al unísono un “Padre Nuestro”. Entonces Pedro abrió los ojos. Se dio cuenta de dónde estaba y gritó. Gritó tanto que los que allí se encontraban lo oyeron y, prestos, derribaron el nicho y abrieron el ataúd. Allí estaba Pedro, con los ojos abiertos, el pecho inflado, la venas del cuello palpitantes, la frente sudorosa. Se incorporó y ante las caras de asombro de sus allegados y algún que otro desmayo pronunció:

-       ¡Qué no me he confesado!

El Padre Miguel pidió a todos que salieran de allí, que los dejaran a solas. Se acercó a él, le marcó la frente con la señal de la santa cruz con la yema de su dedo pulgar, y le dijo:
-       Ave María Purísima

Cuando hubieron terminado Pedro murió de nuevo, esta vez sí, con su conciencia tranquila.
Ahora Pedro es San Pedro, Patrón de su pueblo. Su casa, la de su madre, donde él se crió, recibe cada año a varios miles de fieles peregrinos; y una imagen suya, tallada en madera de cerezo, recorre cada mes de Mayo, en procesión, las calles adoquinadas de su pueblo querido.

Dicen que Pedro ve todo lo que hacen en su honor desde lo alto del cielo, asomado en una nube y un poco desconcertado. También dicen que Pedro sigue sin creer en Dios ni en la iglesia.

Amén.

martes, 6 de septiembre de 2016

MANUEL YA NO ESCRIBE

-          


           - Si yo tuviera la certeza de que soy yo a quien esperas. Si yo pensara que puedo hacerte feliz sin más, sin esfuerzo, simplemente siendo yo mismo. Si yo creyera que tú estás absolutamente segura de que nada sería bello sin mi. Si me echaras de menos. Si me alcanzara con un gesto de cariño para enternecerte un poco. Si tu piel fuera tu piel, como yo la conocí. Si no me quedaran dudas que no hubieras ya desvelado. Si tú fueras tú y yo el de entonces. Si todo siguiera igual que cuando nos conocimos, entonces, ¿qué sería todo esto? ¿qué mentira hubiéramos vivido?
-          - ¡Uich, Manué! ¡Qué tonto te pones, hijo, que no tengo ganas y ya está, no le des más vueltas!
-          -  Matas la poesía, Mary, de verdad.
-          - Dame un beso, anda, tonto. Qué eres más tonto que tó.
-          - ¿Ves?, ya la has resucitado. ¡Ainns...! Si es que…
-          - ¿Si es que… qué?
-          - Me quedao en blanco.
-         - Vaya mierda de poeta eres, Manué, hijo. No sé cómo te recibo, en serio, eh. Venga, anda, que me das pena, dame treinta euros y vamos al lío, que tengo mucho trabajo hoy.
-         - ¿De verdad me vas a cobrar?
-         - No, espera… Como a todos, como siempre, o ¿tú te crees que este coño es tuyo?.
-         - Pero yo te quiero.
-         - Claro, y yo, y yo… ¿vamos o no vamos?
-         - ¡Puf…!

Manuel saca los treinta euros de su bolsillo y antes de dárselo ella se los arrebata de los dedos. Lo coge de la mano y se lo lleva a la cama. Quince minutos después Manuel sale por la puerta y, por las escaleras, se cruza con un señor con traje y corbata. Se fija en su mano izquierda y lleva una alianza. El señor llega a la puerta de Mary y llama. Manuel se esconde en el rellano. Ve como ella abre la puerta en bragas, le agarra de la corbata y lo atrae al interior. Manuel se come por dentro, se muere de celos. Media hora más tarde, el señor sale del apartamento de Mary. Manuel decide seguirlo. El señor se sube a su auto y conduce por las calles de la ciudad. Para en un bar de mala muerte. Manuel entra tras él. El señor pide una copa, se la toma mientras ojea un periódico del día anterior. Paga y se marcha. Manuel lo sigue. El señor para delante de una casa en una urbanización de clase media en la periferia de la ciudad. Antes de salir toca el claxon un par de veces, muy seguidas. Se abre la puerta y dos pequeños de unos tres y seis años salen corriendo. No ha cerrado aún la puerta del auto cuando ya los tiene abrazados cada uno a una pierna. En el umbral le espera una mujer morena, bien cuidada, bella. Vestida con traje de oficina y un delantal recién estrenado.

Manuel no quiere ver más. Abre la guantera y coge un revólver.