martes, 14 de mayo de 2019

LA JORNADA ELECTORAL


La jornada Electoral.
El día de las elecciones municipales mataron a Federico. Fue un domingo de Mayo. El pueblo no tenía más de ciento veinte habitantes, de los cuales solo ochenta y uno cumplían con los requisitos necesarios para obtener derecho a voto. En las elecciones anteriores los electores sumaban ochenta y todos ejercieron su derecho. El resultado fue de empate técnico: cuarenta votos a favor de los rojos y cuarenta votos a favor de los azules. Esta vez, sabiéndose de antemano que allí nadie cambiaba nunca de parecer, el resultado dependería de la inclinación política de Federico, un chaval de veinte años que se estrenaba en esta campaña. Nadie en el pueblo tenía la certeza de por dónde acabaría tirando el joven. Federico, un humilde preparador de cachimbas, nunca había mostrado ningún interés por la política. Cuando surgía la conversación procuraba evadirse o desaparecer directamente. Pensaba que todos los políticos eran iguales. Que la única intención que motivaba sus actos era el beneficio propio y el de sus allegados. Nunca percibió una decisión real por procurar el bien social, no, al menos, si requería del sacrificio propio. Nunca sintió el servilismo que, según él, debían mostrar los gobernantes para con los ciudadanos, más bien lo contrario. Y si alguna vez aparecía algún ser humano con condiciones óptimas, solía permanecer en segundo plano, con poco poder para hacer nada más que sugerir algo a sus líderes y acabar abandonando la actividad en el más absoluto hastío. Así que, en definitiva, Federico no creía en la política, no la que se hacía entonces, claro.
Pero aquella mañana todo estaba preparado para que la participación de Federico fuera políticamente decisiva... ironías de la vida. Así pues, el colegio electoral se abrió a las nueve en punto de la mañana. La mesa electoral la presidía Estrella, una joven estudiante de periodismo de pelo oscuro y ojos verduzcos. Don Francisco, farmacéutico, y Doña Trini, la maestra de la escuela, eran los vocales. Todos los censados fueron asistiendo con regularidad y constancia hasta que a las dos de la tarde solo faltaba Federico.
A las siete de la tarde, viendo que no se presentaba, el alcalde en funciones y el líder de la oposición decidieron ir a buscarlo. Fueron ellos quienes lo encontraron tirado en la puerta de la casa con el cuerpo bañado en sangre y con el sobre electoral entre los dedos.
El caso se puso de inmediato en conocimiento de las autoridades judiciales, que nunca encontraron al culpable. El asunto trascendió a los medios de comunicación nacionales y pronto medio mundo estaba informado y pendiente de lo acontecido en aquel pequeño municipio.
Tras varios días de deliberación y análisis, los expertos determinaron que a la hora de la muerte las mesas electorales ya estaban abiertas y que aquel sobre no había sido tocado por nadie más que el malogrado Federico. Por tanto, el voto que hubiera dentro podía tomarse como válido a todos los efectos.
Se organizó un evento en el salón de actos del colegio ante cientos de medios de comunicación. Un notario presidió el acto en el que la joven Estrella, como presidenta de la mesa electoral, debería abrir el sobre y mostrar a todos el voto que el joven tuvo intención de emitir y que desnivelaría el empate. Ante las cámaras y micrófonos de medio mundo, Estrella tomó el sobre y lo abrió. Lo tuvo ante sus preciosos ojos unos segundos y antes de poder decir nada se desmayó.
Mientras todos acudían a atender a Estrella, el notario cogió el sobre, extrajo el voto y leyó ante los micrófonos:
Querida Estrella,
Perdona que te escriba esta carta en estas circunstancias. De no ser así nunca hubiera cobrado el valor para hacértela llegar. Te amo, te amo desde el primer día que te ví. Eres el ser más bello que ningún otro ser puede imaginar y si hay Dios está claro que debes ser de su creación. Siento que...

viernes, 8 de febrero de 2019

DESPUÉS DE NACER EL MUNDO


(imagen de Leonid Afremov) 

La mañana después del nacimiento del mundo Andrés despertó desorientado. Se vistió con lo primero que encontró, olvidando los colores y experimentando la dislexia. Le pareció que todo cuanto surgía a su alrededor perteneciera a otra época anterior, pretérita y vetusta. Salió a la vida exterior como un potro recién nacido, con paso dubitativo pero con un hambre atroz por encontrar caminos. Ante sí se levantaba una urbe nueva, inhóspita. A las primeras de cambio se cruzó con un vecino. Un rostro extrañamente ajeno. Éste le ofreció un gesto amable de su mano y un sonido indescifrable que interpretó como un saludo. Sintió que debía entender su idioma pero la realidad es que no era capaz de reproducirlos con su voz y por más que los repasaba en su cabeza no encontraba la manera de comprender su significado. En medio de su desasosiego se acercó a la cafetería de la calle Vesubio y pidió un capuchino. El camarero le habló en otra lengua distinta y desconocida para él, algo nórdico o élfico. Se extrañó mucho, pero tomó la taza, pagó y se sentó sin más. Se sentía ajeno, desubicado, como si aquel mundo nuevo que se abría ante sus ojos no fuera tan suyo como de cualquiera, como si se le hubiera otorgado sin ser preguntado al respecto y, además, con la sensación culpable de no merecerlo. Se levantó y siguió caminando por la acera, inseguro y temeroso, sin saber qué le estaba pasando. Llegó al quiosco de prensa y tomó el diario popular, el lenguaje que en él se extendía le resultó ilegible, incluso el alfabeto utilizado no se correspondía con ninguno que él pudiera reconocer. Al ver su rostro de incredulidad fue cuestionado por el señor del quiosco, pero su voz, apenas perceptible, no alcanzaba a entenderse. El gesto del hombre al reproducir nuevamente los vocablos invitaba a pensar que debía haber elevado el tono de voz, pero aun así, el sonido no alcanzaba el caracol interno del oído de Andrés. Soltó el diario impulsivamente y siguió caminando calle abajo. Los carteles publicitarios se le antojaban incomprensibles, los anuncios literales eran indescifrables y hasta el sonido de los vehículos a su paso proyectaban un ruido disímil. Todo un desvelo continuo hasta que en el cruce de las calles Afrodita y Catarsis se encontró con ella: La chica de la noche anterior, reconocible, memorable, lógica, con su pelo rubio, coleta alta, su boca pequeña, sus ojos tristes, su figura curvilínea, sus andares coquetos. Con un jersey en el que se podía leer 'Hoy es un día nuevo’. Ella lo llamó por su nombre, él se dirigió a dónde se encontraba con paso hipnótico, lento pero seguro. Le dio dos besos, se sentaron en un banco y, evadiendo los ruidos, soslayando lo insólito, hablaron el mismo idioma único durante toda la tarde, que pareció una vida.

viernes, 24 de agosto de 2018

NAVEGAR


Ha llegado el momento de apagar el motor, izar las velas y dejarse llevar. Dejar que las olas balanceen la nave y la gobiernen, disfrutar de la noche, la luz de la luna, la brisa que porta la esencia del mar. El viento resopla que quiere guiarte, llevarte muy lejos, hacerte bailar, enseñarte mundos que parecen nuevos, islas desconocidas, paraísos soñados, pero ha llegado el momento, decía, de tumbarse en la cubierta mirando al cielo, contemplar las estrellas, echarse a morir.
No se puede parar el tiempo, afortunadamente diría yo, pero sí que puedes cerrar los ojos, respirar profundo, recordar el tiempo pasado, sonreír por ello, degustar el instante presente, babear, vislumbrar el futuro, llorar de emoción.
Todo ello es posible, a pesar de la órbita de La Tierra, de la gravedad y los equinoccios, del carbono 14 y las brújulas. Las orillas siempre esperan, las que merecen la pena sí. Los piratas existen, y las gaviotas. El sol no es de nadie y, sin embargo, se te entrega cada día. Navegar es vivir, de cualquier manera, con rumbo fijo o luchando con la tormenta, a la deriva o remando a proa. Siguiendo a alguien o remolcado. Incluso atracado en el puerto de algunas pieles sin nombre se puede estar navegando sin saberlo. 
No todo es posible perdido en el océano pero las manos siempre estarán dispuestas a agarrar el timón cuando tú me lo pidas.

martes, 21 de agosto de 2018

SER ALGUIEN


En ‘La maldición del escorpión de Jade’, Helen Hunt le dice a Woody Allen algo así como: 
-      Eres un hombre maravilloso y solo contigo desearía pasar el resto de mi vida
Lo genial es la respuesta de Woody Allen que entre balbuceos, gestos espasmódicos de manos y alzamiento de cejas le dice:
-      ¿Sabes? Todo el mundo debería tener a alguien que le dijera esto de vez en cuando… bla, bla… - y finalmente se funden en un beso de película, claro.

En estos momentos estarás pensando que tú también quieres a alguien que te diga eso, que además, te lo mereces, y que si no te lo mereces da igual porque tú quieres a ese alguien y lo quieres ya. Bueno, tal vez puedas esperar un poco más, pero que no se retrase mucho, que ya no estamos como para perder el tiempo, que se está escondiendo tontamente como en un juego pueril que al principio es divertido pero ya se ha puesto ‘jartible’. A ver, que el que espera lo mucho espera lo poco pero… ¡yaaaa!
Aunque puede ser que tú, sí, tú, seas una de esas personas afortunadas que tiene cerca a ese alguien que, de vez en cuando le dice esto y, lo que es mejor aún, lo siente. Entonces, en estos momentos estarás henchido de felicidad con una sonrisa de oreja de a oreja.

En cualquiera de los dos casos he de decirte que te estás equivocando, lo siento. No digo que no estés en lo cierto, ojo, digo que te estás equivocando. Lo digo porque eres tú quien debes preguntarte si se lo dices a alguien. ¿Eres tú ese alguien de alguien? Atrévete a serlo.

sábado, 4 de agosto de 2018

LA EVOLUCIÓN


Frotó dos palos, chasqueó dos piedras, cayó un rayo, ¿qué más da? Apareció el fuego. La rueda, el arco y la flecha, la edad de hierro. El hormigón en la construcción de edificios, viaductos… Jesucristo. La ‘Guerra Justa’ de San Agustín de Hipona y los avances en la navegación. El hierro y el acero, las fuentes de energía. La máquina de vapor…. el hombre prepara la revolución industrial. El teléfono, la bomba atómica y pisar la Luna. Internet. Un padre, hijo de otro padre que tiene una hija que te concibe a ti. Tú, unas palabras, unas miradas, un eclipse, un roto. Tú delante de una hoguera, tu coche, Cupido, mi armadura. Tu casa lejos de la mía y un camino de asfalto de por medio. Tu fe en mí. Nuestra batalla diaria, el mar que hay entre nosotros y este descifrar continuo cartas de navegación. La máquina del día a día que nos arrastra y no cesa. Las llamadas perdidas y las no entendidas y las esperadas y recibidas y tonteadas también. Aquella bomba que fue dejarlo y el uranio que se queda. Hacer el amor y elevarse hasta traspasar la atmósfera terrestre. Conectarme contigo siempre. Tanto que ha ocurrido para llegar a ti. Tanto.

sábado, 30 de junio de 2018

EL RUIDO


Hoy el día se ha despertado aciago en el aljarafe. Pareciera que el clima se empeñase en impedir la confianza en el estío. Así que el plan inicial de disfrutar del sábado en la playa se ha venido abajo en el primer parpadeo. Una pena. Pero lo que ningún gris opaco iba a reprimir eran las ganas de abandonar el hogar por unas horas. Nos subimos al coche y nos dirigimos a desayunar a La Mundana, un lugar exquisito situado en La Pañoleta, en Camas. Mientras trazábamos municipios mi acompañante arrió la ventana esperando recibir el frescor único del aire natural. Ese que alienta a los hombres, que borra las huellas, que transborda perfumes y alimenta el verdor. Sintió, en cambio, el golpeo violento del aire veloz, y entonces, izó la ventana pero sin llegar a cerrarla completamente, como intentando amortiguar el empuje del viento sin llegar a renunciar a su caricia intangible. Digamos que el borde del vidrio quedó a dos dedos del cierre absoluto, como un beso que uno, por miedo al rechazo, no se atreve a dar. El ruido que se produjo fue atronador. Un estruendo de lo más desagradable. Algo que seguro os ha ocurrido a todos alguna vez. Inmediatamente cerramos la ventana hasta provocar un alivio celestial en los oídos y la mente. Se me ocurrió pensar que esto mismo ocurre con nuestras relaciones afectivas. A veces, uno vive inmerso en historias de amores imposibles, de toxicidades maravillosas y venenos deliciosos. Llegado el momento, con lucidez admirable, uno toma la dolorosa decisión de poner fin a la historia, de cerrar la ventana. Tomando fuerza de lugares profundos, de vísceras, izamos el cristal con intención absoluta de sellar la sentencia. Y entonces, por hache o por be, no terminamos de cerrar la ventana de la historia y los sentimientos del todo y el aire veloz azota la hendidura leve. Se provoca entonces un ruido que resulta ensordecedor y molesto hasta límites imposibles de soportar por el oído, la mente o el corazón humano. Un ruido que solo puede evitarse cerrando definitivamente. Pero ya sabes, deberás estar dispuesto a renunciar a eso que alienta a los hombres, que borra las huellas, que transborda perfumes y alimenta el verdor.