viernes, 6 de diciembre de 2013

LA TORMENTA



Llegó la tormenta y lo arrasó todo. Dejó a la gente sin hogar, sin esperanza, sin palabras, sin vida. Nadie supo predecir la violencia desmedida de la tempestad hasta que fue demasiado tarde. Alguna voz ermitaña, tal vez, con el lenguaje intelectual, probablemente, anunciara en voz baja alguna mínima catástrofe. Una voz demasiado lejana, demasiado oscura, demasiado débil. Una voz que no supo llegar a nadie, o no quiso, o no la dejaron. El caso es que la tormenta, además de asolar la tierra, sembró el terror y la vergüenza entre los que más habían perdido. El consuelo se volvió un mendigo, la caridad un negocio, la dignidad un lujo… Los nigromantes se enriquecían vendiendo sus predicciones y enmiendas. Los avaros se frotaban las manos. Los lúcidos se marchaban. Los pobres ya no tenían donde caerse muertos. El pueblo se resignaba. Trabajaba todo el día para levantarse de nuevo. Los sacerdotes insistían en las copiosas ofrendas como único medio de salvar el futuro. La gente analfabeta se quitaba el pan de la boca para brindarlo a los dioses, siguiendo los designios de las santas ordenanzas. El llanto se exprimía. Las costillas afloraban marcándose en las pieles. Las batas sagradas, sin embargo, se quedaban estrechas y cortas y abundantes. Un hombre vió morir de hambre a uno de sus hijos y entonces se alzó en armas y reventó su garganta contra todo lo establecido. Nadie le ayudó en primera instancia, pero su grito perduró y su lucha se acrecentó aún más. La amenaza de otra posible tormenta por la indisciplina y la desobediencia hacia los divinos poderes ya no afectaba a sus oídos, tupidos por desconsuelo. Pronto murieron otros hijos de otros hombres y otras mujeres que en nada se le parecían, pero el dolor los hizo comunes y también hermanos. Se cogieron de la mano y avanzaron hacia aquellos que intimidaban a los humildes. El grito empezó a extenderse y también los muertos; y la desesperación hizo más fuerte al pueblo que se levantó definitivo y se hizo poderoso. Lejos de esperar la acción divina o gubernamental, el pueblo asaltó a aquellos que lo llevaron a dormir a la intemperie, a mal comer y a enfermar, a aquellos que les robaron la dignidad y la esperanza, el futuro y la vida. No tuvo clemencia de ellos porque no la merecían. Y nunca hubo más tormenta que las de fuegos artificiales en noches de fiestas paganas, que las de lluvia leve y reguera de campos fértiles y comunes. Y ningún dios requirió sacrificios y ningún hombre sacrificó lo ajeno. Y aquella historia corrió entre la gente por varias generaciones para que nadie olvidará nunca lo acontecido y nunca volviera a ocurrir nada que se asemejara.

viernes, 29 de noviembre de 2013

LO QUE NO PUEDES VER



Hace ya algún tiempo, años incluso, coincidí en un trayecto de autobús con un conocido que, por aquel entonces, estudiaba bellas artes. Hoy es un artista emergente y tiene un presente y futuro esperanzador. El caso es que entre diálogos intrascendentes y silencios medidos, él sacó una libreta y comenzó a dibujar lo que había ante sus ojos. Yo estaba sentado a su lado, así que lo que andaba delante suya no difería lo más mínimo de lo que yo podía ver, o eso creía yo. Con un lápiz de carboncillo comenzó a dibujar trazos vertiginosos que, como por arte de magia, hicieron florecer sobre el papel la figura obtusa de un señor, la desolada coronilla de otro por encima del cabecero de un asiento, o el peinado vetusto de una señora de avanzada edad. Todo con un sentido de la perspectiva y la proporción verdaderamente admirables. El baile de sus dedos sobre el pliego era algo hipnótico, te lo aseguro. Pero lo que más me sorprendió no fue su indiscutible talento ni su técnica depurada. Lo que más me llamó la atención fue que él veía cosas que yo no. Él veía movimientos de cabello que yo no apreciaba, él veía pliegues de ropa que yo no podía percibir. Él veía otra realidad. Él miraba lo que le rodeaba con otros ojos. Veía el mundo de una manera diferente hasta en el más mínimo y elemental detalle. Esa es la realidad del artista. Y entonces, toda esta bohemia reflexión me conduce, como siempre, a ti. Sí, porque tú eres mi motivo para sentirme artista; porque yo veo en ti virtudes que nadie puede ver, veo gestos y aspectos que ni tú puedes apreciar. Veo en ti una realidad que me fascina, que es solo mía porque sé que los demás no tienen la capacidad de percibir. Veo en ti movimientos de cabellos y pliegues de ropa que, otros no es que no aprecien o valoren, es que ni siquiera pueden verlos. Veo en ti un mundo que sólo yo percibo. Y si tuviera el talento necesario y la técnica adecuada, lo dibujaría. Y sería, sin duda alguna, una obra bella.

viernes, 1 de noviembre de 2013

LOS EFECTOS DEL FRÍO



Puede que no lo sepas, la sensación térmica ante el frío tiene un límite aproximado de 25º bajo cero. Es decir, que aunque haga -50º mi cuerpo registra la misma sensación. Hace más frío, sí, pero no soy capaz de percibir la diferencia. Lo que sí será diferente son los efectos que se produzcan en mi organismo. Es posible que inicialmente todo se reduzca a una manifestación cutánea. Según disminuyan los grados o aumente el tiempo de exposición, mi cuerpo reaccionará peor: cianosis, hipertonía muscular, broncoespasmos, descenso de la frecuencia cardíaca y, finalmente, la muerte. Así que, puedes, como efectivamente te has propuesto, desampararme. El frío que dejarás en mi cuerpo será el máximo que puedo experimentar. No existe nada más helador que tu abandono. Asumiré estoicamente tu decisión y me cuidaré de abrigarme bien con la nostalgia de todo lo nuestro. Pero, aunque me abandones, no te vayas, no te quedes conmigo pero no te vayas, no lejos al menos, porque aunque no pueda sentir más frío, los efectos no serán los mismos. Si sé que sigues cerca podré refugiarme, tal vez, viéndote salir de tu casa o caminar por el parque; o tal vez coincida contigo en el supermercado o en la parada del autobús y halle en esos encuentros algo de lumbre, interna, imaginaria, propia. Pero si te vas, si te marchas, a Buenos Aires o Santiago de Chile, por ejemplo, no será lo mismo. Sabré entonces que de verdad estás lejos, que te has ido para siempre, que nunca más habrá una mirada entre nosotros, ni un olor, ni un gesto y los efectos del frío que me dejes, entonces, no serán los mismos, ya sabes: cianosis, hipertonía muscular, broncoespasmos, descenso de la frecuencia cardíaca y, finalmente, la muerte. 

jueves, 24 de octubre de 2013

LA BORRACHERA



Nicasio estaba desesperado. No soportaba más la situación. Su mujer lo traía por la calle de la amargura. No le dejaba ni respirar y aún menos desde que se quedó parado. Entendiendo que la situación era ya insostenible y viendo que no le quedaba ninguna salida, compró una pistola. Bajó a la calle, se metió en el bar de enfrente y se cogió una borrachera de padre y muy señor mío. Salió del bar dando tumbos y, a duras penas, se metió en el callejón que lindaba con el bloque de pisos donde vivía. Apenas podía mantenerse en pié y no distinguía ni lo que tenía a una cuarta de sus ojos. Se apoyó en una farola junto a unos contenedores de basura y sacó el revólver. No se lo pensó dos veces. Se lo puso en la sien y apretó el gatillo. El primer disparo rebotó en la fachada del tercer piso y alertó a los vecinos. En el segundo intento acabó desafortunadamente con la vida de una pobre lechuza. El tercero le rozó la oreja y acabó destrozando la luminaria de la farola dejándolo todo a oscuras y tirando al suelo al pobre Nicasio. Desde el pavimento, entre el olor de la basura y la pólvora, cubierto de penumbra y rebosante de alcohol Nicasio pensó que había caído en el infierno. Entonces, desde el quinto piso se oyó una voz: ¡Nicasio! ¡Nicasio, sube! ¡Subeee! Y el bueno de Nicasio, borracho como una cuba, miró hacia arriba y pensó: ¿Cómo cojones ha llegado esta hija puta al cielo? Pues vaya par de opciones, me quedo en el infierno o subo al cielo con ella como si fuera un costalero. Me mato otra vez. Nicasio volvió a colocarse el revolver en la cabeza y disparó como si llevara toda la vida haciéndolo. El proyectil no le hizo el más mínimo daño y tomó una trayectoria ascendente. Se sintió rebotar la bala en una esquina de la fachada y luego en una ventana. Dos segundos después se oyó un zambombazo de ochenta y cinco kilos en el contenedor de reciclaje orgánico. Nicasio levantó las cejas y ahuecó la boca. Se acercó intentando que sus dos piernas se pusieran de acuerdo para no volver a besar el suelo y se asomó al contenedor. El cuerpo sin vida de su esposa yacía en el interior encharcado en sangre. Entonces, una fuerte luz inundó el callejón. Nicasio se asustó creyendo que la acción divina hacía acto de presencia. El claxon del camión de la basura lo despertó de su alcohólica mística y lo devolvió a la tierra. Dos operarios se bajaron del vehículo, cogieron el contenedor donde se encontraba el cadáver de su difunta esposa y lo volcaron en la trituradora del camión. Nicasio se quedó petrificado. Antes de irse uno de los operarios se dirigió a él: Buenas noches. ¿Buenas noches?, dijo Nicasio, no lo sabes tú bien.

domingo, 13 de octubre de 2013

VIVIMOS BAJO EL YUGO...



Vivimos bajo el yugo de su poder infinito. Nos presiona a su gusto como si fuera nuestro propio corazón, nuestro ritmo cardíaco. Juega con nosotros a que nos creamos que somos capaces de dominarlo, de manejarlo a nuestro antojo, pero bien sabe él, y también nosotros, que no es cierto; que acontece como las olas, la rotación del planeta, el movimiento de las placas tectónicas… con fuerza y sin permiso. Besamos y viene a decidir cuánto. Olvidamos y vuelve a traernos algo que no sea de ahora, ni sirva de nada. Corremos y ríe a carcajadas, que repican en todos los tiempos y civilizaciones, y es de nosotros, claro, lo de reírse, digo. Sabio como él solo, lleva en su agenda la eternidad y la noche. La muerte también la lleva. Tiene una mano grande y la otra chiquita y es absolutamente injusto como el ser humano. Así que da con una o con otra según le apetece. Y así vive a nuestra costa, por y para nosotros, también contra. Pero a veces, solo a veces, y cada vez menos según mi propia experiencia, se confía. Sí, a veces se confía y pasa por alto que el hombre es un ser poderoso. El más poderoso diría yo, aún a riesgo de polémicas deliciosas. Es, entonces, en ese descuido de certidumbre que lo agarramos bien por el gañote y lo estrangulamos. Apretamos los dedos hasta cerrar las manos y disfrutamos viendo su cuerpo inerte sobre la alfombra o el suelo, el sofá o la cama, el jardín o la calle, la orilla del mar o la ladera del monte. Es la fuerza que demostramos a veces los hombres (como sustantivo neutro, por supuesto) para conseguir rebelarnos contra todo este imperio dictatorial y opresor, contra todo cuanto se nos impone, sea lo que sea, venga de donde venga, por los siglos de los siglos. Es el momento aquel en el que paramos unos minutos y por fin conseguimos matar el tiempo.

viernes, 11 de octubre de 2013

TÚ ME DAS PENA


Si tú no eres capaz de llorar... tú me das pena. 
Si tú no te has emocionado nunca
 escuchando a Miguel Poveda. 
Si no se te dilatan las pupilas ante el dolor ajeno
 y no se te oprime el pecho en las despedidas. 
Si cuando otros lloran tú no tienes que hacer esfuerzos
 para contener la vida,
 que se anuda en la garganta y grita,
 hacia adentro, y grita.
 Si tú no te emocionas ante la belleza del mar
 o el verdor salvaje.
 Si tú no eres capaz de abrazar
 y sentir que sobra toda la carne.
 Si tú no vas a leer nunca a ningún poeta
 porque no es cosa de hombres ni es tu problema.
 Si tú no quieres a nadie... tú me das pena.



jueves, 10 de octubre de 2013

CARA Y CRUZ


Llegó a la esquina de Pagés del Corro. Miró a ambos lados de la calle y se acicaló la chaqueta. Se aseguró de que el flequillo no había abandonado su postura. Recompuso el clavel de la solapa, que en la última carrera se había distraído. Estaba decidido. De hoy no pasaba. Entonces la vio. Venía vestida de negro, blusa y falda por la rodilla. cinturón bermellón a juego con los zarcillos y la pintura de labios. Tacón mediano, afortunadamente, porque alzaba buenos cuartos. Pañuelo y abanico de encajes. ¡Madre mía!, se dijo Manuel para sí. Se metió la mano en el bolsillo y sacó un real. Lanzó la moneda al aire y al caer en la palma de su mano salió cruz. Cerró la mano, la volteó y volvió a lanzarla. La cruz volvió a ser visible. Repitió el ritual y la cruz siempre estaba arriba. En esas, ella ya estaba a su altura. Entonces, Manuel se guardó el real, se dirigió a la zagala y le dijo: Sshh, morena, te veo pasar cada día y nunca he tenido el valor de decirte lo que me haces sentir. Se que no me conoces y que pensaras que soy un loco. Ambas cosas son ciertas, pero no temas. Hoy ha salido cara y nada malo puede pasar. Ella le miró a los ojos y vio que le brillaban como el faro de Chipiona. Le miró las manos, rudas, trabajadas y trémulas como un flan de huevo. Los labios apretados y cárdenos. El sudor amaneciendo en la frente. Le tendió la mano, él la besó con suavidad y le regaló una sonrisa. Manuel le ofreció el brazo y ella se asió como a una balsa un náufrago. Al pasar por la capilla de la Estrella, Manuel se metió la mano en el bolsillo, cogió la moneda y la echó en una caja de zapatos que yacía a los pies de un indigente rendido por el sueño, y ambos se perdieron por la calle San Jacinto, camino de la velá. El indigente alzó la cabeza y miró en la caja. Al ver la cara de Alfonso XIII dijo: ¡ole, ahí los monarcas! y se echó a dormir.

miércoles, 2 de octubre de 2013

HOY VOY A PEDIRTE ALGO



Hoy quiero que me des algo. Algo importante. Algo para siempre. Algo que sólo tú puedes darme y que sólo de ti lo quiero. Algo imprescindible para dar el primer paso, y el segundo, y el tercero. No dudes de que lo portas. No dudes de que es tuyo. Pero yo lo quiero. Lo quiero y lo necesito a partes iguales. No voy a suplicarte por ello, ten esto bien claro. Debes dármelo sin ningún esfuerzo, sin sacrificios inventados por ningún poeta muerto. Debes dármelo como se da un abrazo, honestamente; Como un saludo, a diario; Como una dádiva, sin esperar nada a cambio. Tranquila, nunca osaría pedirte lo que no tienes ni nada que vaya a suponer cambiar tu vida, o eso espero. Hoy voy a pedirte algo con lo que hemos nacido y que se nos ha arrebatado. Algo que me va a permitir seguir creciendo, ya sea o no contigo. Algo sin lo cual cada minuto de esta noble existencia perdería el sentido. Algo que nos hace grande cuando lo tenemos e inmensos cuando lo damos. Sí, te lo estoy pidiendo a ti, no mires a otro lado. A ti, que pasas por mi vida sin intenciones o con ellas, por casualidad o pretensión. A ti te lo estoy pidiendo,  frutero o abogado, maestro o camarero, hermano o proscrito, analfabeto o adivino, cuentista o banquero, político o enamorado, mecenas o sacerdote, hoy y para siempre quiero que me des lo más grande que tenemos, la verdad.

lunes, 30 de septiembre de 2013

21 GRAMOS



En 1901, un doctor llamado Duncan Mcdougall se propuso demostrar la existencia del alma. “Si ésta existe debe presentar masa y peso”, expuso el clarividente médico y desarrolló un experimento destinado a detectar el peso del alma. Para ello, tomó a varios enfermos moribundos. Los mantuvo sobre una balanza en los últimos momentos de vida y observó que su peso sufría un ligero descenso justo en el momento de exhalar su último aliento. Esta medida era siempre de veintiún  gramos. “He ahí el peso del alma”, dijo. ¡Toma ya! Ni el aire que deja de inhalar el cuerpo, ni la acción cerebral, ni el flujo de líquidos… nada, los veintiún gramos dichosos son del alma. Así que el alma de Falete y la mía pesan lo mismo, veintiún gramos. Dice: “no, es que no tiene nada que ver con lo que come uno”. Bueno y yo, que no rezo desde que mi hermano Manuel no me lo recuerda por las noches, y un capillita de estos que se zampa veinte oraciones diarias ¿qué? ¿qué no le engorda el alma? ¿también nos pesa lo mismo? ¡Pues vaya inversión! Todo esfuerzo y sacrificios diarios que me exige la santa iglesia católica apostólica y romana para nada, para tener el mismo alma que el entrañable Charles Manson. Pues no lo entiendo. O al Vaticano se le está escapando un detallito o el bueno de Duncan Mcdougall es un enviado del diablo. Así cuando alguien vaya a venderle su alma a Lucifer no podrá negociar el precio. Será como esos paquetes de snack que ya llevan impreso el precio de venta al público. ¡Qué jodío! ¿Será eso? Pues puestos a asumir esta quimera de fe, me parece a mí que las lleva clara el prójimo conmigo. Suerte va a tener de que me queda conciencia, eso sí. Eso sí que tengo, porque alma no sé, pero conciencia seguro. La conciencia que me indujeron mis padres, los de verdad, los que me engendraron y me criaron. Conciencia de lo bueno y lo malo, conciencia del viejo proverbio de “no hagas a nadie lo que no te gustaría que te hicieran a ti” (abstenganse masoquistas en este punto). Conciencia del derecho a una vida digna, a la igualdad, al auxilio, al afecto… conciencia del respeto por todo lo que se mueve y lo que no también. Conciencia de la buena educación. Conciencia de no llevarme nada que no sea mío. Conciencia de civismo, de cuidar lo común de no abusar de lo que se te ofrece. Conciencia del bien natural, de los animales y las plantas, del mundo. Porque el alma no sé pero conciencia sí, señoras y señores, conciencia. Que eso sí que pesa, mucho más de veintiún gramos.

domingo, 29 de septiembre de 2013

LO INCONCLUSO


Desde el siempre interesante muro de Concha Caballero contemplo una recreación digital de La Sagrada Familia de Gaudí finalizada. Una consumación informática de esta obra que el gran artista catalán no pudo acabar. Entonces no he podido evitar pensar en lo inconcluso. Lo perturbador de todo aquello que se nos queda a medias, como aquel “Prisionero despertando” de Miguel Ángel. Lo que dejamos a un lado, sabiendo que no le hemos extraído todo cuánto lleva, nos persigue toda la vida. Aquel proyecto que abandonamos por falta de presupuesto, aquella novela que no conseguimos continuar por escasez de tiempo o aquel romance que cesó porque ella o él se fue o alguien o algo nos obligó a dejarlo. Esas historia nos visitan por la noche como un fantasma atrapado en un palacete decimonónico. Hacen crujir los artesonados, percuten las paredes y tumban los retratos cuando la madrugada se nos desvela y pensamos en qué hubiera podido pasar si ella no se hubiera ido o si él hubiera sido más valiente para seguir a nuestro lado. Y todo porque se nos quedó un beso asomado en los labios que no tiene intenciones de morirse nunca. A veces, creemos en la superación de estos fenómenos espectrales porque se ausentan prolongadamente hasta que el destino decide, sin permiso alguno, por supuesto, devolver a estas personas a nuestra vidas, en el ámbito laboral, social, geográfico o vaya usted a saber qué caprichosa serendipia. Entonces lo que era claro se torna duda, lo evidente turbio y lo correcto interpretable… la rutina emoción, lo maduro pueril, lo lógico salvaje. Pero solo las mentes claras de amores honestos dilucidan el disfraz de la querencia popular a creer que cualquier tiempo pasado fue mejor o como decía Serrat “… no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo perdí…”

lunes, 23 de septiembre de 2013

EL IMPRESIONISMO



Se habían citado en el Museo del Hermitage. San Petersburgo. Llevaba tres meses instalada en el histórico barrio de Colomna, junto al mercado Nicolsky, a orillas del canal Griboedov. Aún no conocía la ciudad en profundidad y el museo le pareció un buen lugar. No sabía si estaba haciendo bien. Habían pasado quince años desde la última vez que lo vio. Él siempre mostró un extraordinario interés por mantener el contacto, pero ella era demasiado perezosa para esas liturgias. Vivía muy al día y su trabajo le imponía un ritmo frenético a su vida. Llegó al museo veinte minutos antes de la hora concertada, paseó un poco por las galerías y él no estaba. Recordó entonces lo impuntual que fue siempre, lo informal y espontáneo que era. Lo salvaje. Todo lo contrario que ella. Tal vez eso fue lo que la enamoró tanto. Recordó cuanto reían juntos y lo bien que besaba. Sí, la verdad es que nunca la habían vuelto a besar como él lo hacía. Entre recuerdos y galerías llegó a la sala del siglo XX. Se sentó en un banco de cómoda apariencia frente a un cuadro de Monet, concretamente ‘Mujer en el jardín’. El impresionismo siempre le fascinó. Estuvo cinco minutos mirando fijamente aquella obra. Disfrutó de aquellos cinco minutos como hacía mucho tiempo que no hacía, mezclando las emociones estéticas de aquella obra con los sentimentales recuerdos de su romance. Y entonces lo vio claro.  Se dio cuenta de que era mejor disfrutar de aquella historia desde la distancia, igual que aquellas obras de Monet, Degas o Abbati. en las que el color, las líneas y las formas parecen perfectas vistas desde lejos pero que al acercarte encuentras que todo es difuso y defectivo.
Segundos después apareció él. Se sentó a su lado y antes de que pudiera decir nada, ella le selló los labios con un beso y se fue.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

EL REFECTORIO



Se había dejado la ventana abierta y la persiana llevaba días atascada en lo más alto. Así que el sol no tuvo ningún obstáculo para bañarle de luz la cara y, de paso, despertarlo un día más. Se levantó dando gracias al cielo a pesar de su triste situación. Ramón llevaba más de tres años en el paro, la ayuda del gobierno apenas le daba para pagar el alquiler y la caridad para dar de comer a sus tres hijos. Los tres pequeños, de seis, ocho y once años, apenas eran conscientes de la precaria situación en la que vivían. Ramón se ocupaba con fervor de que sus hijos estuvieran siempre alegres. Un juego de magia improvisado, una canción inventada, un baile descoordinado, un cuento… cualquier cosa valía para ellos. Mientras, Ramón, peleaba con el anhelo de su difunta esposa, de su trabajo irrecuperable y su ausente esperanza. Ramón gastaba lo poco que conseguía en alimentar a sus hijos y a veces pasaba días sin probar bocado, engañando al estómago con litros y litros de agua. Al menos un día a la semana lograba un vale para acudir a un comedor social situado en un barrio adyacente. Legalmente no le correspondía pero el favor de una maestra amiga de sus padres obraba el remedio. Ese día Ramón comía caliente y guardaba un mendrugo de pan para llevar a casa. Aquella mañana salió a pasear como tantos días y se encontró con su amiga, recibió el vale y tras dar las gracias hasta ser enojoso acudió al comedor. Se zampó un buen cocido de habichuelas, un zumo de naranja y un yogurt natural. Se guardó el pan. Al finalizar su pitanza ayudó, como siempre hacía, a los voluntarios del refectorio. Eran una gente estupenda, gente que dedicaba su tiempo a los demás sin esperar nada a cambio. Aquel día faltó alguien y Ramón se quedó hasta finalizar la ofrenda y dejar todo limpio y recogido. Cuando se disponía a marcharse llegó un señor con traje claro y copiosa gomina. Se sacó un sobre del bolsillo y se lo entregó a uno de los voluntarios. Luego se marchó. El chico abrió el sobre y empezó a repartir el dinero, cuando llegó a Ramón, le cogió la mano y le puso cien euros en la mano. Ramón se miró la mano como un homicida involuntario que porta el arma del crimen ensangrentada. Pensó en lo repugnante del acto, en la decepción tan profunda, divagó sobre la procedencia de la remuneración, sobre su suciedad. Pensó rechazarlo. Luego se acordó de Pablo, el mayor de sus hijos, en su nobleza, su carácter protector ante sus hermanos, sus ojos verdes, su pelo lacio. Vio a su hijo Miguel, sus dientes mellados, su alegre risa contagiosa, su inquietud imparable. Y sintió las manos de Juan, el menor de los tres, tan callado, tan inocente, con aquellas pestañas interminables. Agarró el dinero y salió del comedor sin despedirse ni agradecer nada a nadie. Compró comida y algunas golosinas y llegó a casa. Abrazó a sus hijos y les mostró la compra. Pablo saltaba, Miguel reía y Juan lo abrazaba entre sollozos. Durante una semana los niños comieron como nunca lo habían hecho. Eso sí, Ramón no probó bocado.

domingo, 1 de septiembre de 2013

¿QUÉ PASARÍA?



¿Qué pasaría si tú y yo nos encontráramos un día? No mañana ni esta semana, un día lejano, me refiero ¿Qué pasaría si ese día tú estuvieras sola? Sentada en un parque leyendo una novela, digamos… Los cuadernos de Don Rigoberto, de Vargas Llosa, por ejemplo. ¿Qué pasaría si además de estar sola, en un parque, leyendo, ese día te hubieras levantado segura de no querer a nadie más que a ti misma, feliz y tranquila, con ganas de salir al mundo y verlo? ¿Y si el día de nuestro encuentro, además fuera un bonito día de Marzo, cielo azul, aire fresco, luz clara, olor a verdad… música? ¿Si ese día no hubiera periódicos ni armas, si no se oyera ninguna sirena, ni gritos, si no hubiera humos, si no encendiera la televisión de ningún hogar y se hubieran retirado todas las señales de tráfico del mundo y no hubiera relojes? ¿Si en ese marco inverosímil, sentada tú en tu burbuja única, vieras pulular a los transeúntes delante tuya sin reparar en ti siquiera, como si fueras una adelfa más del primaveral decorado? En definitiva, ¿si pareciera un día perfecto para una mujer madura que disfruta de su oasis privado en este universo de gente? ¿Qué pasaría si llegara yo, entonces, aparecido de ningún sitio, sin ningún recuerdo recíproco ni lazo de conexión vital contigo? ¿Si llegara a tu lugar íntimo y lo perturbase con un saludo encantador e inofensivo, algo puro e irresistible, algo que no hubieras percibido nunca? ¿Qué pasaría, entonces, si lo acompañara de una sonrisa a lo Cary Grant? ¿Y si dándome cuenta de tu valor imposible me parara un segundo y arrogante e irresistible me sentara a tu lado, te despojara delicadamente del libro, te acomodara el pelo y te besara en los labios? ¿Y si ese beso te arrebatara tu imperio para siempre y ya nunca más en tu vida volvieras a soñar con recuperarlo porque no quieres perder el nuevo tiempo que te pongo en la boca? ¿Qué pasaría? ¿Qué pasaría si después de abrir los ojos vieras la alianza en el dedo anular de mi mano derecha? ¿Qué pasaría? ¿Y si no supieras que la inscripción interna es tu nombre y el día que nos casamos? ¿Qué pasaría? ¿eh? ¿Qué pasaría?

lunes, 1 de abril de 2013

LA EDAD



Caminaba como si un andamio hubiera cobrado vida. Claro que, portaba ocho décadas en el dni. Bien acicalado, con unos jeans gastados, una camisa clara y jersey con cuello de pico de color azul índigo. En su cabeza una mascota azabache de Maquedano. Arrastraba su historia por la suela de los zapatos, sosteniendo las dudas de sus remos sobre un bastón de roble. Atravesó el parque hasta llegar a aquel ajado banco de metal oxidado, desplegó con cuidado una hoja de periódico que extrajo de su bolsillo y tras dar la vuelta como si fuera un helicóptero de madera se sentó.
Se descubrió la mollera y se tocó el pelo argentado. Después se repasó las rodillas que le habían dado guerra casi desde que era un zagal. Nunca creyó que le aguantaran tanto, pero ahí estaban. Se miró las manos, sonrió al ver la despigmentación de la piel, la hinchazón de las muñecas, la artrosis de los nudos entre las falanges. Se paró a pensar en las visibles grietas. Imaginó a un ser diminuto en el dorso de sus manos sosteniendo a un mulo indómito tirando de un arado. Se humedeció los labios y se reclinó para ampliar la perspectiva de lo que parecía un bonito día. El cielo despejado, el aire fresco, el parque límpido y silencioso. Respiró hondo. Pensó entonces que nunca volvió a Roma con ella a pesar de los veinte céntimos de la Fontana di Trevi. Tampoco llegó a ir con su amigo a hacerse un traje a medida en Rico Sardelli. No se compró un volkswagen sedán. No marcó un gol en un mundial. No ganó un grammy. No terminó aquella novela que empezó. No aprendió alemán ni a tocar la guitarra. Nunca leyó El Quijote por completo. No se acostó con Beyoncé.
Pensó entonces en los motivos de su inquebrantable felicidad. Esa felicidad que le había acompañado toda la vida. Recordó que alguien le dijo que con suerte uno podría leer a lo largo de su vida unos mil libros, y eso hablando de un lector persistente. Por tanto, había que seleccionar muy bien lo que uno se echaba al alma, que es lugar a donde van las lecturas. Recapacitó sobre cuántas cosas había sacrificado por tener la vida que tuvo. Cuántos caminos dejó de explorar por continuar por aquel que creyó correcto, a veces no para sí mismo sino para los suyos. Cuántos libros dejó sobre las estanterías y repisas del universo sin tocarlos u olerlos, al menos.
Cada veintiocho de Junio de acercaba a aquel parque para recordar a su esposa. Hacía cinco años que ella se había marchado, abandonando el único mundo existente. Él no la lloró nunca  porque todo cuanto hicieron fue bien intencionado. Se quisieron con la mayor complicidad posible y siempre se dijeron la verdad.
Intuitivamente miró a la derecha y vio venir a su hijo Jesús haciéndole carantoñas a un bebé que traía en brazos, junto a él su hermosa mujer empujando un carro en el que viaja dormido el mayor de los hijos.
Inevitablemente se le humedecen los ojos, antes de mirar al otro lado y ver como se acerca el menor de sus hijos, Lucas. Solo, con una enorme sonrisa en los labios y un porte inigualablemente seguro.
Cuando todos convergen delante suya se saludan con incalculable afecto y él ya no puede sostener las lágrimas.
- ¿Qué te pasa, Papá? – pregunta Jesús mientras Lucas le pone la mano en el hombro.
- Nada, nada… - dice mientras intenta levantarse – que elegí bien los libros, hijos, que elegí bien los libros.

martes, 5 de marzo de 2013

SI QUIERES...



Si quieres puedes seguir pensando en él o en ella. Si quieres puedes vivir en un eterno comienzo. Si quieres puedes coleccionar besos, citas, mensajes de móvil, mails, momentos memorables y jugar a compararlos, si quieres. También puedes volver atrás y esperarlo o esperarla en la puerta de su casa, por si sigue viviendo allí. Si quieres puedes aventurarte a llamar a ese o a esa que te pone nervioso o nerviosa. Si quieres y eres capaz, puedes coger la guitarra y escribirle una canción. Si quieres puedes mandarle flores o bombones. Si quieres puedes incluso prometerle el cielo y estirar las manos y alcanzarlo y ponérselo a los pies.  Si quieres puedes dar vía libre a tu corazón y quererlo o quererla con locura, con desmesura profunda y sin alivio. Pero cuidado, ten mucho cuidado. Antes de decidirte, piensa por un instante que él o ella pueden llevar toda una vida esperándote. Cuidado.

viernes, 1 de marzo de 2013

MI PRIMAVERA



Mi primavera llegó en Enero,
cuando las flores están dormidas.
Llegó en la noche con la tormenta,
cuando más corto es el día.

Mi primavera llegó en Enero
queriendo escuchar sonatas
de unos pájaros que del frío
con trémula voz cantaban.

Mi primavera era imprudente,
tan inocente e insensata,
que ignoraba que el estío
traería la desgracia.

Pronto llegó el verano,
atrás quedó la escarcha.
Mi primavera llegó temprano.
¡Gritadle que no se vaya!

Mi primavera se ha ido,
se escapó de mis brazos.
Mi primavera llegó en Enero,
no quiso esperar a Marzo.

miércoles, 20 de febrero de 2013

YO SÓLO ESCRIBO PARA MÍ (¡¿?!)


Yo solo escribo para mí”- me decía recientemente una bonita joven que ha caído en los brazos de un galante y sinvergonzón amigo mío. Mi amigo le comentaba orgulloso (y yo admirado) al presentarnos que me dedico a escribir y ella contestó dulce: ¿Ah sí? A mí también me gusta escribir pero yo sólo escribo para mí. Sonreí educado y después la invité a dejarse descubrir líricamente. Se sonrojó y declinó mi oferta.
Durante la cena no dejé de pensar ni un sólo instante por qué yo escribo para los demás. Es fácil. Una condición humana, fisiológica, química, física y espiritual. El cuerpo desprende siempre los elementos que germinan en las emociones. Y en eso se parece al alma. Lloramos, y las lágrimas corren por la fachada de nuestras mejillas, no por el patio interior ni el oscuro dormitorio, que llora de otra forma, sino por la fachada. – he preferido poner este ejemplo al de aquel día en que me oriné del miedo que sentí viendo El Exorcista (tenía 9 años),aunque también hubiera servido-. Así se manifiesta también el alma. Está claro que necesito sacar de mí los sentimientos y el poema es mi manera. Esta es una de las razones evidentes por las que escribimos: nuestra necesidad de expresar lo que sentimos, de sacarlo hacia fuera, de transmitirlo.
Pero, ¿por qué publicar? Podemos encontrar multitud de explicaciones; Octavio Paz decía que el poeta necesita publicar para que lo amen. No sé si tengo esa intención, la verdad, aunque conozco alguno que habrá sonreído al leer la cita. Pero quizás mi preferida es la de aquella conversación entre Borges y su gran amigo Bioy Casares en la que Borges le pregunta: ¿Por qué crees que publicamos? Y Bioy piensa y contesta parsimonioso: Porque si no consiguiéramos publicar lo que escribimos nos volveríamos locos de tanto revisarlo. Así es, necesitamos publicar nuestras obras para, al menos, poder desprendernos de ellas y mirarlas desde la distancia, para arrimarnos la mano a los labios, lanzarles un beso de despedida y seguir avanzando. La obra que aguantamos pesa, a veces, tanto que no nos deja seguir y nos quedamos encerrados en ella para siempre como Perséfone en el reino de Hades esperando que un editor llegue para salvarnos aunque sólo sea una primavera.
Necesitamos publicar como necesitamos desprendernos del pasado. Nietzche decía: El hombre debe tener la fuerza de romper un pasado y aniquilarlo y es preciso que emplee esta fuerza de cuando en cuando.

Dedicado a Angie de elmundodeangie.blogspot.com

martes, 19 de febrero de 2013

SOMOS UNA PELUSA


La vida pende de un hilo. Esto es así desde el principio de los tiempos y poco ha cambiado. Si acaso, tal vez, nuestra conciencia de ello. Pensándolo un poco no tardaremos en darnos cuenta de que no somos más que una pelusa sobre una hoja de filodendro en plena selva suramericana, expuesta a la primera brisa que se nos cruce.
Posiblemente, si cuantificáramos los riesgos las diferencias serían mínimas. Diez arriba o abajo, diría yo. Lo que sí es evidente es que estos riesgos son distintos. Ahora no nos exponemos a que nos arrase una manada de mamuts o nos despedace un tiranosaurio, pero sí podemos ser atropellados por una Ford Transit o puede devorarnos cualquiera con dinero, poder y un poco de mala leche. Así es, tan triste como cierto. Nuestra vida es extremadamente frágil. No estoy siendo catastrofista, créanme. No hablo de la vida de un torero de Portugalete ni de la de un camello del Bronx, ni la de un miliciano israelí. Hablo de usted y de mí. Hablo de un joven circulando en dirección contraria por la A-49 en sentido Sevilla, hablo de una explosión de gas en Vizcaya, hablo del estrés, del cáncer, de un extraño virus incurable, del crimen, de una indigestión, de un desahucio,… todas ellas corrientes de aire que nos expulsan de nuestra hoja de filodendro con suma facilidad.
Nuestra vida pende de un hilo por mucho que nos cuidemos, a pesar de nuestra periódica visita al proctólogo, nuestros hábitos deportivos y nuestra magnífica dieta. El día menos pensado nos podemos ver con un ataque de ansiedad llegando a una clínica de urgencias pidiendo ayuda porque no encontramos un último hálito y no sabemos qué nos pasa. Nadie está exento de caer como una pelusa por muy bien que se nos vea. Os lo aseguro. No nos paramos mucho a pensar en ello y no me parece mal. Sería de locos. Nos obsesionaríamos y acabaríamos saliendo a la calle envueltos en caucho como si fuéramos aquel muñeco blanco de Michelín. No es eso. Pero no está mal que de vez en cuando nos demos cuenta y rememoremos aquel mito adolescente del “carpe diem”. Aprovecha el momento, sea lo que sea que estés haciendo, trabajando, cocinando, bañando a tus hijos o reclamando una factura. Haz aquello que estés haciendo… con ganas. Disfruta de ello. Inténtalo, al menos.
Yo voy a despertar a mi mujer un segundo y a decirle que la quiero y voy a besar la frente de mis hijos antes de irme a la cama, por si acaso, porque me apetece. Ustedes hagan lo que quieran, pobres pelusillas, pero háganlo, no esperen a mañana ni a su jubilación, por si alguien se ha dejado la ventana abierta.