jueves, 24 de mayo de 2018

EL CUADERNO DE DOS RAYAS


Ayer estuve ayudando a mi hijo a resolver su tarea. Su cuaderno de dos rayas me dio que pensar. Lo veía aplicado, con media lengua asomando por la comisura diestra, con las uñas sonrojadas de apretar el lápiz, dispuesto a mantener las letras dentro de las líneas limitadoras. Lo consiguió, evidentemente, porque es responsable y tenaz. Lo consiguió a pesar de acelerarse y despistarse también. Al finalizar le pregunté por lo escrito y casi no lo recordaba. Entre sonrisas cómplices y cosquillas fulminantes decidimos releerlo. Encontramos entonces letras desaparecidas, tildes ausentes y espacios abandonados. Agarramos la goma y corregimos lo ineludible, recuperamos el lápiz e incorporamos lo carente. Disfrutamos de todo ello.
Un día, no sé cuando, alguien nos robará el cuaderno de dos rayas, nos plantará delante un folio en blanco y nos pondrá en la mano un bolígrafo de tinta indeleble. Nos olvidaremos del contenido y habrá que volver a leerlo porque el riesgo de adulterar la forma habrá desmesurado. Haremos grotescos tachones porque ya no habrá goma de segundas oportunidades ni habrá nadie para ayudarnos, para compartir las sonrisas ni para sufrir las cosquillas. El folio será un desastre a ojos ajenos, las manos quedarán manchadas de tinta azul, la letra será ilegible y tú estarás triste y cansado, sin ganas de ser tenaz. Pero en ese folio desdibujado habrá un poema, porque eso es lo que somos, todos y cada uno de nosotros. Un poema enorme, torcido y tachado pero bello, real y profundo. Un poema que, cuando llega el folio en blanco, ya nadie puede corregir.

miércoles, 16 de mayo de 2018

NO ME JUZGUES



No me juzgues. No cometas el error de creer que entiendes lo que me está pasando. No me mires con displicencia ni anticipes mi caída. No me valores por este momento ni por aquel otro ni por el que venga más tarde. No me conoces. No. No digas lo que harías tú en mi lugar porque no lo sabes. No lo estás ni lo estarás nunca. No te decepciones, no te he dado ese derecho, ni a ti ni a nadie. No sabes de donde vengo ni por qué actúo de esta manera o cualquier otra. Mis zapatos no son tuyos ni de nadie. No son de un número ni de otro. Son solo míos. Me aprieten o me vengan grandes son los que tengo y con ellos llegaré hasta el fin del mundo. Un fin del mundo que solo yo decido cuál es, donde está, cómo se llega y dónde acaba. Sí, así es, y si decido que el fin del mundo son sus labios allí iré. Allí llegaré con todos mis prejuicios, con mis verdades y mis sueños. Con todo lo que sea capaz de recoger por el camino. Arrastraré las miradas acusatorias de todos vosotros, los dedos índices, los insultos y las burlas. Me haré una manta con ellos para soportar el frío del rechazo ajeno y alcanzaré su boca. Dormiré allí, no sé cuánto tiempo, y cuando me vaya no me importará ya que me juzgues. Podrás hacerlo entonces como mejor te parezca porque ya seré inmune. Porque eso es lo que pasa cuando uno hace lo que realmente quiere. Te invito a qué pruebes un día a hacerlo, sin miedo, sin confesiones ni purgas. Con ansia. Ve, sal fuera de tu estrecha existencia y vive. Yo no voy a juzgarte. Te lo aseguro.

miércoles, 2 de mayo de 2018

LA VULNERABILIDAD


Recuerdo que hace unos años estuve de visita en un zoológico de la provincia. El paseo entre aquellas criaturas cuyo hábitat natural me es tan ajeno me resultó muy estimulante. Hubo momentos para todo: risas, reflexiones, sobresaltos, lamentos, diálogos, sorpresas. Recuerdo, especialmente, el momento aquel en el que nos acercamos a ver al Rey de la selva. Pónganse en situación. Hacía calor, no mucha, calor de Mayo. Un león y una leona descansan en mitad de un espacio cerrado de no más de mil metros cuadrados. Entre ellos y nosotros distaban unos cincuenta metros, una cubierta de metacrilato blindado, dos metros más, un foso, una reja de cuatro metros de altura, dos metros más y una vaya de apoyo. En definitiva, riesgo cero. Pues bien, en esas circunstancias nos quedamos observando y, entonces, algo que hacemos, no sé, un gesto, un ruido tal vez, provoca que el león alce levemente la testa y nos mire directamente. En ese momento que duró un par de segundos, sentí que aquel enorme felino era capaz de recorrer el espacio, derribar el metacrilato, saltar el foso, trepar por la reja y devorarnos en un segundo. Nunca olvidaré aquella mirada que me hizo sentir tan vulnerable.
Sé que de pequeño te dijeron muchas veces aquello de que tienes que ser fuerte. Sé que te habrán advertido que no resulta conveniente mostrar tus debilidades. Sé que llevas el orgullo grabado en la frente, que estás convencido de que hay que resistirse y mostrarse firme. Sé que sabes que lo tuyo es ser valiente. Pero te digo una cosa: Ojalá un día alguien llegue a tu vida haciéndote sentir vulnerable. El metacrilato, el foso, la reja y el espacio serán ya cosa tuya. Pero ya te digo yo, que eso no te librará de esa sensación tan maravillosa de ver tu vida en peligro en los ojos de otra criatura… un león, una mujer, un niño…


lunes, 23 de abril de 2018

EL PAJARILLO


Delante de mi casa, cada mañana, un pajarillo se posa sobre mi cancela. Lo miro a través de mi ventana y la luz que atraviesa el cristal distorsiona el verdor de sus plumas primarias, la aurea altanería de su penacho florido, la caída elegante de sus plumas caudales. Se que le gusta jugar conmigo. Se que sabe cuando lo miro. Se que sabe que cree que me tiene. Se que no piensa que pueda dejar un día de asomarme a verlo. Así que, con irrespetuoso descaro, se posa cada vez que puede en la cancela de mi vecino. Y él sale insolente y bravo a regar su fructuoso jardín de flores. Lo mira de reojos con sus ojos seductores y no ve en el pajarillo su rabadilla creciente, ni su corona rizada, ni sus claras plumas escapulares. Termina de alimentar su ego de jardinero discontinuo y se esconde de nuevo, dejando a mi pajarillo ávido de deseo. Durante un par de días siempre, después de este episodio, el pajarillo desaparece. Y cada vez que se repite se rompe un poco el cristal de mi ventana. A pesar de ello, yo me asomo cada mañana esperando su regreso y al no verlo recupero mi vida íntima y solitaria. Luego, cuando aparece, me quedo observándolo y vuelvo a encontrar en él bellezas irrepetibles. Sé que un día dejaré de admirarlo y saldré a la puerta y lo miraré sin cristal traslúcido de por medio y entonces daré un tiro al aire para espantarlo y se irá a casa de mi vecino a mendigar miradas de afecto que nunca serán recibidas.
El cielo se llenará de pájaros una mañana. Las cancelas de mi calle las derribará el viento. Los cristales de todas las ventanas saltarán por los aires y yo pasearé entonces en mitad del vendaval sin saber a dónde ir pero con una sonrisa indeleble.