sábado, 4 de agosto de 2018

LA EVOLUCIÓN


Frotó dos palos, chasqueó dos piedras, cayó un rayo, ¿qué más da? Apareció el fuego. La rueda, el arco y la flecha, la edad de hierro. El hormigón en la construcción de edificios, viaductos… Jesucristo. La ‘Guerra Justa’ de San Agustín de Hipona y los avances en la navegación. El hierro y el acero, las fuentes de energía. La máquina de vapor…. el hombre prepara la revolución industrial. El teléfono, la bomba atómica y pisar la Luna. Internet. Un padre, hijo de otro padre que tiene una hija que te concibe a ti. Tú, unas palabras, unas miradas, un eclipse, un roto. Tú delante de una hoguera, tu coche, Cupido, mi armadura. Tu casa lejos de la mía y un camino de asfalto de por medio. Tu fe en mí. Nuestra batalla diaria, el mar que hay entre nosotros y este descifrar continuo cartas de navegación. La máquina del día a día que nos arrastra y no cesa. Las llamadas perdidas y las no entendidas y las esperadas y recibidas y tonteadas también. Aquella bomba que fue dejarlo y el uranio que se queda. Hacer el amor y elevarse hasta traspasar la atmósfera terrestre. Conectarme contigo siempre. Tanto que ha ocurrido para llegar a ti. Tanto.

sábado, 30 de junio de 2018

EL RUIDO


Hoy el día se ha despertado aciago en el aljarafe. Pareciera que el clima se empeñase en impedir la confianza en el estío. Así que el plan inicial de disfrutar del sábado en la playa se ha venido abajo en el primer parpadeo. Una pena. Pero lo que ningún gris opaco iba a reprimir eran las ganas de abandonar el hogar por unas horas. Nos subimos al coche y nos dirigimos a desayunar a La Mundana, un lugar exquisito situado en La Pañoleta, en Camas. Mientras trazábamos municipios mi acompañante arrió la ventana esperando recibir el frescor único del aire natural. Ese que alienta a los hombres, que borra las huellas, que transborda perfumes y alimenta el verdor. Sintió, en cambio, el golpeo violento del aire veloz, y entonces, izó la ventana pero sin llegar a cerrarla completamente, como intentando amortiguar el empuje del viento sin llegar a renunciar a su caricia intangible. Digamos que el borde del vidrio quedó a dos dedos del cierre absoluto, como un beso que uno, por miedo al rechazo, no se atreve a dar. El ruido que se produjo fue atronador. Un estruendo de lo más desagradable. Algo que seguro os ha ocurrido a todos alguna vez. Inmediatamente cerramos la ventana hasta provocar un alivio celestial en los oídos y la mente. Se me ocurrió pensar que esto mismo ocurre con nuestras relaciones afectivas. A veces, uno vive inmerso en historias de amores imposibles, de toxicidades maravillosas y venenos deliciosos. Llegado el momento, con lucidez admirable, uno toma la dolorosa decisión de poner fin a la historia, de cerrar la ventana. Tomando fuerza de lugares profundos, de vísceras, izamos el cristal con intención absoluta de sellar la sentencia. Y entonces, por hache o por be, no terminamos de cerrar la ventana de la historia y los sentimientos del todo y el aire veloz azota la hendidura leve. Se provoca entonces un ruido que resulta ensordecedor y molesto hasta límites imposibles de soportar por el oído, la mente o el corazón humano. Un ruido que solo puede evitarse cerrando definitivamente. Pero ya sabes, deberás estar dispuesto a renunciar a eso que alienta a los hombres, que borra las huellas, que transborda perfumes y alimenta el verdor.

martes, 19 de junio de 2018

LA AGENDA DE TELÉFONOS


Eran las nueve post meridiem. La luz comenzaba a despedirse de las calles de Sevilla, de sus plazas, de sus puentes. Las azoteas estaban seccionadas por un hilo de penumbra y las aves diurnas hacían el último acopio de enseres. Las terrazas de los bares se preparaban para recibir el goce culinario de papilas procedentes de medio mundo. Aquel día y a aquella hora las botellas de vino vacías eran ya un hermoso bosque sobre la mesa de palisandro en el salón de Javier. Con el embrujo de Dionisio sobre las sienes, Javier escudriñaba artículos de su juventud, guardados meticulosamente en una caja de zapatos. Encontró entonces una antigua agenda de teléfonos con números escritos a grafito. Los nombres de féminas le trajeron recuerdos, lascivos a veces, románticos otras. Lamentó por momentos haber terminado tan solo pero, tal vez, no había encontrado a la mujer de su vida. Abrió otra botella para celebrar haber vivido intensamente hasta los setenta. Entre descorchar el Tres Picos de Bodegas Borsao y saborearlo se le ocurrió una idea. Buscó en la agenda el nombre de aquella mujer a la que más les gustó besar en su vida. Cogió el teléfono y la llamó confesándole esa preferencia: Disculpa, soy Javier, probablemente no te acuerdes de mí, solo quería decirte que jamás en mi vida nadie me besó como lo hiciste tú. Adiós. Después buscó el teléfono de aquella mujer con la que más le gustó conversar en su vida. Descolgó el teléfono, llamó a la aludida y se lo expuso. Así continuó hasta altas horas de la noche con la que mejor sexo gozó, la que más amor le indujo, la que más admiración le despertó… El efecto del alcohol acabó por vencerlo.
A la mañana siguiente Javier despertó abochornado por lo que había hecho. Toda una vida de respeto por el género arruinadas en una noche de nostalgia senil y alcohol garnacha. Decidió volver a llamarlas a todas y pedirles disculpas. Cogió el teléfono y buscó las llamadas. Javier miraba incrédulo la pantalla del móvil, los ojos se le llenaron de lágrimas, las manos trémulas dejaron caer el celular que al estrellar en el suelo se desmembró como un muñeco de cristal. Se sentó sobre el sofá y se echó las manos a la cara intentando contener lo que ya era una catarata de sal por las mejillas. Todas las llamadas las había realizado a la misma mujer.

jueves, 24 de mayo de 2018

EL CUADERNO DE DOS RAYAS


Ayer estuve ayudando a mi hijo a resolver su tarea. Su cuaderno de dos rayas me dio que pensar. Lo veía aplicado, con media lengua asomando por la comisura diestra, con las uñas sonrojadas de apretar el lápiz, dispuesto a mantener las letras dentro de las líneas limitadoras. Lo consiguió, evidentemente, porque es responsable y tenaz. Lo consiguió a pesar de acelerarse y despistarse también. Al finalizar le pregunté por lo escrito y casi no lo recordaba. Entre sonrisas cómplices y cosquillas fulminantes decidimos releerlo. Encontramos entonces letras desaparecidas, tildes ausentes y espacios abandonados. Agarramos la goma y corregimos lo ineludible, recuperamos el lápiz e incorporamos lo carente. Disfrutamos de todo ello.
Un día, no sé cuando, alguien nos robará el cuaderno de dos rayas, nos plantará delante un folio en blanco y nos pondrá en la mano un bolígrafo de tinta indeleble. Nos olvidaremos del contenido y habrá que volver a leerlo porque el riesgo de adulterar la forma habrá desmesurado. Haremos grotescos tachones porque ya no habrá goma de segundas oportunidades ni habrá nadie para ayudarnos, para compartir las sonrisas ni para sufrir las cosquillas. El folio será un desastre a ojos ajenos, las manos quedarán manchadas de tinta azul, la letra será ilegible y tú estarás triste y cansado, sin ganas de ser tenaz. Pero en ese folio desdibujado habrá un poema, porque eso es lo que somos, todos y cada uno de nosotros. Un poema enorme, torcido y tachado pero bello, real y profundo. Un poema que, cuando llega el folio en blanco, ya nadie puede corregir.

miércoles, 16 de mayo de 2018

NO ME JUZGUES



No me juzgues. No cometas el error de creer que entiendes lo que me está pasando. No me mires con displicencia ni anticipes mi caída. No me valores por este momento ni por aquel otro ni por el que venga más tarde. No me conoces. No. No digas lo que harías tú en mi lugar porque no lo sabes. No lo estás ni lo estarás nunca. No te decepciones, no te he dado ese derecho, ni a ti ni a nadie. No sabes de donde vengo ni por qué actúo de esta manera o cualquier otra. Mis zapatos no son tuyos ni de nadie. No son de un número ni de otro. Son solo míos. Me aprieten o me vengan grandes son los que tengo y con ellos llegaré hasta el fin del mundo. Un fin del mundo que solo yo decido cuál es, donde está, cómo se llega y dónde acaba. Sí, así es, y si decido que el fin del mundo son sus labios allí iré. Allí llegaré con todos mis prejuicios, con mis verdades y mis sueños. Con todo lo que sea capaz de recoger por el camino. Arrastraré las miradas acusatorias de todos vosotros, los dedos índices, los insultos y las burlas. Me haré una manta con ellos para soportar el frío del rechazo ajeno y alcanzaré su boca. Dormiré allí, no sé cuánto tiempo, y cuando me vaya no me importará ya que me juzgues. Podrás hacerlo entonces como mejor te parezca porque ya seré inmune. Porque eso es lo que pasa cuando uno hace lo que realmente quiere. Te invito a qué pruebes un día a hacerlo, sin miedo, sin confesiones ni purgas. Con ansia. Ve, sal fuera de tu estrecha existencia y vive. Yo no voy a juzgarte. Te lo aseguro.

miércoles, 2 de mayo de 2018

LA VULNERABILIDAD


Recuerdo que hace unos años estuve de visita en un zoológico de la provincia. El paseo entre aquellas criaturas cuyo hábitat natural me es tan ajeno me resultó muy estimulante. Hubo momentos para todo: risas, reflexiones, sobresaltos, lamentos, diálogos, sorpresas. Recuerdo, especialmente, el momento aquel en el que nos acercamos a ver al Rey de la selva. Pónganse en situación. Hacía calor, no mucha, calor de Mayo. Un león y una leona descansan en mitad de un espacio cerrado de no más de mil metros cuadrados. Entre ellos y nosotros distaban unos cincuenta metros, una cubierta de metacrilato blindado, dos metros más, un foso, una reja de cuatro metros de altura, dos metros más y una vaya de apoyo. En definitiva, riesgo cero. Pues bien, en esas circunstancias nos quedamos observando y, entonces, algo que hacemos, no sé, un gesto, un ruido tal vez, provoca que el león alce levemente la testa y nos mire directamente. En ese momento que duró un par de segundos, sentí que aquel enorme felino era capaz de recorrer el espacio, derribar el metacrilato, saltar el foso, trepar por la reja y devorarnos en un segundo. Nunca olvidaré aquella mirada que me hizo sentir tan vulnerable.
Sé que de pequeño te dijeron muchas veces aquello de que tienes que ser fuerte. Sé que te habrán advertido que no resulta conveniente mostrar tus debilidades. Sé que llevas el orgullo grabado en la frente, que estás convencido de que hay que resistirse y mostrarse firme. Sé que sabes que lo tuyo es ser valiente. Pero te digo una cosa: Ojalá un día alguien llegue a tu vida haciéndote sentir vulnerable. El metacrilato, el foso, la reja y el espacio serán ya cosa tuya. Pero ya te digo yo, que eso no te librará de esa sensación tan maravillosa de ver tu vida en peligro en los ojos de otra criatura… un león, una mujer, un niño…